El coleccionista de recuerdos

No recordaba cuanto tiempo llevaba allí tendido. Cientos de pequeñas puñaladas por todo su cuerpo lo desgarraban sin que notase absolutamente nada, pero a pesar de la ausencia de dolor, no podía pensar con claridad.

 

No pudo evitar una dolorosa carcajada al pensar que después de tantos años, sus amigos, por una vez, tenían razón. Pero seguramente pasasen semanas, o incluso meses, antes de que ellos fuesen conocedores de este hecho.

 

Llevaba años dedicándose al coleccionismo de recuerdos, o al menos esa era la descripción que a él le gustaba utilizar. Sus amigos en cambio, bromeaban diciendo que lo suyo era un claro síntoma del llamado síndrome de Diógenes en fase aguda y que algún día, le daría un buen susto.

 

Mientras la mayoría de la gente aprovechaba las vacaciones para irse a la playa, a la montaña o incluso a conocer nuevas ciudades, él dedicaba el tiempo libre a visitar rastrillos de pueblos remotos en busca de esa antigualla que nadie quería y a la que él, resucitaría del olvido.

 

Juguetes abandonados, descoloridos álbumes de cromos, viejos marcos de fotos, antiguos utensilios de hogar y toda clase de cachivaches oxidados a los que luego, pacientemente, devolvería todo su esplendor tras interminables horas de minuciosa restauración.

 

La última quincena de agosto, la había dedicado a recorrer la comunidad de Castilla y León, Aprovechando la cercanía y a sabiendas de que todos los lunes se celebraba allí un importante mercadillo, decidió acercarse al Puente de Sanabria a ver si conseguía algún “pequeño tesoro”.

 

El camino de regreso lo hizo por carreteras secundarias, como era su costumbre. Estaba saliendo ya del pueblo de Trefacio cuando en lo alto de un monte, vio un viejo y apartado caserón, como siempre, no pudo, o más bien no quiso evitar desviarse para poder ver que ocultaba aquel inhóspito lugar.

 

El aspecto del caserón revelaba que llevaba décadas abandonado, incluso lo que en su día había sido una robusta y maciza puerta de madera, se hallaba ahora inservible debido al abandono y a la podredumbre.

 

Tras inspeccionar minuciosamente las plantas inferiores, se animó a subir a la planta más alta, quería aprovechar los escasos minutos de luz que aun faltaban hasta que la noche hiciese imposible continuar la exploración.

 

Casi había terminado cuando en el rincón de una pequeña habitación, vio una vieja moto de hojalata, a pesar de la distancia y la oscuridad, observó que el estado de conservación era bastante bueno para los años que debía de tener. Con paso decidido se acercó, cuando la tuvo en sus manos, su rostro se iluminó al comprobar que estaba incluso mejor conservada de lo que le había parecido en un primer momento.

 

De pronto un sordo crujido. Instintivamente intento saltar hacía un lado, pero el impulso solo ayudo a que la madera del suelo se quebrase por completo y  a que su cuerpo cayese violentamente hacía el piso inferior.

 

Ahora sabía que tenía que haber soltado la moto y haberse preocupado más por la caída, pero por testarudez, casi siempre hacía lo contrario de lo que a priori debería de ser lo más sensato.

 

El golpe contra un viejo y polvoriento aparador le había provocado alguna fractura grave. No tenía conocimientos de medicina, pero el chasquido de su espalda y la absoluta incapacidad de mover un solo musculo de su cuerpo no eran buena señal.

 

Apenas habían pasado unos minutos cuando salieron a su encuentro. En un primer momento mostraron cautela y se mantuvieron a una distancia prudente. Ahora, sin embargo, campaban a sus anchas sabedoras de su superioridad. 

 

La posición en la que había quedado su cabeza solo le permitía mirar hacia su derecha, desde ese ángulo, la moto de hojalata parecía mucho más grande de lo que realmente era. Se imaginó levantándose, se imaginó que era el motorista de hojalata sobre la vieja moto de juguete, se imaginó que montado sobre ella se alejaba de aquel lugar y volvía a casa para mostrar en su blog las últimas fotos hechas con su cámara polaroid, las fotos de su último gran descubrimiento, una preciosa moto de hojalata de los años 50.

 

No recordaba cuanto tiempo llevaba allí tendido. Cientos de pequeñas puñaladas por todo su cuerpo lo desgarraban sin que él notase absolutamente nada. Quizás la extraña ausencia de dolor lo aterrorizaba mucho más que la dantesca imagen que ahora tenía ante si.

 

La vieja moto de hojalata fue su última visión mientras centenares de sucias y viejas ratas roían y despedazaban sus abiertos y aterrorizados ojos. 

 

   Género: Ficción

Autor: Jaime Ramos

Fecha: 01/09/2009