El descubrimiento II

El Doctor cogió la muestra y la guardó con sumo cuidado en un pequeño transportador que años antes había conseguido en una empresa farmacéutica. Debía de ser muy cuidadoso, pues aquella muestra era la única prueba de su descubrimiento. Sabía que utilizar cadáveres y enfermos como cobayas humanas era ilegal y que lo pagaría con la cárcel, pero sus intenciones nunca fueron otras que las de ayudar a la humanidad, por eso estaba dispuesto a asumir sin protestar, las penas que la ley dictaminase.

 

Salió del viejo laboratorio con el llamativo transportador de color naranja, su mente trabajaba ahora a una velocidad incluso mayor a la que ya estaba acostumbrada. Se preguntaba si la OMS retrasaría mucho la salida al mercado de esta vacuna, de esta milagrosa vacuna. Cada día que pasase, miles de personas morirían en todo el mundo por alguna de las múltiples variedades del cáncer. Se preguntaba que estarían pensando en esos momentos sus compañeros de facultad, pero la prueba que él les mostraría en solo unos minutos, les haría entender y quizás comprender algunas de las atrocidades que estarían descubriendo en esos mismos momentos en el registro de su laboratorio.

 

Estaba a solo cien metros de la facultad cuando vio a un joven que salía a su encuentro, el doctor apuró el paso pensando que era el momento más inoportuno para que un estudiante lo retrasase preguntándole cualquier banalidad.

 

Cuando estuvieron cara a cara, el joven sacó de su chaqueta una pequeña pistola y con claros síntomas de ansiedad, le pidió el transportador y el dinero que llevase encima.

 

El doctor se dio cuenta de lo que estaba sucediendo porque lo había leído en la prensa recientemente. Jóvenes toxicómanos, agresivos y desesperados, robaban los transportes de medicamentos cuando estos estaban llegando a su destino, y a la universidad, llegaban casi de manera diaria todo tipo de fármacos. Tanto para los laboratorios de investigación como para la propia farmacia de la facultad.

 

El Doctor sabía que el joven no atendería a razones, que no abandonaría el lugar si llevarse consigo el botín que había ido a buscar, calculó que con solo avanzar unos cinco o seis metros, estarían a la vista de los guardias de seguridad que vigilaban el centro, dio un paso y dudó unos segundos, los suficientes para que el joven disparase una pequeña pero mortal bala que le atravesó su viejo corazón.

 

Mientras yacía tendido sobre el césped, observaba entre los árboles las manchas azules de un soleado día de octubre, No le dolía su muerte, el cáncer que el mismo se había provocado lo mataría igualmente en cuestión de meses, quizás semanas. Le dolía pensar que por culpa de las drogas, un joven había desperdiciado una preciosa vida, una vida a la que todos tenemos derecho, y con su cruz, estaba condenado sin querer, pero de manera irremediable, a millones de inocentes en todo el planeta. 

 

 

Género: Ficción

Autor: Jaime Ramos

Fecha: 08/09/2009