Amigos del más allá

El relato que les voy a contar hoy, está basado en un hecho real acontecido en Vilagarcía, entre principios de los años 70 y mediados de los 80.

 

Se suele decir que en toda aldea vive un alcohólico, posiblemente viva más de uno, pero sólo uno tiene el dudoso honor de ser merecedor del título de borracho del pueblo. Hoy les voy a hablar de un hombre al que conocí y traté durante algo más de quince años, desde que yo no era más que un niño hasta su prematuro fallecimiento.

 

Todos los días, Juan  -así le llamaré desde este momento a pesar de que este no era su nombre real- hacia la misma ruta, de su casa al Campo Santo parando en cuanta taberna encontraba a su paso. Pensando ahora en él y en los años que lo conocí, creo que sólo una vez, a lo sumo dos, lo vi en estado sobrio, pero a lo que iba. Juan era un hombre delgado, bastante alto y con un sentido del humor superior a la media, en parte, porque su ácido e incomprendido humor se alimentaba básicamente de cerveza y vino. En esas paradas que hacía en su trayecto, tenía por costumbre preguntar a algunas personas si tenían algún recado para sus familiares, evidentemente se refería a sus familiares fallecidos, pues Juan, se sentaba delante de los nichos del cementerio y durante horas, parecía hablar con alguien a quién por supuesto sólo él podía ver. Pasado ese tiempo y cuando el día ya se preparaba para su ocaso diario, emprendía el camino de regreso a su casa, siguiendo la misma ruta y parando en las mismas tabernas que ya había visitado en el camino de ida.

 

Así un día tras otro, a veces con un calor infernal y otras, bajo la copiosa lluvia de los largos inviernos gallegos. Fuesen cual fuesen las condiciones climatológicas, Juan nunca fallaba en su visita al Campo Santo.

 

Muchos eran los que creían que Juan no visitaba realmente el cementerio, que simplemente iba de taberna en taberna en una ruta de ida y vuelta, pero yo sé que en una ocasión, dos hombres decidieron seguirlo sin que él los viese, intentando saber que había de cierto en sus historias. A punto estuvieron de abandonar su vigilancia pues a pesar de que lo siguieron sólo durante el último tramo hasta el campo santo, Juan aún tenía un par de tabernas por medio y esas paradas podían suponer al menos un par de horas. Finalmente esperaron y Juan salió de la última taberna, los hombres se agacharon pues estaban seguros de que emprendería entonces el camino de vuelta, pero por supuesto no fue así.

 

Juan entró en el cementerio, se sentó ante el nicho de un viejo conocido, casualmente el del padre de unos de los hombres que lo habían seguido y comenzó una larga conversación. Los hombres no podían escuchar bien lo que Juan hablaba, pero oían alguna frase suelta o alguna carcajada que se le escapaba de cuando en vez.

 

Los hombres cansados de esperar regresaron a sus casas y Juan, lo hizo como siempre mucho más tarde. Parando en las tabernas y repartiendo recados y saludos que traía de sus viejos amigos del más allá.

 

Como dije al principio, esta es una historia real. Lo que voy a escribir ahora, es una conversación habitual que yo escuché decenas, quizás cientos de veces.

 

Conversación a la ida:

 

-  Ola mamá, vou xogar unha partida con “apelido”, quere que lle diga algo.

-  Dille que aquí estamos todos ben, que non se preocupe por nós.

-  Vale mamá.


Conversación a la vuelta:

 

-  Ola mamá, díxome “apelido” que el tamén esta moi ben, que onte estiveron moitos da aldea xuntos e que estiveron a cantar e a bailar. Ah! e díxome tamén que me puxeses unha cunca de tinto que el me convidaba.


Juan bebía la taza de vino a la que supuestamente le había invitado el difunto y seguía su camino de vuelta a casa hasta el día siguiente, en el que de nuevo, salía para visitar una vez más el Campo Santo.

 

Efectivamente y como ya os habréis imaginado, Juan llamaba cariñosamente mamá a la dueña de la taberna. Siempre llevaba un viejo naipe en el bolsillo y el día en que los dos hombres los siguieron, vieron como Juan se sentaba en el suelo, sacaba el naipe y repartía cartas para jugar una partida con unas personas que sólo él podía ver.

 

Muchas personas creían que Juan era simplemente el borracho del pueblo, otras, decían que todo lo que contaba eran alucinaciones producidas por el alcohol, pero algunos, nos estremecíamos y nos mirábamos sin decir nada cuando en algunas ocasiones, Juan contaba cosas que le habían dicho los difuntos, cosas que por supuesto, sólo el difunto y sus familiares más allegados podían saber.

 

 

(En memoria de C. de T. y de R. que seguro que ahora estarán juntos jugando una partida)

 

Género: Basado en hechos reales

Autor relato e imagen: Jaime Ramos

Fecha: 29/06/2012