Remedios la amortajadora

Manuela se despertó sobresaltada, se levantó con cuidado y encaminó sus pasos hacia la cocina. Allí, sentada junto a la vieja lareira que desprendía un tembloroso color rojizo por las últimas brasas que aún ardían en su interior, se encontraba Remedios y a pesar de estar sentada de espaldas a la puerta, Manuela la pudo reconocer sin el menor atisbo de duda.

 

Pepita se despertó al escuchar unos extraños ruidos que venían del pequeño cuarto de al lado, cuando se acercó al umbral de la puerta, vio a Remedios de pié en la estancia, miraba un cuadro que colgaba sobre un labrado arcón de carballo que Pepita había heredado de su madre, en el cuadro, aparecían retratados los rostros de Pepita y de su difunto marido Luis.

 

Carmucha estaba fuera de la casa, en el retrete que sólo unos meses antes habían construido en el patio posterior, escuchó que la puerta trasera de la casa se abría y que alguien entraba en su interior. Salió con sigilo y a pesar del  miedo que la oprimía, entró en el hogar. Fue entonces cuando vio la silueta de Remedios al lado de la ahora fría cocina de hierro.

 

Josefa, se agitaba y luchaba entre las sabanas como un marinero caído al mar en el medio de una tormenta, intentaba recobrar el estado de vigilia pero el fuerte brazo de Morfeo la mantenía firme a su lado, finalmente, consiguió incorporarse y sentada aun en el lecho, vio como Remedios la miraba inmóvil desde los pies del camastro.

 

Las cuatro mujeres vivían en la misma aldea, tres eran viudas y vivían solas desde que sus hijos e hijas habían abandonado el lugar para vivir una vida más prometedora en la ciudad. La cuarta, no había conocido hombre y a su edad, era más que presumible que ya no lo haría nunca.

 

Las cuatro mujeres tuvieron la misma visión, Remedios, o lo que más exactamente se podía calificar como su espectro, se había aparecido en sus casas en aquella fría y desapacible noche de enero para pedirles un único y último favor.

 

La anciana solicitó a las cuatro mujeres que acudiesen a su casa, que la amortajasen y se encargasen de los preparativos necesarios para que pudiese emprender con dignidad su último y definitivo viaje.

 

Sólo Josefa, en un acto movido por el respeto y el miedo también, decidió acudir a la casa de Remedios, allí, la descubrió tumbada en la cama, con los ojos abiertos y una terrible mueca de dolor en su rostro.

 

Eran tiempos en los que no existían los tanatorios ni los tanopractores, tiempos en los que la medicina poco podía hacer para paliar los muchas veces agónicos momentos finales. Tiempos en los que las congostras eran cruzadas con cautela y premura para no encontrarse a quién una no debía. Tiempos de una dura vida en la aldea gallega cuando la vieja España, despertaba jubilosa y esperanzada procurando sus primeros pasos en la recién nacida democracia tantos años aguardada.

 

Josefa, sin dejar de musitar rezos y plegarias se acercó a la difunta, le cerró los ojos e intentó devolver, no sin dificultad, un poco de relajación a la demacrada figura, la vistió con un mil veces zurcido traje que encontró en un viejo arcón a los pies de la cama, cruzó sus manos sobre su pecho y puso en ellas un crucifijo de madera y un desgastado rosario, humedeció sus dedos con agua bendita e hizo la señal de la cruz sobre la frente de la anciana, luego prendió unos cirios que colocó a ambos lados del cadáver, encendió el hogar, colgó al fuego una vieja pota rebosante de oscuro café y salió a la oscuridad de la luna nueva. Puerta a puerta fue llamando a sus moradores para que durante esa larga y fría noche, pudiesen velar juntos el cadáver de la anciana y rezar a Dios por su alma.

 

Durante las dos últimas décadas, Remedios había sido la encargada de amortajar a los vecinos fallecidos, por ese motivo, ella misma pidió ayuda cuando llegó su hora y nadie en la aldea se había percatado aún de su muerte. Josefa, fue sin quererlo y desde esa misma noche la nueva amortajadora del pueblo, una figura indispensable como lo eran entre otros el capador, el afilador, el molinero o el herrero y a pesar de su inexperiencia, su labor muy pronto fue demandada, pues antes de que concluyese la noche del miércoles de ceniza, tres vecinas más habían fallecido en la pequeña aldea gallega, tres mujeres que en una muy reciente y fría noche de enero, se habían negado a ayudar en su partida a Remedios la amortajadora.

 

Género: 80% Ficción

Autor: Jaime Ramos

Fecha: 06/07/2012