Los niños de la cruz

No sé si alguna vez escuchasteis la historia del caminante y el crucero, es posible que no, puesto que la poca gente que la conoce tiene mucho cuidado a la hora de compartirla con los demás. Por supuesto, hoy la conoceréis si os animáis a seguir leyendo este relato, a mí, me la contó una persona conocedora de mi afán por recopilar historias y leyendas de este tipo. 

 

Luis tenía 60 años cuando debido a una restructuración en su empresa, le ofrecieron la jubilación anticipada, y digo ofrecieron, aunque todos sabemos que la palabra más adecuada sería decir, obligaron. Durante los primeros meses de esa anticipada e inesperada prejubilación, Luis se encontraba completamente descolocado, pasaba casi todo el día en su casa viendo tele-basura hasta que en una revisión médica, su médico de cabecera le recomendó caminar un poco todos los días. A partir de entonces, Luis encontró a su avanzada edad un hobby que poco a poco, se fue convirtiendo en casi su única razón de ser.

 

Al principio daba paseos cortos muy cerca de su casa, luego, comenzó a caminar por el paseo de la playa, un lugar muy concurrido sobre todo por personas mayores que solían salir a caminar a última hora de la tarde y que habían convertido ese paseo, en su lugar habitual de encuentro, allí se paraban a charlar y se saludaban casi como si se tratase de un acto social de cierta importancia, los vecinos del lugar conocían el paseo con el popular sobrenombre de la ruta del colesterol.

 

En muy poco tiempo, a Luis la ruta del colesterol se le hizo muy poca cosa, sus caminatas, podían llegar hasta los veinte o treinta kilómetros y además le gustaba caminar sin que cada diez o quince metros, alguien lo parase para saludarlo y mantener con él una conversación llena de banalidades.

 

Solía salir a caminar a primera hora de la mañana, tan temprano que en innumerables ocasiones, la gente que abandonaba las aldeas para acudir a su puesto de trabajo se sobresaltaba al encontrarlo inesperadamente al doblar una esquina, o caminado antes del alba por lugares que consideraban demasiado alejados para caminar solo a aquellas horas. Durante los siguientes meses, muchos fueron los que lo encontraron haciendo lo que presuponían era un pequeño descanso en el camino, sentado sobre la base de un antiguo crucero que estaba parcialmente cubierto de musgo. El crucero en cuestión, se acertaba al borde de en un solitario camino que conducía a uno de los montes del pueblo, ahora un poco más transitado, debido a que desde la falda de ese monte se podía acceder a la nueva carretera de circunvalación.

 

Sobre la base de ese mismo crucero, encontraron su cuerpo a principios del mes de octubre, todo hacía indicar que Luis había fallecido de un infarto, ironías de la vida, la muerte lo había sorprendido en el momento en el que más empeño había demostrado por mantenerse en forma y por cuidar su salud.

 

Tres meses antes, la víspera de San Juan, Luis caminaba como de costumbre por la ladera que conducía al monte, como de costumbre también, se paró a beber un poco de agua y a descansar en el crucero. Apenas llevaba unos minutos sentado cuando a su espalda escuchó unos crujidos, como si alguien caminase por entre los arbustos. Luis no se sobresaltó, no obstante, permaneció en silencio y al poco escuchó unas risas relativamente cercanas, luego unos débiles susurros seguidos de inmediato por una nueva oleada de risas. Al caminante se le aceleró el pulso, no porque se hubiese asustado, sino por la extrañeza de que a esa hora, pues todavía el reloj no marcaba las siete de la mañana, pudiese haber gente por allí y mucho menos de que se tratase de niños pequeños, o al menos a esa conclusión llegó Luis por el agudo tono de las risas y lo que a él le parecieron murmullos.

 

Llegados a este punto, habréis llegado a la conclusión de que me lo estoy inventando todo, pensareis que es imposible que yo conozca esta parte de la historia, a no ser claro está, que la persona que me la contó fuese la propia esposa de Luis.

 

Tras varias tardes de café y de muchas horas de conversaciones triviales, conseguí llegar a conocer un poco más la historia del caminante. Yo sabía que la esposa de Luis me racionaba la información intencionadamente, como si tuviese miedo a que una vez hubiese terminado, yo dejaría de visitarla y que así ella se sumiría de nuevo en la monotonía de una vida en soledad, pero lo cierto es que cuando la historia terminó, la vida de la anciana llegó a su fin en esa misma noche de febrero. Lo cual me hizo pensar después de un tiempo, que la anciana era conocedora del momento exacto en el que la Parca acudiría a visitarla.

 

Los meses que precedieron a la muerte del Luis, su obsesión con el crucero fue aumentando hasta tal punto, que su esposa pensó que su marido sufría algún tipo de enfermedad senil. Constantemente le hablaba a su esposa de los niños que vivían atrapados en el crucero, sobre todo de una niña, Aurora, con la que al parecer Luis había llegado a entablar conversación en varias ocasiones. La esposa lo obligó a acudir al médico y a pesar de todo lo que le contaron, el médico consideró que Luis no padecía ningún tipo de enfermedad, que si bien las historias que contaba podían ser interpretadas como evidencia de una demencia o una alucinación, no había ningún otro síntoma que delatase en Luis las más mínima anomalía física o mental.

 

Luis hablaba de Aurora como si se tratase de un ser real, incluso obligó a su esposa a acompañarlo en una ocasión, ella no vio ni escuchó nada, Luis tampoco, pero al día siguiente, Luis disculpó a los niños pues le habían contado que cuando lo vieron acompañado de una mujer, se habían agachado por miedo ante la desconocida.

 

Los conductores que al amanecer circulaban por esa carretera, veían a Luis sentado en el crucero, en algunas ocasiones lo veían agacharse tras las piedras de la base ante la llegada de los coches, hiciese buen tiempo o lloviese a mares, la presencia de Luis en aquel lugar se convirtió en algo habitual, en algo que ya no sorprendía a nadie.

 

Por la contra con cada día que pasaba, la preocupación de su esposa iba en aumento, su marido estaba convencido de que los niños lo necesitaban, de que sólo su presencia los ayudaba a ahuyentar el miedo, decía que siempre le pedían que se quedase un poco más con ellos, sobre todo ahora que los días eran más cortos. Le contaba a su esposa que le preocupaba la gran responsabilidad que tenía Aurora, pues a pesar de que ella era la mayor, no dejaba de ser también una niña pequeña.

 

Su mujer estaba convencida de que Luis estaba sufriendo algún tipo de trastorno y que a pesar de lo que había dicho el médico, la enfermedad de su marido avanzaba descontroladamente. El repentino fallecimiento de su esposo días después, la convenció finalmente de que ella estaba en lo cierto. 

 

Pocos días después de la muerte de Luis, su esposa llevó un ramo de flores y lo depositó sobre la base del crucero en el que él había fallecido, todavía estaba allí cuando se le acercó una señora que caminaba acompañada por un perro y un pequeño rebaño de ovejas, se paró y le preguntó si tenía enterrado allí a algún ser querido. La mujer de Luis negó, pero ante la extrañeza de la pregunta hizo lo propio, preguntó a la mujer cómo podía ser que allí se encontrase alguien enterrado. La mujer le contestó que antiguamente en Galicia, era habitual que bajo los cruceros se enterrasen a los niños que fallecían antes de ser bautizados, – los niños de la cruz les llamaba mi abuela– le dijo. Le contó que las marcas, cruces o iniciales que suele haber en las barras de los cruceros, las grababan como recordatorio los familiares de los recién nacidos cuando dejaban allí sus cuerpos.

 

La esposa de Luis, esperó a que la señora siguiese su camino y revisó con detenimiento la barra del crucero, tuvo que fijarse bien hasta encontrar varias marcas y letras casi totalmente borradas por la erosión. Al pie del crucero, en una zona un poco más resguardada del viento y la lluvia, la mujer de Luis retiró con sus manos el musgo que cubría una zona que parecía mantener el relieve de las letras grabadas en la piedra, se acercó a la inscripción y con total claridad pudo leer el nombre que más temía encontrar, Aurora.

 

 

Género: Ficción

Autor: Jaime Ramos

Fecha: 28/07/2012