La herencia de Jacob

Desde niño guardaba un secreto que nunca había confesado a nadie, un miedo que si bien sabía que carecía de toda lógica, también sabía que esa falta de lógica era el verdadero alimento que sustenta los temores que padecemos a lo largo de nuestra vida. Mientras unas personas disfrutan y se ríen cuando ven a un payaso, otras no toleran su presencia sin notar como su adrenalina se dispara y su dermis reacciona a los estímulos nerviosos erizando el vello de su cuerpo. Ya sean payasos, soledad, oscuridad, reptiles, insectos o incluso aves, lo cierto es que nuestros mayores miedos son para otras personas reacciones ilógicas e incomprensibles por las cuales incluso se atreven a tachar a quienes los padecemos de cobardes o paranoicos.

 

El caso es que poco le podía ayudar el saber que su miedo careciese de lógica, él sabía que tarde o temprano se tendrían que encontrar de nuevo y ahora, de manera inevitable, ese día había llegado igual que la calma llega siempre precediendo a las tormentas más devastadoras.

 

Su madre había fallecido tres años atrás, dos años después de su padre y desde entonces no había vuelto a pisar el hogar de su niñez. Ahora él era el único heredero de la casa, de la casa y por supuesto, del secreto que su familia mantenía oculto en el oscuro y viejo desván.

 

Aparcó delante del porche y rebuscó en la guantera hasta encontrar las llaves de la vivienda, sin bajarse del coche, volvió su mirada hacia la blanca fachada y de manera inevitable y predecible a pesar de sus contrarios deseos, sus ojos acabaron fijos en la pequeña ventana circular que anunciaba al exterior la existencia de la buhardilla, una única y pequeña abertura que apenas servía para renovar el pesado aire de su interior y mucho menos para iluminar la amplia estancia.

 

Recordó que el día de su decimoquinto cumpleaños y en compañía de su padre, fue el día en que subió al desván por primera y hasta ahora única vez en su vida. Una vez arriba se fue corriendo hacía la pequeña ventana, intentando aprovechar para sus fines exploratorios el pequeño rayo de luz solar que violaba con su penetrante irradiación y sin apenas encontrar resistencia, la imperturbable oscuridad del viejo desván. Para él fue todo un descubrimiento, se sentía como un pirata mirando desde el ojo de buey de un galeón llenó de antiguos y valiosos tesoros. Allí había tantas cosas que no sabía por dónde empezar, todo le resultaba curioso y excitante. Con cada nuevo objeto que descubría, en su inocente y fantasiosa mente germinaban nuevos mundos, mundos llenos de aventuras de las que él siempre era el principal protagonista.

 

Ese día en el desván fue el día que su padre se lo presentó, igual que a él se lo había presentado también su padre y a su padre su propio padre y así, desde al menos quince generaciones anteriores.

 

Bajó del coche y abrió sin dificultad la sólida puerta que llevaba años cerrada. El polvo suspendido en el aire se arremolinó vigorosamente jugueteando con el haz de luz que entró desde el umbral de la vivienda. Se encaminó hacia las escaleras que subían a la planta superior y el olor a cerrado hizo que de nuevo su mente viajase en el tiempo y lo trasladase una vez más al día en que lo conoció.

 

Recordó su repulsivo olor a vainilla, su oscura y arrugada piel y por supuesto, la ilógicamente desagradable sensación que le producía su contacto.

 

Durante años se intentó mentalizar de que este día llegaría, pero ahora, allí al pie de la escalera, repasó mentalmente y con la única intención de calmar sus nervios, las palabras que su padre le había dicho cuando se lo presentó.

 

“Lleva con nosotros más de 500 años, es parte de nuestra familia, como tú y como yo. Es nuestro deber cuidarlo y legarlo a nuestros hijos hasta que un día, él nos ayudará a sobrevivir. Pero no debemos mostrarlo al mundo a no ser que sea estrictamente necesario ¿me entiendes hijo mío? A no ser que la única manera de salvar a la humanidad de sus propios errores, sea que conozcan la verdad, la esperanzadora pero dolorosa verdad que sólo él conoce y que sólo nosotros podemos ayudar a descifrar”

 

A Dios gracias, durante el tiempo que había permanecido bajo su custodia no había necesitado recurrir a su servicio, pero algo en su interior le decía que el día de su liberación estaba muy próximo, quizá su hijo tendría que hacerlo, quizá su hijo Jacob; sería el hombre que tendría la responsabilidad de mostrar al mundo su poder y de ayudar a recuperar la sabiduría que la humanidad había perdido en su camino miles de años atrás. Por ese motivo había estado preparando al niño desde muy pequeño, difícil tarea conseguir transmitir un secreto así a un niño sin que nadie se enteré, ni siquiera su propia madre. Pero el 20 de diciembre su hijo primogénito cumpliría 15 años y siguiendo la tradición familiar, ese y no otro sería el día en que debería presentárselo cediéndole así su custodia. De manera quizá no casual, una antigua y ahora desaparecida civilización escribió hace miles de años que sólo veinticuatro horas después de la presentación, el mundo conocido llegaría a su fin y el ser humano sufriría una desconocida, devastadora y necesaria transformación.

 

Subió con paso firme y cuando llegó a la mitad del pasillo superior, alzó la mano y tiró de la cuerda que liberaba la trampilla del desván. La vieja escalera de madera se deslizó con un lamentoso y agudo chirrido que le hizo apretar fuertemente la mandíbula.

 

A pesar de que las sombras lo envolvían todo, caminó directamente hasta la puerta de roble que se encontraba semioculta en un lateral del desván, sacó las pesadas llaves del bolsillo de su chaqueta y una a una, abrió las tres cerraduras que resguardaban el secreto oculto tras la gruesa puerta de madera y acero. Pensó que aquél siempre había sido el mejor escondite para él, pero ahora era demasiado arriesgado dejarlo allí de nuevo, dejarlo allí solo.

 

En cuanto abrió la pesada puerta lo vio, cubierto por unos raídos trapos que cientos de años atrás debieron de ser finos y caros paños.

 

Con extremo cuidado lo fue descubriendo poco a poco, sabía que no era necesario, pero incomprensiblemente necesitaba verlo una vez más.

 

Habían pasado ya más de tres décadas y estaba exactamente igual que el primer día que lo vio, sólo el intenso olor a vainilla, parecía haber aumentado con el paso de los años.

 

Pasó suavemente su mano sobre la oscura y arrugada piel de la cubierta y de nuevo tuvo la sensación de que el cuidado de aquella herencia, la responsabilidad y el temor que conllevaba, era una carga demasiado dura para ser soportada por una sola persona, una herencia que seguirá pasando de padres a hijos sin que estos, conozcan su verdadero y oculto significado a pesar de ser ellos los únicos capacitados para descifrarlo. 

 

Sólo el día en que su descubrimiento sea la única esperanza para la supervivencia de la raza humana, conoceremos el verdadero secreto del "Manuscrito Voynichy por fin sus herederos serán liberados de su pesada carga.

 

 

Género: Ficción

Autor: Jaime Ramos

Fecha: 10/08/2012

Nota del autor:

Si deseas obtener más información sobre el enigmático libro

referenciado en el relato pincha el enlace: Manuscrito Voynich