Secreto de familia

Con cuidado y esforzándose para intentar ver algo en la oscuridad que ante él se extendía, bajó las inclinadas escaleras de piedra que conducían a un frío y oscuro sótano. Con la luz de su encendedor, caminó arrastrando lentamente los pies para intentar no tropezar con los objetos que se amontonaban en el suelo de la estancia. Se acercó a lo que parecía una ventana tapiada, sin mucho esfuerzo logró arrancar unas tablas a las cuales la podredumbre, habían arrebatado su dureza y su razón de ser, que indudablemente era la de la protección de la vivienda.

 

Con la poca luz que entraba a través del sucio cristal, rebuscó entre los numerosos muebles allí abandonados, en decenas de viejas cajas que en su mayoría contenían cachivaches rotos que por alguna razón incomprensible, habían ido a parar allí en lugar de ir directamente al cubo de la basura.

 

Jamás había estado en aquella casa, jamás había bajado a aquel sótano y sin embargo, la misma corazonada que lo había conducido hasta allí y que le dijo que esa era la casa, le evocaba ahora al ver todo aquello, recuerdos familiares que en realidad nunca había vivido.

 

En un rincón, observó un viejo arcón de roble que le llamó poderosamente la atención, pasó sus dedos por el relieve tallado en la tapa y tuvo la sensación de haberlo hecho cientos de veces antes, a pesar de que él sabía que no era así, la figura ecuestre que adornaba la pesada tapa se le hacía extraordinariamente familiar. Abrió la tapa y bajo unas raídas mantas, encontró un libro, un diario con  una acolchada cubierta verde y una flor dibujada en la esquina inferior derecha, el mismo libro que en sus sueños, una anciana leía una y otra vez sentada en un balancín de color cereza. En ese momento supo que su búsqueda había terminado, el libro era sin duda lo que había ido a buscar allí a pesar de no saberlo cuando meses atrás, había iniciado el viaje que finalmente lo había conducido hasta él.

 

Caminó de nuevo hacia las escaleras y la imprudencia hija de la prisa, hizo que su tobillo derecho se golpease con un objeto anguloso y duro. Exclamó una maldición que se ahogó en su garganta cuando al volverse para mirar con que había tropezado, vio el viejo balancín cereza que se mecía debido al golpe recibido; vacío, meciéndose en la oscuridad. Antes que de la capa de polvo y las telarañas que lo cubrían le hiciesen ver algo que no era real, decidió olvidar el dolor de su extremidad  y subir de nuevo a la planta superior.

 

En lo que un día fue el salón de un majestuoso pazo gallego, arrancó de un tirón la tela blanca que cubría un amplio y otrora ostentoso sofá. Se sentó y observó cuidadosamente el diario. El dibujo de su cubierta era un elaborado bordado que representaba una pasiflora, una flor de la pasión y que seguramente de manera no casual, siempre había sido su flor preferida. El color dorado del hilo con el que estaba hecho el bordado, provocaba un llamativo contraste con el color verde oscuro de la cubierta.

 

Sin atreverse todavía a abrirlo, se limitó a leer el nombre que estaba escrito sobre la tapa del libro, María de Castro.

 

¿Quién era aquella mujer? ¿Por qué aquel nombre le resultaba tan familiar? Finalmente, decidió leer aquel diario con el que tantas veces había soñado y fue de esa manera, como una verdad desconocida se mostró ante él.

 

 

 

“Mi nombre es María de Castro Ulloa, soy descendiente de una larga extirpe de meigas gallegas y mi humilde padre, criado del dueño de este pazo, comprometió mi mano con la del hijo de su amo. No lo culpo por ello, son tiempos difíciles y junto con mis cinco hermanos, somos demasiadas bocas para ser alimentadas por un humilde sirviente que quedó viudo el día que mi madre trajo al mundo a su sexto hijo.

 

Mi marido, siguiendo las órdenes de su padre, se ha casado conmigo con el único fin de engendrar un hijo varón, conscientes de nuestro don de clarividencia, quieren utilizarlo en su propio beneficio y para que su poder futuro no tenga rival, ha ordenado matar a todos mis hermanos.

 

En mi primer parto he dado a luz a una niña, por ello, he tenido que tomar la difícil decisión de apartarla de mi lado con el único fin de ponerla salvo, evitando así que su padre también la sacrifique mientras espera la llegada, del varón que tanto ansía para poner en marcha sus oscuros propósitos, la decisión de alejarla de esta casa es para poder salvar su propia vida, no obstante, la herida que esto abrirá en mi corazón sé que no cicatrizará jamás.

 

Todos los descendientes de mi hija, heredarán también el mismo don que mi madre transmitió a sus hijos, así ha sido durante miles de años y así seguirá siendo, pero ante la falta de una guía que les muestre el camino, con el paso del tiempo olvidarán el verdadero poder de sus sueños e intuiciones. Solo espero que este diario, les ayude algún día a conocer su pasado y la verdadera historia de nuestra familia.

 

Sé que algún día, un descendiente mío volverá a esta casa en busca de los conocimientos que le ayuden a entender y a comprender su don, en busca de la verdad sobre los hechos que ahora están a punto de suceder, por ello y desde hoy mismo, escribiré en este diario y de la manera más fiel posible nuestra historia y los acontecimientos que en ella vayan acaeciendo hasta el fin de mis días. “

 

“María de Castro, 20 de abril de 1802”

 

 

 

Allí sentado, leyó hasta que la escasa luz que se filtraba por los altos ventanales le obligó a dejarlo.

 

Cuando salió del ruinoso y abandonado pazo para emprender el camino de regreso a casa, supo con certeza que eso sólo había sido el principio de una larga lectura que sin duda le llevaría a conocer la verdadera historia de su familia, el origen de sus extraños sueños y de las siempre certeras corazonadas que lo habían llevado hasta allí.

 

Género: Ficción

Autor: Jaime Ramos

Fecha: 07/09/2012