Otoño

Al abrir la persiana, descubrió que de nuevo tendrían un hermoso y soleado día, parecía que el verano se resistiese a marcharse y que en su inevitable agonía final, intentase robarle un buen puñado de horas al recién nacido otoño.

 

Después de una ducha caliente, se vistió con el viejo traje que su mujer le había regalado hacía ya demasiados años y fue a la cocina a preparar el desayuno. Él desayunó sin prestar mucha atención a las noticias que a esa hora daban en la televisión, su esposa ni siquiera lo probó.

 

Como cada día, salieron de casa cuando el sol empezaba a asomarse sobre la colina, dirigieron sus pasos en dirección al parque desde el cual se veía una buena panorámica de la ciudad. En el camino se encontraron con Antonio, el cartero, jamás les traía nada pero los dos hombres gustaban de charlar sobre lo mal que lo hacían los políticos de ahora y sobre lo bien que este año lo haría el Real Madrid, después de unos pocos unos minutos, se despidieron y el anciano siguió de nuevo su camino, levantando la voz para desafiar a su esposa a que siguiese su ritmo. El cartero, al escucharlo, se volvió unos segundos y vio como el hombre apuraba el paso por la inclinada pendiente que conducía al mirador.

 

A esa hora de la mañana, el parque estaba desierto a excepción de un operario de la limpieza que sin mucho éxito, intentaba recoger las primerizas hojas del otoño que parecían aliarse con la brisa matutina para poner en jaque su destreza con el pincho de jardinero.

 

Se sentaron en su banco preferido, en el mismo en el que tantos años atrás, él le había pedido que fuese su esposa. Desde allí, podían disfrutar ahora de la preciosa vista sin que el sol que irrumpía sobre el horizonte pudiese molestar sus viejos y cansados ojos. Del bolsillo de su vieja chaqueta sacó un pequeño trozo de pan duro y con mucha paciencia, lo fue desmenuzando y arrojando al suelo en donde un grupo de habituales e inquietos gorriones, esperaban ansiosos por su segura ración diaria.

 

Hacía muchos años que sus hijos habían marchado para vivir sus propias vidas, para tener sus propias familias e inevitablemente, sus visitas cada vez eran más escasas, pero se tenían el uno al otro y no necesitaban mucho más. Él contaba repetidos y viejos chistes y ella se reía siempre como si fuese la primera vez que los escuchaba. Cogidos de la mano, vivían el otoño de sus vidas sentados en el parque, dando de comer a los pájaros y viendo como lenta pero imparable, la bulliciosa ciudad crecía y se transformaba ante sus pies.

 

El operario de la limpieza, que de nuevo perdía la batalla contra las indomables hojas, se sobresaltó cuando un cercano y asustado grupo de gorriones alzó el vuelo al unísono. Al acercarse, vio al anciano reclinado de lado sobre el reposabrazos del banco, parecía dormido.

 

De su mano cayó al suelo un pequeño trozo de pan duro, a su lado, en el banco, reposaba una vieja y desgastada foto de la mujer que hasta hacía sólo unos días, había sido su esposa y su única razón de vida.

 

El operario se sobresaltó de nuevo cuando el viento que se filtraba entre las ramas pareció imitar el sonido de unas risas, las risas de unos ancianos que de nuevo se encontraban juntos, sentados y cogidos de la mano, en su banco preferido.

 

 

Género: ficción

Autor: Jaime Ramos

Fecha: 21/09/2012