El castigo

Su boca estaba fuertemente atada con alambre de espino, las incisivas puntas de metal se clavaban en su carne y por efecto de la sangre seca que las rodeaba, daba la sensación de que el alambre nacía en sus labios cuando en realidad el doloroso elemento nada tenía que ver con su anatomía.

 

Sus ojos estaban totalmente abiertos, los parpados cosidos de manera abrupta con grueso hilo, le impedía poder cerrarlos para no beneficiar con una mínima tregua su aterrorizada mirada.

 

Sus manos y sus pies, clavados con grandes y oxidados clavos, lo hacían permanecer en una postura que sin duda recordaba la de una crucifixión invertida.

 

Su mente era sin embargo la única parte de su cuerpo que se mantenía en un estado perfecto, óptimo. Eso era lo peor de aquella horrible y dolorosa situación.

 

Cuánto daría por perder el conocimiento aunque sólo fuesen unos minutos.

 

Qué no daría a cambio de poder alejarse mentalmente de allí y poder aliviar con ello parte de su dolor, de aquel horror.

 

Durante veinticuatro horas permaneció en aquel estado hasta que llegada la media noche, como cada media noche, todo cambió de nuevo.

 

Otro nuevo día, otra nueva tortura.

 

Ahora sus parpados ya no estaban cosidos, habían sido seccionados y permanecían sanguinolentos en el sucio suelo, al lado de sus orejas igualmente amputadas.

 

Su lengua, atravesada por un clavo, se mantenía forzada al límite fuera de su boca.

 

Sus pies metidos dentro de una vieja caja metálica, atrapados con una tapa del mismo material en la que sólo había dos orificios ajustados a la medida de sus tobillos, en el interior de la caja, asustadas y hambrientas, dos ratas ansiosas por roer hasta dejar libres las dos únicas salidas de aquel pequeño cautiverio.

 

Sus manos, agujereadas y atravesadas con una pequeña cadena que se mantenía unida al clavo que sujetaba su lengua, con la inquietante incertidumbre de saber hasta cuándo podría aguantar sin bajar sus cansados brazos.

 

Su mente, como siempre, alerta y más viva que nunca.

 

Cuánto daría por poder escapar de allí, aunque fuese con ayuda de la exiliada muerte.

 

Qué no daría por poder encontrar un solo minuto de descanso, un solo segundo con la lucidez suficiente para comprender.

 

Media noche, un nuevo cambio, sin transición, sin pausa, de una tortura a otra como si el tiempo entre ellas no existiese, como si de un macabro truco de magia se tratase.

 

Sus ojos eternamente abiertos, perforados por cientos de pequeños alfileres estratégicamente colocados para no entorpecer aquella continua visión de horror que lo rodeaba, la visión de millones de cuerpos mutilados que todavía albergaban en su interior las mentes sanas de los que otrora fueran personas como él.

 

Sus labios grapados, convertían su boca en una espeluznante caja de caudales que contenía todas las piezas dentales que le habían sido arrancadas a la fuerza.

 

Sus manos clavadas en sus sienes, le conferían la apariencia fantasmal del personaje de El grito en la famosa pintura de Edvard Munch.

 

Sus piernas, quebradas por docenas de sitios, mostraban los trozos de hueso que afloraban por todas y cada una de sus fracturas abiertas.

 

Otras veinticuatro horas de horror hasta la media noche en la que una vez más, todo cambiaría de nuevo.

 

Cuánto daría por poder volver atrás y cambiarlo todo.

 

Qué no daría a cambio de una nueva oportunidad en esta vida para no terminar así en la otra, por no sufrir este castigo por toda la eternidad en el purgatorio de los condenados.

 

 

Género: ficción

Autor: Jaime Ramos

Fecha: 12/10/2012