Cerveza, fútbol y gatos

Conducía despacio y con sumo cuidado, aun así, le costaba muchísimo maniobrar el coche con una sola mano por las transitadas y sinuosas calles que conducían al hospital. Cuando entró en urgencias, se dirigió de inmediato a la ventanilla de recepción y mientras hablaba -o más bien balbuceaba- con la recepcionista, se dio cuenta de que ésta había pasado de su inicial estado de sorpresa, a otro en el que se le notaba excesivamente, que hacía unos enormes esfuerzos para contener lo que a todas luces sería un inapropiado ataque de risa, algo que le molestó profundamente pero que decidió pasar por alto para no retrasar más de lo necesario su consulta. Al entrar en la sala contigua, se sorprendió de que sólo hubiese un par de ancianos en la sala de espera, algo que agradeció enormemente debido a lo delicado de su situación.

 

La Señora se quedó un buen rato observándolo de reojo y en voz baja dijo algo a su marido, el hombre se volvió para mirarlo bien y su esposa lo empujó ligeramente con el hombro para que no fuese tan descarado a la vez que se vio inesperadamente asaltada, por una fina y aguda risilla que a él le sonó tan desagradable como el quejido lastimero de un gato al que acaban de pisar la cola. El anciano sonrió y lo saludó con un ligero movimiento de cabeza, él, totalmente cabreado ya, devolvió de igual manera el saludo pero al hacerlo agitado por la rabia y con bastante más contundencia que el anciano, obtuvo como resultado un estallido de dolor tan fuerte en sus sienes que por unos segundos, estuvo casi seguro de que iba a perder el conocimiento allí mismo.

 

Al cabo de unos minutos, una auxiliar entró en la sala y dijo en voz alta un nombre de varón, el anciano se levantó con cierta dificultad y siguió a la auxiliar hasta que ambos desaparecieron tras las puertas automáticas que conducían al interior de la zona de boxes. Sin necesidad de mirar, supo que la señora lo seguía observando y a pesar de que sabía que lo lamentaría, miró hacia ella y la sorprendió con una sonrisa dibujada en su boca que en comparación con su mofletuda y rosada cara, se le antojó desproporcionalmente pequeña.

 

Cuando por fin llegó su turno, entró rápidamente para evitar cruzarse con un grupo de jóvenes que acababan de llegar y hablaban a viva voz en la zona de recepción.

 

El médico de urgencias que lo atendió, sorprendido al igual que la recepcionista, se esforzaba igualmente por no revelar un pronto que lo dejaría en una situación un tanto incomoda ante los ojos de su paciente, lo miró con una mezcla de incredulidad y curiosidad y le preguntó qué le había sucedido.

 

A pesar de que el enorme dolor que sentía en esos instantes a penas le permitía hablar, se esforzó en explicar al doctor lo sucedido. Con comprensible dificultad, le contó que mientras caminaba desde el salón de su casa hacía la cocina, un incomodo y repentino picor le hizo introducir el dedo índice en la nariz. Caminaba mientras de reojo intentaba no perderse un sólo segundo del partido que en esos momentos jugaban Madrid y Celta, avanzaba distraído sujetando en su mano izquierda la cerveza vacía que se dirigía a reemplazar cuando Azrael, el maldito gato siamés de su novia, se enredó entre sus pies haciéndole perder el equilibrio, la caída fue totalmente inevitable pero antes, el fuerte impacto de su codo contra el marco de la puerta, fue lo que realmente le impidió sacar a tiempo el dedo que ahora se ocultaba entero y atrapado, dentro de su dolorida e hinchada fosa nasal.

 

 

Autor: Jaime Ramos

Género: Ficción

Fecha: 26/10/2012