El efecto mariposa

Conocí a Miguel en el colegio, ya por aquel entonces era un tío arrogante e irritante hasta decir basta, siempre con un desmedido y desagradable aire de superioridad, a pesar de que su familia era de clase media tirando a baja. Esa actitud le proporcionó una buena lista de enemigos, pero no sería sincero si no dijese, que también tenía algunos buenos amigos, pocos, pero los tenía, y en ese reducido grupo me encontraba yo, ¿Por qué? Porque jamás me amilané ante él y él en el fondo, respetaba a las personas que tenían el coraje necesario para hacerle frente.

 

Por azares de la vida, encajó muy bien en el mundo de la construcción, su fuerte carácter, unido al bum del sector, fueron sus mejores aliados para que en poco tiempo se hiciese con una buena fortuna, esto fue como echar gasolina al fuego, su despreció por los demás fue aumentando de manera exponencial a medida que su dinero aumentaba cada día.

 

Su intransigencia era con todo el mundo, pero de manera exageradamente acentuada con las personas más débiles o desfavorecidas, ya fuese por su condición sexual, por su raza, nacionalidad o religión, cualquier cosa que los hiciese diferentes era la excusa que él necesitaba para humillarlos y vejarlos a pesar de no conocerlos absolutamente de nada.

 

En múltiples ocasiones lo tengo visto sermoneando a viva voz al mendigo que cada mañana pide una limosna en el super de la plaza de la Independencia. Incluso no se cortaba un pelo a la hora de vociferar en público a su esposa, si a esta se le ocurría dejar la moneda a la señora que le llevaba el carrito de la compra hasta su coche, a la puerta de otro conocido super de las Carolinas.

 

 A mediados de octubre, Miguel acompañó a su esposa a hacer la compra, tuvieron que desplazarse a la Avda. de la Marina porque el super al que habitualmente acudían estaba cerrado por reformas. A la salida, el mendigo pidió una limosna a su esposa, jamás lo hacía cuando él la acompañaba, pero como era la víspera del Pilar, había bastante gente y no vio a Miguel hasta que ya era demasiado tarde. Miguel arremetió furioso contra el pobre hombre y le propinó un duro golpe con el carrito de la compra. El mendigo, que ya cojeaba desde hacía algún tiempo, cayó al suelo debido al intenso dolor que le había producido el deliberado choque.

 

Lejos de disculparse, aunque fuese para intentar disimular su culpabilidad, Miguel rió estrepitosamente ensanchando su boca más de lo que cualquier hombre normal pudiese hacer. Algunas de las personas que allí estaban, pusieron cara de pena al ver al hombre tendido en la acera, pero ni una sola tuvo la dignidad ni la vergüenza suficiente para echar una mano a aquel pobre y desgraciado hombre.

 

Fueron semanas más tarde, el día de todos los Santos, cuando mi esposa y yo nos encontramos con Miguel y con su esposa Elena. Caminábamos por el camino de tierra del cementerio general cuando escuché su grave y fuerte voz, contaba a otro matrimonio su hazaña del supermercado ante la mirada, entre angustiada y asustada, de sus sorprendidos oyentes. Estos, aprovecharon hábilmente nuestra inesperada llegada para disculparse y desaparecer más rápido que si un difunto hubiese salido de la cripta más cercana. No los culpo, pues no llevaba ni dos minutos con él cuando comencé a buscar de reojo cualquier motivo o persona, que nos sirviese igualmente de excusa para salir a toda prisa.

 

Después de un buen rato, en el que se empeñó en acompañarnos a pesar de que comenzaba a llover ligeramente, conseguimos volver a nuestro coche mucho antes de lo que inicialmente teníamos previsto. Cuando finalmente pude salir del aparcamiento, pude observar por el espejo retrovisor como Miguel estaba de nuevo dando la charla a un grupo de personas que nada pudieron hacer por evitarlo, entre ellos Emilio, un amigo común. No me hacía falta escucharlo para adivinar por sus aspavientos y su ancha sonrisa, que de nuevo contaba su hazaña con el carrito de la compra, explicando una y otra vez como derribó al calé ante la incrédula mirada de su fortuito y obligado público.

 

De regreso a casa, mi esposa me contó que las cosas no le estaban yendo nada bien a Miguel y a Elena. Mientras él me contaba con todo lujo de detalles la cara de dolor de la última víctima de su arrogancia, su esposa, se lamentaba ante la mía de que la agresividad de Miguel se había visto acrecentada por motivo de la crisis, por supuesto una crisis que según él sólo afectaba a los idiotas que no la habían visto venir, pero que en el fondo le estaba afectando y mucho a su otrora floreciente empresa de construcción y a pesar de que tenían dinero suficiente para vivir de manera más que sosegada, su desmedida avaricia lo estaba volviendo más insoportable de lo que ya en él era habitual.

 

Ese motivo fue el que hizo que al día siguiente, el viernes día de difuntos, Miguel se desplazase a Ribadumia con intención de cobrar unas facturas pendientes. A pesar de que Elena le había pedido que esperase al lunes, él se empeñó en ir personalmente a cobrarlas ese mismo día, por supuesto gozaba con esas cosas, más aun, cuando el deudor era un viejo amigo que se encontraba asfixiado por la reciente quiebra de la empresa en la que trabajaba.

 

De regreso a casa, Miguel se reía todavía en su coche de lo mucho que había disfrutado viendo a su amigo sollozando e implorando su comprensión, una comprensión que por supuesto Miguel no demostró en ningún momento, incluso desconozco si alguna vez en su vida supo lo que significaba esa palabra.

 

Con el cambio de hora y debido a que llovía incesantemente, había oscurecido muy pronto y por la sinuosa carretera del monte Lobeira, Miguel no vio la furgoneta que en ese momento se incorporaba a la carretera. El brusco volantazo hizo que su coche patinase en la carretera mojada y saliese despedido varios metros por el aire, cayendo monte abajo y dando varias vueltas de campana hasta acabar estrellado contra un pino.

 

El conductor de la furgoneta y su acompañante, bajaron e intentaron llegar hasta donde el coche yacía boca abajo, pero el fuerte desnivel que había en aquella zona, unido a la oscuridad y a la lluvia, hizo que desistiesen de su empeño.

 

Dieciséis horas tardaron en localizar el coche accidentado, desde que su mujer llamó a la policía al comprobar que su marido no regresaba y que no estaba en casa de ninguno de sus hijos, hasta que finalmente fue descubierto por los miembros del grupo de protección civil de Vilagarcía que eficazmente, ayudó a la policía durante las labores de búsqueda.

 

El cuerpo de Miguel estaba atrapado entre un amasijo de hierros y el rescate del cadáver se prolongó todavía unas horas más debido a las dificultades del terreno. Lo más doloroso para su familia, fue saber que Miguel había aguantado con vida al menos diez horas desde que se produjo el fatal accidente y, seguramente, con terribles sufrimientos provocados por los múltiples traumatismos sufridos.

 

En ningún momento, nadie sospechó que una vieja furgoneta blanca estuviese implicada en el accidente, por ese motivo, nadie la buscó ni identificó a su joven conductor. A pesar de que la furgoneta no había sido la causante del siniestro, la falta de auxilio por parte de sus ocupantes así como el no haber dado el aviso correspondiente eran motivos más suficientes para inculparlos al menos en buena parte.

 

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En una vieja casa, en la que el frío entraba por todas y cada una de sus innumerables rendijas, un joven pedía a su padre que lo dejase ir con su hermano a buscar la leña que tenían apartada en el monte, su padre se negó una y otra vez hasta que el frío se hizo tan insoportable para él, que finalmente, el día de difuntos, entregó las llaves a su  joven hijo de dieciséis años.

 

Cuando regresaban a casa, un coche salió de la nada y dio un fuerte volantazo que hizo que el conductor perdiese el control del vehículo y cayese monte abajo. A pesar de que los jóvenes quisieron ayudar al conductor, desistieron al ver que era imposible acceder hasta él y al comprobar que a lo lejos, se veían las luces de otros coches que subían hacia el monte, donde los encontrarían y descubrirían que ninguno de ellos tenía carné de conducir.

 

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Todavía hoy recuerdo la cara del pobre hombre cuando me relató lo sucedido. Cuando me contó que cuando los niños le confesaron lo ocurrido, él lloró amargamente porque sabía que jamás debió dejarlos conducir a ellos, jamás debió dejárselo hacer sin carné y en aquellas circunstancias, pero el golpe que él había recibido mientras pedía limosna en la puerta del super, había hecho que la de por sí ya mala situación de su familia, se viese tristemente empeorada desde que le habían roto el tobillo con un carrito de la compra.

 

Terminé de hacerle la cura en su maltrecha pierna no sin antes pedirle, que jamás volviese a contar a nadie lo que me acababa de contar a mí. Antes de salir, eché de nuevo un vistazo a la vieja y humilde casa, dos niños me miraban con cara asustada desde la puerta de la cocina mientras su madre, removía con un cazo lo que supuse que sería la escueta cena de esa noche,  me acerqué a ellos, les di un poco de dinero y les dije como siempre, que no dijesen nada a su padre, luego, salí al frio de la noche y de regreso a mi casa me acordé de mi viejo amigo Miguel, al que el azar o simplemente su arrogante forma de ser, lo habían convertido en una víctima más del siempre impredecible efecto mariposa.

 

Autor: Jaime Ramos

Género: Ficción

Fecha: 02/11/12