El sacerdote de Sapânta

Sapânta "El cementerio alegre"

Habían pasado muchos años desde que en aquella gran casa no había niños y por eso el nacimiento de la pequeña Andrea, se había convertido en un verdadero acontecimiento para toda la familia.

 

La niña era lo mejor que les había ocurrido desde hacía muchos años, con ella, volvieron las ilusiones, las esperanzas y las alegrías de vivir. Ahora, sus abuelos, estaban más convencidos que nunca de que el hecho de haber animado a su hija y a su yerno a quedarse a vivir con ellos, había sido sin lugar a dudas, una gran idea.

 

La verdad es que la joven pareja aceptó porque el actual escenario económico no les dejaba muchas más alternativas, pero incluso ellos, estaban igualmente felices con su actual situación familiar. En parte era también porque la casa era enorme; una antigua construcción de dos plantas que les permitía a pesar de vivir juntos, disfrutar, siempre que lo estimaban oportuno o necesario, de una cierta independencia y privacidad. La casa estaba construida en el centro de una finca de casi cuatro mil metros cuadrados, lo que también les ofrecía el lujo de poder criar a la niña en un ambiente natural y considerablemente cerca de la ciudad en la que trabajaban.

 

Incluso tras muchos años sin disfrutarla, se habían animado a llenar de nuevo la preciosa piscina que era la verdadera joya de la corona de la casa, en donde la abuela, se había empeñado en enseñar a nadar a la pequeña.

 

Las fiestas de Navidad eran otro gran acontecimiento que si bien siempre habían celebrado, ahora tenían de nuevo un aliciente, un aliciente infantil lleno de ilusión que contagiaba con su risa y su continua cara de sorpresa, a todos los habitantes del hogar.

 

Precisamente fue en las navidades del tercer año de la niña, cuando su abuelo se decidió a comprar una cámara de vídeo para poder inmortalizar todos esos momentos que tan felices los hacían.

 

Cuando el padre de la pequeña grabó a la niña abriendo los regalos del día de Reyes, lo hizo sin percatarse de que tenía activado el modo de grabación nocturna, algo que por pura coincidencia, cambiaria para siempre sus vidas.

 

La verdad es que pasaron varios días hasta que un domingo, tras la comida, decidieron ver todo lo grabado. La cena de nochebuena; el día de Navidad; la cabalgata de Reyes; y por último, la grabación del día seis de enero.

 

Al principio, cuando las imágenes grabadas con el peculiar color verdoso aparecieron en pantalla, se lamentaron del error cometido, luego dieron paso a las típicas risas y bromas a costa del encargado de la grabación y justo cuando este se esforzaba en explicar que sólo había sido un error de corta duración, apareció en escena la niña y un sepulcral silencio de adueño de la estancia.

 

La grabación comenzaba con una imagen del Nacimiento, seguía luego con una imagen de los regalos perfectamente dispuestos debajo del engalanado árbol y el momento justo en que la niña entraba en la sala y descubría los regalos, la imagen se corregía y por fin volvía a su color natural, pero por unos segundos, la imagen de la niña grabada en modo de visión nocturna, mostraba algo difícil de creer y que sin ningún género de duda, no se trataba de un fallo de la cámara.

 

La abuela salió al jardín con la pequeña para que su marido y los padres de la niña, pudiesen ver de nuevo la grabación, una grabación en la que aparecía la pequeña con una extraña figura que aparentemente salía de su espalda y que miraba con una pequeña cara justo por encima del hombro de la niña.

 

Incrédulos, asustados y presos del miedo, decidieron consultar con un experto en vídeo antes de seguir imaginándose cosas pues ninguna de ellas, iba encaminada a encontrar una explicación que les pudiese aliviar un poco sus peores temores.

 

Por supuesto, el experto les comunicó lo que ellos más temían, la grabación era totalmente correcta y nada indicaba que la imagen se viese alterada por un reflejo o por algún error de la grabación al cambiar el modo de nocturno a normal en ese momento.

 

El padre de la niña decidió volver a grabar a la pequeña en modo de visión nocturna, algo a lo que su madre se opuso de manera tajante.

 

No fue hasta casi un mes más tarde, cuando los padres cayeron en la cuenta de que la niña siempre había tenido la costumbre de hablar sola, algo habitual en críos de esa edad, pero desde aquella la grabación, se fijaban mucho más en esas pequeñas cosas y comparándola con sus compañeros de guardería, se dieron cuenta de esta costumbre era más habitual y evidente en su hija.

 

Llegó un momento en que los nervios y la desesperación se apoderó de ellos ¿A quién podían recurrir? ¿A un médico? ¿Qué les podía decir? ¿Cómo les podía ayudar en algo así? Fuese como fuese decidieron confesar su pequeño gran secreto a su médico de cabecera, como ellos se imaginaban, el médico quedó totalmente desconcertado con la grabación y les preguntó si era aquella la única vez que había ocurrido. Cuando le contaron que jamás habían vuelto a grabar a la niña en modo de visión nocturna –aunque en verdad tampoco la habían vuelto a grabar de ninguna otra manera- El doctor les recomendó que antes de hacer nada, probasen a realizar una nueva grabación, unos segundos que les permitiese a ellos mismos estar en la certeza absoluta de que no se debía a un error de la cámara.

 

Tras unos días, el padre de la niña acudió solo a la consulta del médico para decirle que efectivamente la nueva grabación era totalmente correcta, algo de lo que el médico se alegró para acto seguido confesar al padre que de no ser así, la medicina nada podría hacer en ese caso.

 

Al volver al coche, el padre de la pequeña no pudo contener las lágrimas al pensar que estaban solos, que nadie les podía ayudar y que el no haber dicho la verdad al doctor, había sido lo mejor que habían podido hacer.

 

Tras mucho tiempo intentando encontrar a una persona que les pudiese ayudar, siempre preguntando con ambigüedades para que nadie sospechase lo que realmente sucedía, al final, padres e hija viajaron a Rumanía donde vivía un viejo sacerdote que según sus averiguaciones, podría saber algo sobre este tipo de anomalías.

 

El cura, vivía en una apartada casa del norte del país, en la provincia de Maramures. Era el encargado del cuidado del cementerio de Sapânta, conocido como “el cementerio alegre”, por los singulares poemas y escritos en primera persona que aparecen sobre las tumbas, talladas en roble y pintadas a mano.

 

Cuando llegaron a su casa, una señora mayor que era la encargada de la casa los invitó a pasar, a pesar de que iban acompañados de un traductor, el anciano ignoró casi al momento a los adultos y se centró en hablar en rumano con la niña, esta lo miraba con una esperada timidez  al no entender nada de lo que el sacerdote decía, pero los caramelos que esté le regaló, fueron suficientes para que la niña lo premiase con una amplia sonrisa.

 

Luego el sacerdote habló con el traductor que de manera alterna, asentía y miraba a los padres de la pequeña. Cuando el anciano acabó de hablar con el traductor, este explicó a los nerviosos e impacientes padres todo lo que le había contado el anciano, intentando no olvidarse absolutamente de nada.

 

“Cuando un nuevo niño viene al mundo, lo primero en llegar al vientre de su madre es su alma, en todo momento, a medida que el feto va creciendo físicamente, su alma lo acompaña al mismo ritmo de crecimiento.

 

Cuando una madre engendra dos o más niños, el mismo número de almas son recibidas en su vientre. A veces, muchas más de las que se piensa, el número de almas supera al de niños engendrados con éxito al producirse un fallo durante los primeros días de gestación y que la medicina actual, no es capaz de detectar, es en ese caso cuando el alma de nuestros hermanos no nacidos, nos acompaña durante el resto de nuestra vida”

 

Los padres, se miraron con cara de extrañeza y sorpresa y el anciano, cogiendo las manos de la madre la miro con una tierna sonrisa a la vez que asentía con la cabeza.

 

“No deben de preocuparse  –continuó el intérprete– como les digo, esto ocurre muchas veces, todos los días, desde el principio de los días y en todo el mundo.

 

 Estos niños con dos almas, que es como debemos llamarlos, no tienen ningún problema físico ni mental, todo lo contrario, siempre son niños más despiertos, más vivos por decirlo de alguna manera que el resto de los niños, porque el estímulo de su otra alma, los ayuda a superar los miedos que los demás pequeños deben de afrontar solos.

 

Con el paso del tiempo, dejan de tener esa relación tan intensa que tienen en los primeros años de vida, en la que incluso en casos especiales como el de su hija, llegan a hablar por un tiempo con su hermano no nacido, pero su fortaleza como persona y su facilidad para la comprensión con el resto de los mortales, siempre se verá beneficiada por este acontecimiento.

 

En cuanto a la grabación, les aseguro que no son ustedes los primeros, por eso sin duda han llegado hasta mí, pero muy pronto, quizás ya en este mismo momento, eso dejará de suceder porque su hija, ha aceptado sin condiciones a su alma hermana y ahora, ambas almas, juntas y de manera indivisible, forman parte ya de un mismo y único ser”

 

Tras despedirse del sacerdote, no sin antes agradecerle su atención y sus palabras, regresaron de nuevo a Galicia y a pesar de que jamás consiguieron olvidar lo sucedido, pudieron comprobar durante los años que siguieron como su hija crecía sana y fuerte, y como el anciano sacerdote les había anunciado, se estaba convirtiendo en una joven feliz, alegre, dinámica y sobre todo, en una joven de fuerte personalidad, con un carácter amable y luchador que siempre la empujaba a erguirse como defensora de las personas más débiles y necesitadas.

 

 

Autor: Jaime Ramos

Género: Ficción

Fecha: 09/11/12