La placa inédita de Guido Boggiani

 Fotografía original de Guido Boggiani
Fotografía original de Guido Boggiani

No tenía pensado hacer ninguna parada en su imprevisto viaje a la capital pero cuando llegó a Benavente, decidió salir de la A52 para desayunar algo antes de enfrentarse al duro día que se presentaba ante él. Mientras tomaba un café y unas tortitas con nata en la cafetería Charlotte del centro de la ciudad, recordó la inesperada llamada recibida sólo doce horas antes.

 

Cuando su interlocutora le anunció que era la secretaría de Muñoz & García abogados, un conocido bufete de Madrid, pensó por un momento que se habían confundido de número, pero cuando por fin habló con el abogado y este le comunicó el motivo de su llamada, su incredulidad inicial se convirtió en una verdadera e inesperada sorpresa que lo dejó totalmente desconcertado.

 

Fue el propio don Miguel Ángel Muñoz Ruiz el que le dio el pésame por el fallecimiento de su padre, de no haber sido así, pensaría que la llamada era en realidad obra de algún gracioso que le quería gastar una pesada y desagradable broma. Hacía más de treinta y cinco años que no sabía nada de su padre, al que su familia y la justicia, habían dado por fallecido hacía ya más de dos décadas.

 

No tenía más de nueve años cuando él lo vio por última vez, sus recuerdos sobre aquel soleado día de agosto en que lo fueron a despedir al aeropuerto de Lavacolla, eran muy vagos y apenas recordaba ya la cara de aquel hombre que ahora se le antojaba un verdadero desconocido y por ello, durante las últimas veinticuatro horas, había sentido más curiosidad que pesar tras enterarse de la trágica noticia, algo que aun siendo del todo comprensible, le producía una cierta sensación de angustia y remordimiento.

 

Su madre no mostró ningún tipo de reacción cuando él mismo le dio la noticia, siguió sentada viendo la televisión como si nada hubiese pasado. No sabía a ciencia cierta si era porque el Alzheimer la tenía más sometida de lo que en principio parecía o si porque en el fondo, siempre supo, o siempre sospechó, que su marido no había fallecido durante su viaje a Brasil, fuese como fuese, ella nunca contó a sus hijos ninguna otra versión que no fuese la ya conocida y asimilada durante años por todos los miembros de la familia.

 

Su hermano, dueño de una empresa de transportes en la ciudad de Vigo, le dijo que le resultaba completamente imposible acompañarlo a Madrid, con dos empleados de baja y los retrasos acumulados por la huelga del día 14, tenía que encargarse personalmente él de que los repartos pudiesen salir a su hora para no perjudicar más la complicada situación económica de la empresa. En el fondo, sabía que en realidad se trataba de una excusa rebuscada, la crisis apenas había hecho mella en la fuerte empresa de su hermano pero no se lo podía reprochar, si él mismo apenas podía recordar algo de su padre, para su hermano que tenía sólo cuatro años cuando este desapareció, la noticia tuvo el mismo efecto que si le dijesen que había fallecido cualquiera otra persona totalmente desconocida para él.

 

 

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Llegó a Madrid pasadas ya las once de la mañana, podía haber llegado al menos una o dos horas antes pero sinceramente, la agitada y desordenada vida de las grandes ciudades lo incomodaban y no le apetecía pasar en la capital más tiempo del estrictamente necesario. A las once y media había quedado con el abogado, a las doce y media se trasladaría al crematorio en donde el cuerpo de su padre sería incinerado y las cenizas le serían entregadas a él, no tenía ni idea de lo que haría con ellas pero de momento, era algo en lo que había decidido no pensar demasiado.

 

Cuando entró en bufete Muñoz & García, su imponente majestuosidad le hizo preguntarse si su padre tendría el dinero suficiente como para contratar unos servicios que sospechaba no serían nada baratos. Ya en el despacho del Sr. Muñoz Ruiz, se sintió totalmente incómodo y fuera de lugar.

 

  -  Buenos día Sr. Villanueva, espero que haya tenido un vuelo agradable.

  -  Bueno en realidad he venido en coche.

  -  ¿Desde Santiago?

  -  Sí señor.

         

No le gustó notar un cierto aire de soberbia con el que el abogado, un hombre de unos sesenta años y vestido con un traje que seguramente costaba más que toda la ropa que él había comprado en los últimos años, lo miró tras escuchar por su parte una respuesta afirmativa.

 

  -  Bien, como ya le comenté por teléfono, su padre, Don Manuel Villanueva López falleció el pasado miércoles a las dos y media de la madrugada. Tal y como habíamos acordado ambos hace poco más de ocho años, era mi deber tras su muerte ponerme en contacto con usted para comunicarle la noticia. Igualmente, su padre contrató nuestros servicios para que llegado este día, le hiciésemos entrega de la llave de una caja de seguridad depositada en la sucursal que Caja Madrid tiene en Las Rozas, más concretamente en la oficina 2.489 de la calle Estación número 12.

Sus otras pertenencias, ropa, muebles y demás enseres que tenía en su domicilio, serán entregados en la oficina de Manos Unidas de Alcalá de Henares tal y como era su deseo.

 

Aquí puede leer usted las últimas voluntades de su padre y ahora mismo mi secretaria le entregará una copia única para usted y su familia, dicha copia la podrán utilizar de ser ese el caso, de no estar de acuerdo y desean presentar un recurso contra este testamento que su padre dejó escrito y bajo nuestra custodia.

 

 

Leyó por encima el escueto texto que estaba redactado con un rimbombante argot de la abogacía y que siempre pensó que utilizaban únicamente, para justificar sus muchas veces desorbitadas minutas. Por supuesto firmó el documento que certificaba que había sido informado de la muerte de su padre dentro del plazo de las veinticuatro horas que siguieron a su fallecimiento, que se le hacían entrega de la llave de la caja de seguridad y de que como representante de la familia, estaba de acuerdo en que el resto de pertenencias de su padre fuesen entregadas en la oficina de Manos Unidas.

 

Cuando salió del bufete, respiró profundamente el contaminado aire de la capital y se encaminó hacia la calle Comuneros de Castilla, donde se encontraba el tanatorio de Interfunerarias donde su padre sería incinerado.

 

Cuando llegó se sorprendió de que nadie estuviese en la sala de velatorios, no sabía si esperaba encontrar a mucha o a poca gente, ni tan siquiera había pensado en ello pero al llegar, le sorprendió encontrarse sólo en medio de aquella fría sala, desde luego los responsables del centro intentaron crear un lugar acogedor eligiendo para ello una cara y selecta decoración, pero viendo la sala vacía como era su caso, parecía más una teatral exposición de una mueblería que un lugar acogedor donde dar el último adiós a un ser querido.

 

Mientras esperaba, se imaginó que hubiese pasado si al llegar allí se hubiese encontrado con otra viuda, con otros hijos fruto de la vida que su padre había vivido durante los últimos treinta y seis años y de la que ellos no conocían absolutamente nada. Se arrepintió entonces de no haber preguntado algo más al abogado, de preguntarle al menos en donde vivía su padre y si cabía la posibilidad de poder echar un vistazo a su casa antes de que fuese desmantelada para entregar a una ONG las que posiblemente, eran las únicas pistas de esa parte desconocida de su vida.

 

Cuando los empleados de la funeraria abrieron la tapa de la caja antes de dar inicio a la cremación, pudo ver el rostro de aquel hombre que yacía sobre el inmaculado satén blanco que cubría el interior de la caja, en ese mismo momento, supo sin duda alguna que aquel hombre era efectivamente su padre, a pesar de todos los años transcurridos y de la vejez que ahora presentaba, los rasgos le resultaron tan familiares que era casi como si se estuviese viendo a si mismo dentro de treinta o cuarenta años. Aquel rostro que apenas recordaba y que sólo sobrevivía en su mente gracias a las fotos que su madre guardaba en un viejo álbum familiar, se mostraba ahora de nuevo ante él, treinta y seis años después de haberlo visto por última vez en un concurrido aeropuerto de Santiago de Compostela. Por un momento, los recuerdos de su niñez afloraron de nuevo en su memoria, recordó de nuevo aquel día, las lágrimas en el rostro de su madre, las palabras de consuelo de su padre, su actitud aun infantil que lo obligaba a estar con la cara pegada a la gran cristalera, atento para no perderse el despegue o aterrizaje de aquellos impresionantes aviones que tenían pintadas grandes líneas rojas y amarillas, ajeno totalmente a que esa sería la última vez que vería a su padre con vida.

 

Un empleado le indicó que si lo deseaba, podía esperar en la cafetería del tanatorio durante las dos o tres horas que duraría la incineración, sin embargo, decidió aprovechar ese tiempo para acercarse a la oficina de Caja Madrid y retirar el contenido de la caja de seguridad que su padre había contratado en esa sucursal. Allí, entregando su DNI y el certificado entregado por el abogado, lo invitaron a pasar al interior de una gran sala cuya gruesa puerta le recordó a las que había visto cientos de veces en el cine y que hasta ahora, nunca había visto en primera persona. Ya a solas, procedió a abrir la caja que contenía las pertenencias que su padre había dejado para su familia, cuando la abrió, no pudo evitar que su corazón se acelerase de manera descontrolada, no por el valor que pudiese contener aquella pequeña caja, sino porque fuese lo que fuese lo que allí se ocultaba, era lo único que ahora quedaba de su padre y de sus últimos años de vida, fuese lo que fuese lo que allí se ocultaba, se le antojaba demasiado pequeño para poder aclarar porque su padre había decidido abandonar a su esposa y a sus dos pequeños hijos y no haber contactado con ellos durante más de tres largas décadas.

 

De regreso en la funeraria, todavía tuvo que esperar cerca de cuarenta minutos hasta que de nuevo un empleado, le hizo entrega de un pequeño y sobrio contenedor cilíndrico, carente de cualquier tipo de identificación u ornamento exterior.

 

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Circulaba de nuevo por la A52 de regreso a su casa en Santiago, acompañado por las cenizas de su padre, por los documentos que le habían entregado tanto el abogado como el responsable de la funeraria y que certificaban el contenido del pequeño contenedor para su traslado, y por las dos únicas cosas que había en el interior de la caja de seguridad, una docena de folios mecanografiados a doble cara y una pequeña caja de plástico que parecía sellada y que contenía un viejo y ennegrecido cristal.

 

Esta vez decidió hacer una pequeña parada en A Cañiza, más para poder ojear aquel escrito que su padre le había dejado que por que tuviese ganas de comer nada. Se sentó en una mesa un poco separada de la concurrida área de servicio y mientras comía sin muchas ganas un sándwich mixto, sus ojos se mantuvieron ocupados en la lectura.

 

 

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Fotografía original de Guido Boggiani
Fotografía original de Guido Boggiani

“Jamás llegareis a entender lo difícil que me resulta poder escribir este texto, ni lo realmente duro que me ha sido permanecer todos estos años alejados de vosotros.

 

Después de veintiocho años viviendo lejos de este país, por fin he vuelto a España, con un nombre y una documentación falsa para no complicaros todavía más la vida pues me imagino que a estas alturas, ya me habrán dado por fallecido y si ahora alguien descubriese que aún sigo con vida, seguramente os obligarían a dar demasiadas explicaciones.

 

La única persona que conoce mi verdadera identidad es Miguel Ángel Muñoz, el abogado hijo de un ex compañero al que tal y como le indicaré en mi siguiente visita, contactará con vosotros tras mi muerte, sólo deseo que para entonces, os encontréis todos bien y no me guardéis rencor.

 

Hijo, si tu madre sigue viva para cuando leas esta carta, a Dios ruego por ello todos los días de mi vida, dile que…

 

… A mi pequeño Javier…

 

… Espero que tú mismo…

 

… el motivo de todo esto te lo narró de manera breve pero creo que lo suficientemente detallada:

 

En 1976 trabajaba como fotógrafo para un periódico regional, pero me imagino que eso ya lo sabréis gracias a vuestra madre. Un día recibí la llamada de una importante editorial que quería contratar mis servicios para hacer un reportaje fotográfico en varios países de Asia y Sudamérica, sin duda era la mejor noticia que podía recibir, ese contrato significaría un importante aumento de salario que nos vendría muy bien a un matrimonio con dos hijos pequeños como erais vosotros. Por su puesto tu madre no se mostró igual de contenta, pues ese trabajo conllevaba importantes períodos de tiempo alejado de casa y de vosotros.

 

En mi primer viaje pensé que había tenido un toque celestial, no sólo me había convertido en la envidia de todos mis compañeros de profesión gracias a aquel contrato, sino que fue llegar y como suele decirse, besar el Santo. El trabajo en cuestión era hacer un reportaje sobre una extinta tribu de Indios en Paraguay, como te digo, la suerte parecía de nuestro lado, pues no sólo localizamos el sitio exacto en el que vivieron estos indígenas, sino que descubrimos que todavía vivían al menos unas decenas de ellos y habían vuelto al lugar donde habían nacido y muerto sus antepasados.

 

Fue allí donde descubrí que no era la primera vez que un fotógrafo visitaba aquella región, ni que los Indios tenían un verdadero miedo de los extranjeros que los visitaban acompañados de extrañas máquinas del mal. Por supuesto las cosas habían cambiado mucho desde que en el año 1902, los antepasados de esa misma tribu habían acabado con la vida de Guido Boggiani, pero más por no asustarlos que por precaución, decidimos mantener una cierta distancia con el poblado indígena.

 

Guido Boggiani, fue un fotógrafo y etnólogo que visitó esa misma región a principios de siglo, durante su estancia en Paraguay, él y el ayudante que lo acompañaba, convivieron durante un largo período de tiempo con los indios, durante ese tiempo, realizó un impresionante trabajo documental sobre las costumbres y rituales de los indígenas. Un trabajo que años más tarde sería reconocido como una de los más sorprendentes trabajos fotográficos de la historia.

 

Al parecer, Guido se ganó la confianza del jefe de la tribu al regalarle dos fotos que el mismo había realizado y revelado en plena selva, una de la esposa del jefe y otra de sus cuatro hijos. Tiempo después, la esposa del gran jefe enfermó, presentaba continuos vómitos y debido a los terribles dolores que sufría, se convulsionaba entre fuertes espasmos a la vez que sus ojos se ponían en blanco. El mismo día que la esposa del jefe fue enterrada en medio de un gran ritual, el segundo de sus hijos contrajo la misma enfermedad que su madre y siguió su mismo destino. Tras este hijo le siguió el más pequeño, y luego varios hombres, mujeres y niños de la tribu. Cuando el tercer hijo del gran jefe enfermó, este, enloquecido, decidió acabar con el mal que estaba destruyendo a su pueblo, Guido y su acompañante fueron asesinados y sus cabezas fueron decapitadas para evitar que pudiesen seguir ejerciendo el mal desde el más allá, sus cabezas fueron enterradas separadas de los cuerpos y con ellos, enterraron los instrumentos que los extranjeros utilizaban para supuestamente hacer el mal a través de sus maleficios, entre ellos, las cámaras fotográficas que según los indígenas eran los instrumentos que utilizaban para embrujar y robar el alma a los miembros de la tribu.

 

Esta historia puede resultar increíble vista desde el siglo XXI y desde nuestra cultura, pero te aseguro que desde la de ellos, y sobre todo hace más de cien años, que un hombre consiguiese plasmar en un papel la imagen de una persona, era algo totalmente extraño y diabólico para ellos, al menos, desde el momento en que consideraron que aquellas fotos eran las responsables del mal que estaba acabando con su gente.

 

Fotografía original de Guido Boggiani
Fotografía original de Guido Boggiani

Durante nuestra estancia en la zona del Chaco paraguayo, uno de los ancianos Chamacoco me llevó hasta la entrada de una cueva natural que estaba oculta en la roca de una ladera, a pesar de que mis compañeros intentaron disuadirme, decidí acompañarlo, pues no consideré que aquel hombre tan mayor pudiese hacerme nada malo aunque quisiese. El anciano me hizo señas para que lo esperase mientras el accedía al interior de la cueva, al poco, regresó y me entregó una pequeña caja de madera, cuando la tuve en mis manos, el anciano me hizo señas para que me marchase, para que regresase al campamento. Aquella fue la última vez que vimos a los Chamacocos, a la mañana siguiente, la tribu había desaparecido volviendo a lo más  profundo de la selva del Gran Chaco.

 

Cuando abrí la caja no daba crédito a lo que había en su interior, se trataba de una placa fotográfica de vidrio, de las que Guido Boggiani utilizaba en su vieja cámara, sólo dos personas del campamento tuvimos contacto con la placa, pues decidimos mantenerlo oculto por miedo a que fuese robado por alguno de los peones que nos acompañaba, desde ese día, mi compañero Manuel y yo, sufrimos toda una serie de extraños sueños y premoniciones, en ellos, el espíritu del viejo gran jefe Chaco, danzaba alrededor de nuestros familiares y uno a uno estos iban falleciendo.

 

De regreso a nuestro país, realizamos una copia de la placa y en ella aparecía retratado el viejo jefe de nuestros sueños, una vez más decidimos mantener el hallazgo oculto a pesar del altísimo valor que la placa podía alcanzar en cualquier subasta, al menos, hasta que nuestra curiosidad se viese lo suficientemente satisfecha.

 

Durante los dos meses que estuvimos en Galicia, la mujer de Manuel falleció antes de dar a luz a su primer hijo y tu madre, enfermó sin que los médicos fuesen capaces de hallar un diagnóstico para lo que le estaba sucediendo, sin más, decidimos adelantar nuestro siguiente viaje que nos llevaría a Brasil, allí, con la placa en nuestro poder y lejos de nuestras familias, decidimos igualmente que no podíamos regresar nunca más a nuestras casas. Manuel no tenía descendencia, pero para mi hijo mío, te aseguro que esta separación ha sido peor que la muerte, que este maleficio nos ha negado a Manuel y a mí durante todos estos años.

 

Durante este exilo voluntario, hemos tenido que evitar siempre el contacto continuado con las demás personas, de no hacerlo, y como nos sucedió al poco de llegar a Brasil en el año 76, esas personas enfermaban y morían sin que la medicina pudiese hacer nada por ellos. Durante todos estos años y noche tras noche, el alma del viejo gran jefe Chaco nos visita y atormenta desde su prisión en la placa fotográfica.

 

Hace un año decidimos regresar a España pero manteniendo una distancia de seguridad lo suficientemente grande como para garantizar vuestra seguridad, Manuel falleció a principios de este mismo año y ahora, ya sólo quedamos el viejo jefe y yo.

 

La placa que está con este escrito, sólo se puede sacar rompiendo el plástico que la envuelve y según me aseguraron en su día, es muy probable que el vidrio quede destruido durante el proceso si alguien intenta extraerla. Sé, aunque no te confesaré como, que su manipulación es totalmente segura, si no fuese así, jamás te la hubiese hecho llegar. Su autenticidad se puede comprobar sin necesidad de extraerla de su envoltorio, al igual que se pueden hacer copias de la fotografía impresa en ella, gracias a los nuevos sistemas de escaneado.

 

Su valor en el mercado actual puede alcanzar varios millones de euros, una cifra sin duda demasiado baja para el precio que nosotros tuvimos que pagar por ella.

 

Sin más hijo mío…

 

Madrid, 16 de febrero de 2004

 

 

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Cuando llegó a su casa, mostró a su madre el contenedor con las cenizas de su padre, ella, siguió viendo la televisión como si su hijo le estuviese hablando de un envase de leche.

 

El cansancio del viaje hizo que se durmiese pronto esa noche. En sus sueños, vio que el fin del mundo estaba escrito desde siempre para el 21 de diciembre de 2012.

 

 

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Fotografía original de Guido Boggiani
Fotografía original de Guido Boggiani

Tres meses más tarde, era ingresado en estado crítico en el hospital universitario de Santiago de Compostela, una desconocida enfermedad acababa con su vida y lo único que respondía ante las preguntas de los médicos, era el nombre de Muñoz & García abogados.

 

Desde el centro hospitalario se pusieron en contacto con el bufete de Madrid y allí le indicaron al conocer la gravedad de la situación, que el Sr. Villanueva los había visitado hacia tres meses para recoger las cenizas de su padre recientemente fallecido así como sus últimas voluntades.

 

Los médicos pusieron al paciente en cuarentena y dieron aviso a la policía al saber que su padre había sido dado por fallecido hacía varios años y que posiblemente, y siempre según el testimonio del abogado de Madrid, estuviese viviendo durante varios años en el extranjero, esto habría la posibilidad de que el fallecido trajese consigo algún tipo de enfermedad contagiosa y desconocida en nuestro país y que se la hubiese transmitido a su hijo o bien a través de las propias cenizas, hecho poco probable, o a través de alguno de sus enseres personales.

 

La policía tuvo que entrar por la fuerza en la casa al no responder nadie a sus llamadas, allí, encontraron el cadáver de una mujer sentada frente a un televisor encendido, el cadáver que se encontraba en estado cadavérico, posiblemente, llevaba allí más de diez o quince años.

 

En una mesita al lado del cadáver, encontraron el contenedor de las cenizas e inmediatamente lo introdujeron en una nevera sellada proporcionada por el propio hospital.

 

En otra mesa, encontraron una tartera con varios papeles quemados en ella, a su lado, una vieja placa de cristal y trozos de un envoltorio de plástico cortados de algún lugar desconocido.

El hospital descartó totalmente que las cenizas tuviesen nada que ver con la extraña enfermedad.

 

Tras una minuciosa inspección de la vivienda, no encontraron nada que pudiese explicar la enfermedad del hombre que fallecía irremediablemente a los pocos días de ser ingresado.

 

 

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El informe policial, llegó a la conclusión de que el hombre sufría una demencia grave ocasionada por el abandono de su padre cuando él tenía sólo nueve años.

 

Don Manuel Villanueva López, padre del paciente, había abandonado a su mujer enferma dejándola sola al cuidado de sus dos hijos pequeños, pocos días después de su marcha, su hijo pequeño, Javier, también enfermaba, falleciendo sólo un mes después de la marcha de su padre.

 

Según la investigación y tras conocerse el resultado de los restos hallados en la casa, la mujer debió morir sólo unos meses más tarde. El niño al verse completamente sólo, contrajo una grave demencia que lo acompañaría durante el resto de su vida, por lo que desde ese momento siguió viviendo junto al cadáver de su madre como si nada hubiese pasado.

 

Fueron sus escasos amigos los que contaron a la policía que él siempre dijo que su hermano Javier vivía en Vigo, donde aseguraba que tenía una importante empresa de transportes. Que nunca había tenido un trabajo estable porque según él,  tenía que cuidar a su madre enferma de alzhéimer.

 

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Al no tener familia, la casa y sus bienes fueron a parar a la custodia de la Xunta de Galicia, la gran sorpresa, fue cuando entre las escasas pertenencias de la familia, encontraron una placa fotográfica original e inédita del famoso fotógrafo y etnólogo Guido Boggiani, una placa realizada en el año 1902 y en la que aparecía retratado el jefe de la tribu de los Chamacocos.

 

La Xunta de Galicia anunció que la pieza sería expuesta por ver primera al público el 6 de diciembre en la emblemática Ciudad de la Cultura de Santiago de Compostela, aunque la repentina enfermedad y fallecimiento de encargado de dicha exposición, obligaría a retrasar finalmente su exposición hasta el día 21 de diciembre de 2012. Siendo esta, la primera exposición de una gira que llevaría la inédita placa a una exposición itinerante por toda España y luego, por las ciudades más importantes del todo el mundo.

 

 

Género: Ficción

Autor: Jaime Ramos

Fecha: 16/11/2012