El atípico caso típico

Nunca pensé que algo así me pudiese ocurrir a mí,  yo, que siempre presumí de ser una persona de mente abierta, una persona difícil de asustar y para nada creyente en esos típicos casos a los que suelen calificar de sobrenaturales, una tarde de noviembre, me vi envuelto sin querer y sin desearlo, en el mayor de los casos sobrenaturales y atípicos que he conocido hasta el día de hoy.

 

Como dije, todo sucedió una tarde del mes de noviembre, era sábado y hacia al menos dos horas que había oscurecido, llovía y recuerdo que hacía un frío de muerte. Había estado con unos amigos, como cada fin de semana, jugando al futbol en el campo de Ribadumia, volvía a mi casa en Vilagarcía, circulando por la carretera que hicieron hace unos años con motivo de la parcelaria en la zona de Oubiña, una carretera que comienza a la altura de la piscina municipal de Cabanelas y que termina en la gasolinera que hay en el cruce de Pontearnelas. Los que la conocen, sabrán que se trata de una carretera más bien estrecha, sin pintar y sin más iluminación que la que te puede proporcionar tu propio vehículo.

 

Durante toda la tarde había estado lloviendo a ratos, pero ahora, la lluvia era lo bastante constante y tupida como para obligarme a llevar el limpia parabrisas a máxima velocidad, aun así, la visibilidad era realmente escasa. -¡Mierda!- Pensé para mis adentros, -A ver si me acuerdo de una puta vez de cambiar la maldita bombilla- Efectivamente amigos, como suele ocurrir, al menos a mí, se me había fundido una lámpara del coche hacía casi tres semanas y seguía sin cambiarla. Los que la cambian el mismo día que se le funde,  se sorprenderán de mi vaguería ante un arreglo que tiene una facilísima solución, pero los que hacen como yo, saben que podemos circular así incluso durante meses antes de pararnos un día a cambiar la maldita lámpara.

 

Bueno, a lo que iba. Empapado, con frío a pesar de llevar la calefacción a tope, con los cristales totalmente empañados y con la cara pegada al parabrisas intentando ver algo en aquella oscura vía y de repente, un tío en medio de la carretera, haciéndome señas con el brazo, os juro que si no pego un volantazo, me lo cargo allí mismo, de hecho, las ruedas del lado derecho se salieron completamente del asfalto, a Dios gracias, que todo ocurrió en un tramo de la gran recta que ocupa la casi totalidad de esta nueva carretera y que justo allí, no había el desnivel que hay en otros tramos que si no, a saber dónde terminaríamos mi coche y un servidor.

 

Me cagué en todo lo que uno se puede cagar, le di un golpe con la mano cerrada al volante y abrí la puerta de golpe. Cuando bajé, cabreado como cualquiera de nosotros estaría, miré hacia donde estaba el hombre, chaval, o lo que fuera, y justo en ese preciso momento, empezó este alucinante caso que ahora os estoy a contar. Para empezar, el tío no se había movido del sitio, ni siquiera se había girado hacia el coche, seguía en medio de la carretera mirando hacia Ribadumia, pasando de mí el muy cabrón.

 

   ¡Oye tío, es que estás tonto o que, se puede saber que cojones haces en medio de la carretera!- Ni caso, el tío levantaba de cuando en vez el brazo como si se acercase algún otro vehículo, pero por mi madre que allí, solo estábamos él, yo, y mi monumental cabreo que seguía creciendo por segundos.

 

A pesar de la intensa lluvia, caminé unos metros hacia él, a la vez que seguía lanzando improperios con la intención de que el sujeto se diese por aludido.

 

   Maldita sea, ¿es que no me estás oyendo? Por poco me mato por tu culpa ¡gilipollas!

 

En ese momento el tío se volvió por fin hacia mí, pero lo hizo de una manera totalmente extraordinaria e ilógica, un giro rápido y totalmente limpio, como si el suelo no le ofreciese ninguna resistencia al hacerlo. Estaba mirando en dirección a Ribadumia y de repente, zas, ya estaba mirando para mí, sin tiempo a ver como se había girado, por supuesto, me quedé clavado en el sitio, miré atrás para comprobar que mi coche estaba bastante más cerca que el individuo, ya sabéis, mucha verborrea pero si hay que echar a correr, mejor saber en qué dirección lo vas a hacer y que cuentas con las suficientes garantías de éxito.

 

Cuando volví la vista hacia él, este ya se había acercado unos seis o siete metros, imposible, pensé. De repente, mi cabreo se convirtió en un profundo miedo, no me avergüenza decirlo, pero uno tiene escuchado ya cientos de historias en los que un hombre o una mujer, se aparecen de noche a algún conductor despistado, y este caso amigos míos, tenía sin duda todas las papeletas para convertirse en un nuevo caso terrorífico de Iker Jiménez, o al menos, para que un amigo que vosotros y yo tenemos en común, sacase tajada en sus habituales relatos de los viernes.

 

De noche, carretera apartada y oscura, un tío en medio de la carretera, una extrañísima forma de moverse, -Huy, -dije para mí- o esto es una maldita broma o este tío no es tan tío como parece-. Durante unos segundos que a mí me parecieron largos minutos, permanecimos así los dos, bajo la intensa lluvia y en medio de la carretera, momento que aproveché para fijarme en él por si podía reconocer algo que me diese alguna pista sobre quién podía ser. Mediría aproximadamente 1,77, lo sé porque era más o menos de mi estatura, con un pantalón de chándal y una cazadora oscura con cremallera y capucha, que por cierto, no la llevaba sobre su cabeza a pesar de la que estaba cayendo en ese momento, además, aun con la distancia que nos separaba y que todavía era prudente, me dio la extraña sensación de que el maldito cabrón no estaba ni mojado, y si lo estaba, al menos a esa distancia, era totalmente inapreciable. Otra cosa que me sorprendió y que por eso me quedó muy grabada en la memoria, es que su pie derecho carecía de calzado que lo protegiese del frio y duro asfalto. Dudé por un instante si debía acercarme un poco más, o si por el contrario, debía largarme de allí cagando leches, al fin y al cabo, no me había pasado nada y por mí, a él, como si lo partía un rayo.

 

En esas estaba yo cuando aprecié una débil luz que provenía desde mi espalda, me giré y vi un coche que en ese momento se acercaba desde el final de la larga recta, -Ahora sí- pensé, me hice a un lado y volví a mirar al individuo, pero efectivamente y como ya os habréis imaginado casi todos, el tío había desaparecido, se había volatizado a unos metros de mí y por más que miré en todas direcciones, el tío no estaba por ningún lado, tal fue mi sorpresa que quedé totalmente paralizado mientras oteaba las fincas tratando de encontrarlo, y en ese momento, el coche que hacía unos segundos estaba a más de quinientos metros, pasó por mi lado a toda pastilla, iluminando toda la zona, al verme allí sólo bajo la lluvia, el conductor tocó el claxon, y de verdad os digo amigos míos, que por poco me cago allí mismo con el susto que me metió.

 

Así como el coche empezaba a desaparecer de nuevo en la lejanía, decidí volver al mío, sin correr, pero a paso más bien ligero. Lo primero que hice incluso antes de ponerlo en marcha, fue apretar el botón del seguro para cerrar todas las puertas, y aunque me dé un poco de vergüenza contarlo, tengo que decir, que también miré que no hubiese nadie en el asiento trasero, y mientras lo hacía, noté como todas mis tripas se contraían involuntariamente dentro de mi estómago.

 

Arranqué el coche y me largué de allí tan rápido como pude, en cuanto llegué al cruce de la gasolinera, seguí de frente en dirección a Vilagarcía, pero sólo unos metros después, decidí parar en el bar Arnelas para intentar tranquilizarme un poco tomando un café bien caliente y fumándome no recuerdo cuántos cigarros.

 

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El bar estaba casi lleno en su totalidad, algo habitual los sábados a la hora del partido de futbol en la televisión de pago, aun así, pude ver al fondo a Javi y a Luis, dos de mis compañeros de equipo que habían salido de Ribadumia sólo unos minutos antes de hacerlo yo, sin dudarlo me acerqué y me senté con ellos.

 

   Coño Jose ¿y tú por aquí? preguntó Javi

   Joder dije yo necesitaba parar a tomar un café que estoy calado hasta los huesos. Oye tíos, ¿cuándo pasasteis ahora por la parcelaría no visteis nada raro?

   ¿Qué dices? ¿ahora? si llevamos aquí más de una hora viendo el partido.

   ¿Cómo? ¿Pero no salisteis del campo justo delante mía? pregunté aun conociendo perfectamente la respuesta

   Por eso nos extraña verte aquí tan tarde. respondió Luis

 

Miré la hora y efectivamente, había transcurrido más de una hora desde que había salido del campo de futbol, un trayecto que me podía haber llevado unos diez, quince minutos a lo sumo, me había llevado en realidad casi ochenta, aun contando el tiempo que estuve parado en la carretera, el tiempo total no podía superar en ningún caso los veinte o treinta minutos.

 

Sentí que un escalofrío recorría todo mi cuerpo, no sé bien si por el frío o por todo lo que me estaba ocurriendo. Conté a mis dos amigos todo lo que me había sucedido, ellos me miraban con cara seria al ver mi estado de ánimo pero cuando acabé mi relato, sus risas fueron lo que más me molestaron en ese momento. Soltaron una larga lista de despropósitos que no viene a cuento narrar ahora aquí, pero por más que traté de convencerlos de que todo lo que les estaba contando era real, no pude evitar su tono irónico y sus burlas fuera de lugar, aún ahora creo escuchar sus carcajadas y sus bromas al respecto. Lo mismo me ocurrió durante los días siguientes, a cada persona que me atrevía a contárselo, acababa riéndose de mí o preguntándome que qué me había fumado y cosas por el estilo.

 

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Al sábado siguiente, volví de nuevo al campo, esta vez, al llegar al cruce de Pontearnelas, decidí girar a la izquierda, cruzar el viejo puente de Santa Marta e ir por la carretera vieja, evitando así tener que cruzar de nuevo la oscura carretera de la parcelaria. Como no, esa tarde, las risas de Javi y Luis fueron una constante durante todo el partido, cada vez que tenían oportunidad, se mofaban de mí haciendo bromas sobre fantasmas, la verdad es que no fue una buena tarde para mí y al terminar el encuentro, ya todos, tanto de mi equipo como del rival, eran conocedores de la anécdota que había sufrido la semana anterior.

 

Cuando volvíamos para los coches, Luis entre risas y a viva voz, me dijo que me fuese derecho para casa, que no se me ocurriese parar a tomar licor-café en Ribadumia, porque allí lo preparaban muy fuerte, la risa fue entonces general entre todos mis compañeros. Me senté en el coche invadido por la rabia al pensar, que sin querer, me había convertido en el hazmerreír de todo el equipo.

 

Disimulé un poco haciendo que buscaba algo en la guantera, con la única intención de que Luis y Javi saliesen antes que yo, pasaron por mi lado y me pitaron, cuando miré vi sus caras de risa tras los cristales del coche, a pesar de mi enfado, puse mi coche en marcha y salí detrás de ellos para que no me sacasen mucha distancia. Al pasar por la parcelaria, llegamos al punto donde la semana anterior había ocurrido todo y por supuesto, en esta ocasión no sucedió nada. Al llegar al bar Arnelas, ellos, como siempre, pusieron el intermitente para parar a ver el fútbol mientras tomaban algo, yo sin embargo, decidí pasar de largo e irme directamente a casa, por ese día ya se habían reído suficientemente a mi costa.

 

Durante toda la semana no pude sacarme dos cosas de la cabeza, lo ocurrido en la parcelaria y las bromas de los que creía que eran dos buenos amigos. Por ello, y por extraño que os pueda parecer, decidí ir cada día a esa oscura carretera, siempre con mi móvil preparado para grabar cualquier cosa que estuviese fuera de lugar, día tras día, durante no sé cuantas semanas, me armaba de valentía y eso sí, con la lámpara ya cambiada y las puertas del coche bien cerradas, cruzaba la parcelaria, primero en dirección a Ribadumia, y luego de regreso. Nunca sucedió nada, ni yendo incluso a la misma hora, ni con el día despejado ni con lluvia, esto, lejos de tranquilizarme, se estaba convirtiendo en una verdadera obsesión que no me dejaba vivir, sobre todo porque parecía que las bromas al respecto, lejos de desaparecer con el tiempo, se volvían cada sábado en un tema recurrente para hacerse unas risas a mi costa.

 

Creo que la obsesión fue poco a poco dando paso a un trauma, o al menos, eso pensé cuando decidí fingir una molestia de rodilla para no ir al campo y no tener que sufrir las bromas de mis compañeros en cada partido. El primer sábado que me quedé en casa, llovía como el día en que comenzó toda esta historia y una vez más, decidí ir a la maldita carretera de la parcelaria, necesitaba encontrar alguna prueba, algo que me ayudase a convencerme a mí mismo, de que todo lo ocurrido aquella tarde de noviembre había sido verdad, puesto que a esas alturas, incluso yo empezaba a dudar de lo sucedido.

 

Sé que os vais a reír amigos míos, pero en esta ocasión, incluso me vestí de manera muy similar al individuo que se me había aparecido, la verdad no sé muy bien porque lo hice, quizás intentaba inconscientemente provocarlo para que de nuevo saliese a mi encuentro, fuese por lo que fuese, lo que nunca llegué a imaginarme, es que las cosas acabarían como finalmente lo hicieron.

 

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Cuando pasé por el punto de la carretera donde todo había comenzado dos meses atrás, no vi nada extraño, incluso pasé muy despacio para que me diese tiempo a mirar bien en todas direcciones pero allí, sin duda alguna, no había nada ni nadie. Llegué a la rotonda de Cabanelas y la rodeé completamente para volver de nuevo por la misma carretera, cuando estaba a unos sesenta metros del sitio donde había visto al tío, me pareció ver algo moviéndose en medio de una de las fincas del lado derecho de la calzada, muy despacio, seguí circulando sin quitar ojo a la finca y de repente, mi coche sacó ambas ruedas del lado derecho de la carretera y un segundo después, estaba volcado boca abajo sobre una finca sin labrar.

 

En ese momento me volví completamente loco, aquella tonta obsesión me había hecho hacer cosas que jamás hubiese sospechado, hasta el punto de distraerme lo suficiente, como para volcar mi coche circulando a menos de veinte por hora en medio de una larguísima recta.

 

Tuve que empujar con fuerza para lograr abrir la puerta, pues el marco superior de esta, ahora apoyado sobre el humedo terreno, se enganchaba con lo que me parecían cañotas de maíz secas, cuando por fin estuve fuera, anduve unos metros de espaldas sin dirección fija, revisando los daños que había sufrido mi pobre coche. Decidí volver a entrar en el vehículo para quitar el contacto, pues sólo faltaba que ahora encima, se prendiese fuego por culpa de alguna fuga de gasolina, de nuevo fuera, metí la mano en el bolsillo con intención de llamar a alguien que me pudiese auxiliar y maldita sea, el puto móvil ya no estaba en mi bolsillo, miré dentro del coche por si me había caído al volcar, palpé con las manos por el suelo por los sitios que creía haberme movido, pero el maldito móvil no aparecía por ningún lado. Decidí entonces subir a la carretera para pedir ayuda, pero la tierra húmeda y resbaladiza, me impedía encontrar un buen punto de apoyo, al final, tuve que caminar por el medio de las fincas hasta llegar a un punto donde estás, se elevaban lo suficiente como para estar al mismo nivel que la carretera, cuando llegué, me di cuenta de que me hallaba en el mismo lugar donde semanas atrás había tenido lugar la aparición, como todos os podréis imaginar, el acojone fué mayusculo. Decidí entonces no pararme ni un segundo más de lo necesario en aquel lugar y comenzar a caminar en dirección a la gasolinera, no llevaba recorridos más de diez metros cuando detrás de mí, escuché el ruido de un coche que se acercaba. Me paré y me volví, al ver que el coche pasaba de largo en donde estaba volcado el mío, me di cuenta que ni siquiera lo habían visto al estar con las luces apagadas y boca abajo en la finca, entonces me dispuse a pararlo, me acerqué al medio de la carretera e hice señas con mi mano para que parase.

 

Al verme, el conductor disminuyó la velocidad, pero cuando estaba a unos quince metros de distancia, aceleró de nuevo y el impacto fue totalmente inevitable.

 

El fuerte golpe en mis rodillas, hizo que estas se doblasen en sentido contrario al habitual rompiendo en mil pedazos los huesos de mis piernas, mi pie derecho se arrastró hacia atrás en el duro asfalto haciéndome perder la zapatilla deportiva e incluso el calcetín que cubría mi pie ahora desnudo. Mi cuerpo se inclinó bruscamente sobre el parabrisas del coche y antes de que mi cráneo chocase contra él y se rompiese bruscamente, pude ver las caras asustadas y sorprendidas de Luis y Javi.

 

De pie, en la oscura carretera de la parcelaria de Ribadumia, pude ver mi cuerpo tendido sobre el asfalto y bajo la fría lluvia del mes de enero, con mi pantalón de chándal, mi cazadora oscura con capucha y mi pie derecho descalzo. Escuché a Luis y a Javi llorando y pidiendo ayuda a gritos, entendí por sus palabras entrecortadas por el llanto, que cuando estaban a punto de parar, recordaron mi historia y convencidos de que lo que estaban viendo no era una persona real, aceleraron el coche con intención de alejarse rápidamente de aquel maldito lugar.

 

De pié, en la oscura carretera de la parcelaria de Ribadumia, sigo todos los días esperando a que alguien me recoja y me lleve de vuelta a casa, pues como os dije al principio de esta historia amigos míos, esta es un atípico caso en el que me vi envuelto sin querer y sin desearlo.

 

 

Género: ficción

Autor: Jaime Ramos

Fecha: 23/11/2012

 

Nota del autor:

Dedicado con cariño a mi hija Lorena, porque uno siempre debe de creer en lo que ve,

aun siendo a veces algo tan atípico que nadie más se atreve a creer en el.