Sufrimiento natural

Agonizante, tendido en el suelo, observo como mis verdugos se mueven impertérritos a mí alrededor, empuñando todavía en sus manos, las afiladas armas con las que me están arrebatando la vida.

 

Nací, hace ya más de setenta años, en el mismo lugar en el que ahora me estoy muriendo, durante estas más de siete décadas, vi orgulloso como mi familia aumentaba, pero también comprobé como todos y cada uno de mis descendientes, morían antes de alcanzar la edad madura, a pesar de ello, mi dolor por su muerte siempre pasó inadvertido para los demás y por ello, jamás recibí una sola palabra de consuelo que me pudiese ayudar a sobrellevar mi silencioso y siempre constante sufrimiento.

 

Con el paso de los años, las heridas provocadas por el imparable y devastador paso del tiempo, han dejado imborrables y profundas cicatrices sobre mi piel, ahora, visiblemente arrugada por la edad.

 

Al igual que yo, aunque con una suerte distinta, mis vecinos han aumentado igualmente su familia y precisamente han sido estas nuevas generaciones, las que de manera inconsciente durante sus primeros años de vida, más daño me han provocado en los últimos tiempos, aun así, creedme cuando os digo que los quiero y admiro de manera especial. Admiro su vitalidad, su forma de moverse, su naturaleza salvaje que los hace completamente impredecibles e irracionales, hasta el punto, de provocarme hoy sin motivo aparente, una angustiosa, lenta y dolorosa muerte.

 

Recuero que cuando yo no era más que un joven de cuerpo débil y frágil, los padres de los que hoy se convirtieron en mis verdugos hacían planes de futuro a mi lado. Yo siempre les proporcioné de manera incondicional la amistad y la tranquilidad que de mí requerían, incluso recuerdo que me presentaban a sus amistades, como un miembro más de la familia, como la fiel garantía de que a mi lado, sus hijos crecerían como unos niños sanos y felices. En que me pude haber equivocado para que hoy, esos mismos niños que durante años vi crecer, a los que siempre y de manera gustosa ofrecí mi cobijo cuando requerían mi protección, esos niños que se divertían jugando conmigo durante las interminables tardes de verano, decidiesen ahora eliminarme para siempre de sus vidas, arrebatándome de esta manera tan brutal, los pocos años que aún me quedaban por vivir.

 

Aquí, tendido sobre el frío suelo, veo el cielo azul allá en lo alto, observo como las pequeñas nubes dibujadas en el se desplazan hacia el norte, movidas por una cálida, invisible y suave brisa. Mientras, y a pesar de que mis heridas ya son mortales de necesidad, mis verdugos prosiguen con su macabro trabajo, provocándome cortes por todo mi cuerpo, mutilándome sin compasión, reduciéndome a pequeños y manejables trozos que les faciliten su objetivo final, eliminar de este mundo toda huella de mí efímera existencia.

 

Las nubes siguen su camino, altivas e inalterables ante los hechos que están sucediendo aquí abajo, se alejan mientras en su avance, se transforman lentamente en alargadas y caprichosas figuras sobre el lejano horizonte. El débil sol del otoño me ilumina una vez más, pero apenas puedo notar ya su débil calor, mis trozos, esparcidos por el suelo, se desangran y el espeso líquido es absorbido por la siempre necesitada tierra.

 

Con un último esfuerzo, miró hacia la casa y veo en ese momento como un hombre ya anciano, con su piel arrugada y marcada por las cicatrices de la vida, y que me recuerda a la mía propia, camina hacia mí, ayudándose para hacerlo de un frágil bastón de cerezo que yo mismo le proporcioné hace no muchos años.

 

Está de pié a mí lado, me observa aquí tendido y moribundo, y a pesar de mi debilidad, aún alcanzó a ver como de sus cansados ojos brotan lágrimas de compasión que caen al suelo tras completar con éxito, un breve viaje a través de sus secas mejillas, fundiéndose cuando llegan a tierra, con la esencia de la vida que me está siendo arrebatada por sus propios hijos.

 

Con un reconocible dolor en su mirada, extiende su mano y acaricia suavemente mis ramas más próximas a la vez que yo, consigo atrapar entre mis hojas una nueva lágrima derramada por mi muerte. Con la voz entrecortada, susurra algo casi inaudible, leo en sus temblorosos labios su despedida -Adiós, viejo amigo-. Un inesperado y agradecido viento, me ayuda en estos últimos instantes a mover mis ya moribundos brazos de madera en señal de agradecimiento. Miró por última vez a mi amigo y como siempre, en silencio, me despido del hombre que aquí mismo, donde ahora me estoy muriendo, me plantó, me cuidó… y me dio la vida hace poco más de siete décadas.

 

 

Género: Ficción

Autor: Jaime Ramos

Fecha: 07/12/12