Jaque mate

Estaba sentado en el sofá, frente al televisor, con la mirada perdida más allá de lo que la luminosa pantalla mostraba con unos rabiosos colores que se clavaban en sus dilatadas pupilas, como si se tratase de pequeños y afilados alfileres que le obligaban sin lograr nada con ello, a entrecerrar sus parpados como si estuviese contemplando la deslumbrante luz del sol.

 

Su brazo reposaba sobre el brazo del sofá, raído por el uso de varias décadas y que ahora, a través de sus heridas abiertas, dejaba al descubierto la amarillenta tela que se encontraba bajo el viejo y falso cuero marrón.

 

En la pequeña pantalla, un presentador que pretendía resultar gracioso, aparecía vestido de manera que a él se le antojó hortera. Con una falsa sonrisa en su rostro, animaba a un concursante para que siguiese participando en el juego, un juego de preguntas y respuestas que parecía carecer de cualquier sentido lógico o cronológico.

 

A pesar de que su mirada atravesaba la imagen y se focalizaba mucho más allá de la corta distancia a la que se encontraba la pantalla, se sintió como uno de aquellos jugadores que más pronto que tarde, acababan perdiéndolo todo y caían al vacío por un agujero que se abría bajo sus pies, siempre en el momento más inesperado, siempre en el peor de los momentos, provocando las risas del necio presentador y de un público, necesitado en ocultar sus propias miserias riéndose de las penalidades ajenas.

 

Pensó en cuantas veces había participado él en aquel mismo juego, cuantas veces lo había arriesgado todo por conseguir el premio máximo y el agujero, despiadado e inhumano, se había abierto bajo sus pies en el peor de los momentos, tragándolo sin compasión junto con su vida y sus esperanzas. Sabiendo que cada vez que regresaba a la superficie, en lo más profundo de aquel oscuro y profundo agujero, dejaba una parte de su vida que ya nunca tendría oportunidad de recuperar.

 

Su mente, que viaja con él en un cálido y placentero viaje por el pasado, repasó con calma aquellos años en los que las cosas eran muy diferentes a como ahora eran. Sin duda alguna, los años ochenta habían sido los mejores años de su vida, aquella época de la movida, los amigos, las chicas, el éxito… Recordó sus años en la capital, donde llegó a conocer y a alternar con los artistas y famosos del momento; pintores, diseñadores, actores, deportistas, pero sobre todo, músicos como él.

 

Recordó cuando regresaba a Galicia de visita, como lo admiraban sus amistades, sus vecinos, incluso la gente a la que no conocía de nada, todos, todo el mundo, todos menos sus padres, ellos, siempre preocupados, siempre alerta, como si tratasen con un niño pequeño, estaba hasta las narices de sus viejos, él era un hombre de éxito que se había hecho a sí mismo, que había triunfado allá donde otros no habían conseguido más que amargos fracasos.

 

En la pantalla, otro concursante caía al vacío y era engullido para la enorme boca de una réplica gigante del presentador que se encontraba oculta bajo el suelo, al otro lado del agujero que tantas risas provocaba entre el deleznable público. La versión gigante del presentador, vestía de la misma manera hortera que lo hacia su versión humana y pública, a su lado, una enorme bolsa de dinero se llenaba cada vez que otro concursante caía en el agujero, la hinchada bolsa parecía que estaba a punto de reventar pero sin embargo, cuanto más se llenaba más crecía, hasta el punto de parecer que tenía vida propia.

 

Recordó cuando el alcalde lo llamó para que fuese el pregonero de las fiestas patronales, vecinos y visitantes se congregaron para escucharlo hablar desde lo alto del balcón consistorial, desde allí arriba, se sentía en lo más alto, miraba las sonrientes caras que lo observaban desde la plaza y a pesar de que eran miles, él sólo deparó en una, la cara seria y ajena de su madre, que lo miraba como si siéntese lastima de su propio hijo, del hijo al que sin embargo, miles de personas estaban aclamando y vitoreando.

 

La inesperada caída al vacío de otro concursante, provocó en él una irrefrenable sensación de vértigo, sintió náuseas y las fuertes arcadas provocaron que devolviese un ácido y amargo líquido rojizo por encima de su propio cuerpo sin que este, reaccionase ante las órdenes de su mente que le ordenaban levantarse, ponerse en marcha y dirigirse al cuarto de baño. Desistió de su inútil intento y de nuevo, se recostó sobre el viejo sofá.

 

Su brazo reposaba sobre el brazo del sofá, raído por el uso de varias décadas y que ahora, a través de sus heridas abiertas, dejaba al descubierto la amarillenta tela que se encontraba bajo el viejo y falso cuero marrón.

 

Sobre el brazo del sofá reposaba su brazo, herido por los excesos cometidos durante tantos años y que ahora, a través de sus infectadas heridas abiertas, dejaban al descubierto las rojas marcas de los pinchazos y sus venas negras, como el oscuro remordimiento que cada día lo acechaba implacable.

 

Una vez más revivió el día en el que el agujero se abrió por vez primera bajo sus pies. De nuevo era portada de las revistas, pero en esta ocasión, su imagen era totalmente distinta, esposado, era conducido al interior de un coche patrulla, lo habían detenido por golpear brutalmente a su pareja en la habitación de un hotel. Ella había tardado meses en recuperarse, él no lo hizo jamás. A pesar de que su abogado alegó que se encontraba bajo los efectos del alcohol y las drogas, la justicia quiso dar ejemplo aprovechando su popularidad y la enorme repercusión mediática del caso.

 

Mientras la aumentada dosis ejecutaba su mortal cometido, oculta deliberadamente tras un falso disfraz de placidez y sosiego, su mente lo llevó de nuevo en un último viaje hasta lo alto del balcón consistorial, pero ahora, bajo sus pies se abría un agujero y sintió como su cuerpo caía pesadamente al vacío, al interior de una gran y oscura boca que todo lo engullía y que se enriquecía con cada nuevo participante que atrapaba en su interior. En su descenso, vio como miles de personas lo señalaban y se reían mientras él era devorado por el demonio del olvido, el público se apretujaba para poder acercarse y verlo mejor en su precipitada caída, de entre todas las personas que allí se encontraban, sólo una llamó su atención, la cara triste y ajena de su recientemente fallecida madre, la única que se ocupó de él cuando regresó a casa tras jugar y perderlo todo, en el azaroso juego de la vida.

 

 

Género: Ficción

Autor: Jaime Ramos

Fecha: 14/12/12