Historias de Navidad

El fin del mundo

 

Iba cabizbajo por la calle, pensando en lo que me había comentado un compañero de trabajo cuando nos despedimos y mutuamente, nos deseamos felices fiestas a la salida de la oficina.

 

     - Pues sí mi querido amigo, tan convencido estaba yo de que el fin del mundo llegaría el 21 de diciembre, que este año ni siquiera compré lotería de Navidad, ¿para qué? pensé. En lugar de eso, me puse a realizar compras de manera compulsiva, concediéndome a cuenta de la Visa todos los caprichos que su limitado crédito me podía ofrecer, por cierto ¿Tú no sabrás si existe la posibilidad de reclamar a los Mayas las deudas que ahora tengo con el banco?

 

Por supuesto, no supe que contestar, simplemente sonreí y sin decir nada empecé a caminar calle abajo.

 

 

Papa Noel.

 

Caminaba con el cuello del abrigo subido hasta las orejas, el frío aire del norte se movía con facilidad entre los callejones y me cortaba la piel con su gélido contacto. A lo lejos, vi que hacia mi avanzaba un hombre grueso, de barba blanca y que vestía de rojo, inevitablemente nos encontraríamos a la altura de los soportales y la escena me pareció un poco cómica, al ser él y yo, los únicos transeúntes que se encontraban en la calle en aquel momento. Seguí caminando con la cabeza gacha y cuando estuvo lo suficientemente cerca, esperé el típico “Jo, jo, jo”, pero el hombre, se limitó a saludarme con un simple y grave “Buenas tardes”. Seguí caminado y a los pocos metros, con las mejillas todavía coloradas por la vergüenza de mi equívoco, me volví para ver como el Obispo se perdía por una de las estrechas callejuelas de la ciudad.

 

 

Fun, fun, fun.

 

He de confesar que yo, no soy mucho de villancicos, pero al ir caminando por la calle, la repetitiva música de los altavoces que instalan para tratar de inundarnos con el espíritu navideño y abocarnos a comprar más de lo debido, se me mete en la cabeza y oye, que no hay manera de hacerla salir, y así, tan ricamente iba yo tatareando aquello de fun fun fun… veinticinco de diciembre, fun fun fun… cuando de repente, la música cambió totalmente de tercio y a través de la estridente mala calidad de los altavoces callejeros, llegó a mis oídos la canción Gangnam Style y así, no sé ni cómo ni por qué, seguí avanzando con las piernas más escarranchadas que si hubiese pasado la noche en una fiesta Ibicenca, mano izquierda al frente sujetando unas riendas imaginarias y mano derecha, dibujando círculos en el aire a punto de lanzar un invisible lazo con el que bien mirado, casi podía atrapar a los dos policías locales que con cara de pocos amigos, observaban desconfiados desde la puerta de la cafetería mi saltarín y alocado avance por la calle casi desierta.

 

 

16 Putas

 

Si amigo mío sí, me has entendido perfectamente, 16 putas, no 16 rutas ni 16 grutas, si no ¡16 putas! Eso fue lo que me encontré cuando llegué para cenar con mi esposa en el restaurante al que solemos ir, al menos, una noche cada dos o tres meses. Antes acudíamos más a menudo, pero ahora, cualquiera sale a cenar fuera con la que está cayendo. Y eso que yo no me convertí en un manirrota al creerme la profecía Maya, ni sucumbí ante la tentación de los villancicos enlatados en los altavoces callejeros.

Cuando pregunté al camarero -un viejo conocido nuestro- este me contó en total confianza que las cenas de empresa, habían caído empicado este año y que el gremio de la prostitución, era el único que había mantenido inalterables sus habituales cenas de Navidad.

Sorprendido por semejante afirmación, miré con atención el amplio local y descubrí con increíble facilidad otra mesa en la que había al menos una buena docena de varones y seis o siete damas.

Cuando el camarero regresó con una botella de vino, me dispuse a discrepar con él sobre su errado comentario, pero él lo zanjó de inmediato cuando me contó, que el grupo de comensales de la otra mesa estaba compuesto por altos cargos de la política y la banca de nuestra ciudad, de ahí su decisión de incluirlos igualmente en el mismo gremio que las alegres señoritas de la mesa contigua.

Por supuesto, tras meditarlo sólo unos segundos, acepté como buena su acertada exposición y le solicité unas navajas a la plancha para acompañar la excelente botella de albariño que nos acababa de servir a mi esposa y a mí.

 

Género: Ficción

Autor: Jaime Ramos

Fecha: 28/12/12