La habitación 322

Hola, mi nombre es Pelayo, la historia que estás a punto de leer es un breve relato que cuenta como una vida normal y sencilla como la mía, e incluso me atrevería a decir que como la tuya misma, se puede convertir en muy poco tiempo en algo que a priori, puede parecer totalmente inverosímil, pero te aseguro que nada de lo que hoy aquí leerás, ha sido tergiversado por el autor encargado de contaros mi historia.

 

Ahora, si me permites un momento, me gustaría proponerte un pequeño ejercicio. Antes de comenzar, tengo que decir que resulta de suma importancia que no haya ningún sonido que te moleste o distraiga, por lo tanto, si tienes la música puesta o la televisión encendida, te agradecería que la apagases un momento, no te preocupes, sólo serán unos segundos. Bien, vamos allá, el ejercicio es el siguiente, cuando termines de leer este párrafo, cierra los ojos por un instante, con siete u ocho segundos será más que suficiente. Durante ese tiempo, no pienses en nada, solo concéntrate en la oscuridad, el silencio, y la soledad que te rodea.

 

Hola de nuevo, si te preguntas el porqué de este ejercicio que te he propuesto, he de decirte que simplemente es para que antes de que comiences a leer este relato, puedas entender un poco mejor como me siento, pues mi existencia, al igual que la tuya durante el ejercicio, transcurre actualmente rodeada de oscuridad, silencio y soledad, la única diferencia es que en mi caso, se trata de algo inmutable en el tiempo y no del resultado de un experimento de pocos segundos de duración.

 

[-------]

 

Todo comenzó hace más o menos un año, durante una cena en la que me acompañaba mi esposa, mis dos hijos, y un matrimonio amigo también con su hijo. Estábamos a punto de finalizar la velada cuando por un instante, viví un sorprendente e increíble déjà vu. Si, ya sé que todos lo parecen, pero este fue de verdad increíble porque no sólo tuve la sensación, como suele ocurrir en estos casos, de estar reviviendo un momento concreto y pasado de mi vida, sino porque durante unos momentos, supe sin ningún género de duda lo que iban a decir y hacer todas las personas que conmigo se encontraban esa noche, y sin embargo, durante ese corto período de tiempo, esas personas, incluida mi propia familia, se convirtieron en unos absolutos desconocidos para mí, y podéis creerme cuando os aseguro, que no me equivoque ni en un solo gesto, ni en una sola palabra de lo que allí se habló durante ese tiempo.

 

Para no extenderme en demasía, evitaré narraros las bromas y las risas que nos echamos a cuenta de este hecho, pero una vez que las bromas cesaron y ya cuando me encontraba descansando en mi cama, mi mente no podía dejar de pensar en lo sucedido, así durante horas, provocándome un molesto e inesperado insomnio. No pude dormir en toda la noche, por este motivo y para no molestar a mi esposa que dormía totalmente ajena a mi desvelo, apagué el despertador unos minutos antes de las siete de la mañana, la hora programada para sonar los días laborables. Me levanté y me fui al baño, aprovechando esos minutos extra para cambiar la diaria ducha rápida por un caliente y relajante baño.

 

Después de varios minutos disfrutando de aquel tranquilo momento, al salir de la bañera, miré hacia el espejo del lavabo, este estaba casi totalmente cubierto por el vaho formado por el vapor del agua pero aun así, pude comprobar con estupor que la imagen que el espejo reflejaba en ese momento no era en realidad la mía, no era mi rostro el que allí apenas se podía entrever, sino el de alguien que solamente guardaba cierto parecido conmigo. Asustado, lo limpié de inmediato con la mano y el reflejo debió de cambiar a la par que mi acción, porque para cuando hube terminado, mi cara, y no otra, era la que aparecía reflejada en la ahora limpia superficie de cristal. Pensé que todo había sido provocado por un efecto óptico causado por el propio vaho, o quizás por la falta de descanso, pero la verdad es que no pasó mucho tiempo antes de que horrorizado, pudiese comprobar que ninguno de esos motivos habían sido los causantes de mi visión.

 

Dos días después de la que hasta ese momento había sido la noche más extraña de mi vida, cuando me disponía a volver a casa desde mi puesto de trabajo y estaba en el parking a punto de subir a mi coche, escuché a un hombre que llamaba a otro a viva voz, al parecer y por sus gritos, el hombre al que requería su atención se llamaba Marcial. Su insistencia y el cada vez mayor volumen de su llamada, hicieron que me volviese hacia el lugar de donde provenían los requerimientos, vi que se trataba de un hombre de poco más de sesenta años, que avanzaba apresuradamente y con evidentes síntomas de cansancio en la misma dirección en la que yo me encontraba, el hombre agitaba su brazo a la vez que insistía en su llamamiento a Marcial, sorprendido de que viniese cara a mí, me volví de nuevo en busca del objetivo de sus aspavientos, pensando que había allí otra persona que no había visto antes, fue entonces cuando comprobé que en realidad, él y yo, éramos las dos únicas personas que allí se encontraban.

 

Después de explicarle en repetidas ocasiones y durante varios minutos que se confundía de persona, el hombre volvió de nuevo por donde había llegado, pero en su fruncida cara, era más que visible que no se marchaba convencido del todo, se notaba demasiado que él seguía creyendo de que yo era Marcial y que por algún motivo que no alcanzaba a entender, yo, lo intentaba convencer de que en realidad era otra persona.

 

Lo sucedido en el parking, bien pudo ser una anécdota que le pasa a cualquiera, pero tres días más tarde y mientras caminaba en busca de la asesoría de un conocido, pasé por delante de un restaurante y tuve la extraña sensación de que aquel lugar me era muy familiar, sin embargo, no recordaba haber estado nunca antes en ese sitio, miré el cartel del exterior en el que rezaba el nombre del local, restaurante-café-bar Terranova, ni siquiera leyendo su nombre conseguía recordar el haber estado allí con anterioridad. Finalmente y después de unos minutos allí parado, decidí ¿por qué no? que sin duda aquel era un excelente momento para tomar un café. Todavía pensaba distraídamente en la extraña sensación que casi me había obligado a entrar, cuando alguien se sentó a mi lado, al mirar de quién se trataba, comprobé que era el mismo hombre que me había encontrado en el parking. Él, pidió un descafeinado y sin aparente necesidad de mírame me dijo –Marcial, no te creerás lo que me pasó el otro día, pero en un parking, a varios kilómetros de aquí, me encontré a un hombre que era idéntico a ti-. Cuando de la manera más amable posible, le dije al buen hombre que de nuevo se confundía, que mi nombre, tal y como ya le había dicho unos días antes era Pelayo, él, con una sonrisa en la cara, me miró, se levantó, cogió su café y sin decir nada se fue a sentar a una mesa al fondo del local. La verdad es que en eso momento, no puede evitar reírme por lo absurdo de la situación, pero cuando miré de nuevo hacia delante, sobre la dorada y pulida superficie de la cafetera, vi el reflejo de un hombre que me miraba de frente, familiar y desconocido a la vez. El rostro que me observaba desde el apenas perceptible reflejo de aquella máquina industrial no era el mío, sino el del mismo hombre que días antes me miraba oculto tras el vaho de mi propio cuarto de baño.

 

Salí de la cafetería totalmente contrariado, por unos momentos pensé todo tipo de cosas, desde que me fallaba la vista hasta que tenía algo realmente malo en mi cabeza, pero por supuesto, con el paso de las horas y como siempre hago, evité la visita al médico al convencerme de que seguramente no se trataba de nada serio, y que lo más seguro, era que  en pocos días recordaría todo aquello como una casual y graciosa sucesión de anécdotas.

 

Que equivocado estaba. Esa misma noche, mientras dormía, soñé que avanzaba por un largo y desierto pasillo de hospital, al llegar a la séptima puerta del lado derecho me detuve, miré el número y comprobé que se trataba de la habitación 322. Entré y vi que en la habitación había dos camas, separadas por un estor de color crema que colgaba de un riel atornillado al techo. En la primera, yacía un hombre que se encontraba conectado a una máquina de respiración artificial, me acerqué un poco y descubrí que sobre la mesilla había un gran ramo de flores, sobre el celofán transparente que lo cubría había pegada una tarjeta, avancé un poco para poder leer lo que en ella estaba escrito –Marcial, rezamos todos los días por tu pronta recuperación-. Sorprendido al leer aquel nombre, me acerqué al paciente con intención de ver mejor el rostro que se ocultaba tras la mascarilla de goma que cubría parte de su cara. Su rostro, aquel familiar pero desconocido rostro, era el mismo que había visto reflejado en el baño y en la cafetería, efectivamente se parecía a mí, tanto, que casi se podría decir que éramos como hermanos gemelos, a no ser, por su extrema delgadez, por su alarmante palidez. Tuve la impresión de que el hombre intentaba mover los labios, me acerqué un poco más con el único propósito, si es que finalmente lograba articular alguna palabra, de poder oír lo que decía. Por unos instantes, su cara y la mía se encontraron a muy pocos centímetros de distancia, la sensación era realmente extraña, era, como si me estuviese viendo a mí mismo sobre la cama de un hospital, entonces comprendí que su palidez y su delgadez, eran únicamente producto de la enfermedad que lo estaba consumiendo y que de ser yo el enfermo, entonces, seguramente mi rostro sería idéntico al que ahora estaba observando. De repente, y sin ninguna señal previa, el hombre abrió totalmente los ojos, asustado di un paso atrás, y en ese momento, me desperté en la cama de mi dormitorio, sobresaltado, con el corazón latiéndome a mil por hora y totalmente empapado en sudor. Esa noche, de nuevo, me fue totalmente imposible volver a conciliar el sueño.

 

A medida que los días pasaban, la visión de aquel rostro se iba haciendo cada vez más constante, pasando de ser sólo un reflejo difuminado sobre superficies poco claras, a ser una imagen totalmente nítida sobre espejos impolutos, sin cambiar a mi verdadero rostro durante espacios de tiempo cada vez más largos, imitando perfectamente todos y cada uno de mis movimientos, pero sin ser mi propio reflejo en realidad. Un día decidí acudir de nuevo a la cafetería, quería encontrarme con el hombre que me había confundido y preguntarle quién era Marcial, donde podía encontrarlo, pensando erróneamente que si lo encontraba, todo se aclararía de una vez.

 

A pesar de que volví al Terranova durante varios días y a distintas horas, no fui capaz de encontrar nunca a aquel hombre, cuando pregunté al camarero si recordaba la persona que se había sentado junto a mí el primer día que estuve allí, el joven dijo no tener ni idea, la verdad es que creo que ni siquiera se acordaba del día al que yo me refería.

 

Durante varias semanas, no dije nada de lo sucedido a mi familia pero finalmente, no tuve otra opción. Mi esposa insistió en que debíamos visitar al médico de inmediato, y para ser sincero, creo que se lo conté para que me obligase a hacerlo. Mi miedo a tener alguna rara enfermedad o lo más común, a tener un tumor, cambió el día que el neurólogo nos comunicó los resultados de las pruebas realizadas, al parecer, mi salud, tanto física como mental era excelente. Tengo que decir que eso fue casi peor que si me hubiese dicho que habían detectado algo anormal, por lo menos así, sabría qué demonios me estaba sucediendo.

 

Unos días más tarde, mientras aguardaba en un semáforo para poder cruzar, observé en la acera de enfrente a dos personas que charlaban animadamente, la sonrisa de sus caras era perfectamente visible desde donde yo me encontraba y mi corazón, se desbocó al comprobar que se trataba del desconocido del bar y de mi propia hija. Rápidamente miré en ambas direcciones para comprobar que no se acercaba ningún turismo, comencé a cruzar la calle y en ese momento ellos comenzaron a caminar, alejándose del punto donde se encontraban, apuré el paso y no lo vi venir, un Ford blanco me alcanzó y el impacto me lanzó varios metros por el aire. Inmóvil, tumbado sobre el asfalto, vi como ellos seguían alejándose y entonces, el hombre giró la cabeza hacia donde yo estaba, sonrió, volvió a girar la cabeza y siguió caminando junto a mi hija mientras yo, perdía el conocimiento y seguramente, más sangre de lo vitalmente soportable.

 

Noté un ligero empujón en mi brazo, me sobresalté de nuevo y entonces me di cuenta que estaba de pié, inmóvil en medio de la acera, el semáforo se había puesto en verde y ello provocaba que los transeúntes tropezasen conmigo al querer acceder al paso de peatones. Miré al otro lado de la calle y vi a un hombre que charlaba animadamente con una joven, no los conocía de nada, y ni tan siquiera guardaban parecido alguno con las personas que minutos antes creía haber visto. El semáforo se puso de nuevo en rojo, me di la vuelta, y decidí regresar a casa siguiendo otro camino.

 

Las cosas empeoraban cada día, y cada día se me hacía más difícil de creer el diagnóstico médico. Pero como demonios una persona que no está enferma podía estar viviendo lo que yo viví esos meses, ver lo que yo veía, hacer lo que yo hacía.

 

Un día, acudí al taller para cambiar los neumáticos del coche, al ir a pagar a la caja, me preguntaron si deseaba pagar en metálico o con tarjeta –Con tarjeta, por supuesto- le dije a la joven que me atendió. Ella pasó la tarjeta por la máquina y me pasó el recibo para que lo firmase, así lo hice y cuando se lo devolví, me miró con cara extrañada, amable pero evidentemente nerviosa me dijo – Sr. Pelayo, verá… es que me ha firmado con otro nombre- Efectivamente, cuando miré el recibo comprobé que el nombre que se podía leer en la firma era el de Marcial. Me inventé una absurda excusa para justificar mi error y salí de allí tan rápido como pude. Esa misma noche, le dije a mi esposa que quería una segunda opinión médica y una semana más tarde, ambos visitamos a un especialista en el hospital clínico de Santiago de Compostela. Al igual que la primera vez, tras múltiples pruebas y sucesivas consultas a neurólogos, siquiatras, oncólogos y demás, no encontraron ninguna causa física para mis cada vez más continuos desvaríos, a lo más que llegaron, fue a creer mi versión de lo que me estaba sucediendo y achacarla, como no, al estrés sufrido en el trabajo a causa de la difícil situación económica actual, me recetaron unos antidepresivos, pero sólo sirvió para que aumentasen mis horas de sueño, y con ello, mis cada vez más extraños sueños.

 

De nuevo caminaba sólo por el largo pasillo del hospital, al llegar a la habitación 322 entré. Como la vez anterior, las camas estaban separadas por un estor crema que colgaba del techo y no llegaba al suelo. Me acerqué al paciente de la primera cama, el único que se veía al entrar. El paciente estaba inmóvil como la vez anterior, las flores seguían sobre la mesilla, pero ahora, estaban mustias y sus hojas muertas cubrían la otrora impoluta superficie de la mesilla. La tarjeta se había desprendido y estaba tirada en el suelo, me moví con intención de recogerla y al hacerlo, tropecé con la cuerda del estor, este se enrolló violentamente en el techo y la otra cama quedó al alcance de mi vista, tardé un poco en reconocer al paciente que yacía igualmente conectado a una máquina de respiración artificial, pero sin ninguna duda, era el mismo hombre que en dos ocasiones me había confundido con Marcial, el que al parecer era su irreal compañero de habitación. Abrió los ojos y sin mirarme dijo –Hola Marcial, te estábamos esperando- No le di oportunidad a decir nada más, me volví y salí de allí precipitadamente.

 

Al salir de nuevo en el pasillo, cerré violentamente la puerta de la habitación, en ese momento me di cuenta de que el pasillo estaba ahora lleno de gente, médicos, enfermeras y visitas caminaban por el largo pasillo, y todos y cada uno de ellos, se pararon y se volvieron hacia mí al escuchar el portazo, comencé a caminar hacia la salida esperando que todos volverían a lo que estaban haciendo antes de mi irrupción, pero no sucedió así, mientras yo caminaba, ellos permanecían inmóviles, como las estatuas de un horripilante museo de cera, cuchicheando entre ellos palabras que no alcanzaba a entender.

 

Salí a la calle y la encontré totalmente desierta, no había gente, no había coches, ni circulando ni aparcados en toda la larga calle, me paré a escuchar y no había ningún sonido en el aire, comencé a cruzar y de repente, un Ford blanco apareció de la nada. Mi cabeza se estrelló violentamente contra el parabrisas antes de que mi cuerpo saliese volando por los aires. Inmóvil, tumbado sobre el asfalto, vi que el coche había acabado estrellado contra una pared, su conductor bajó del vehículo sangrando abundantemente, me miró y sonrió, de nuevo, era el mismo hombre que continuamente me acosaba, yo, sentí que perdía el conocimiento y que poco a poco me desvanecía en aquella calle desierta. Recuperé la consciencia tumbado sobre la cama de mi dormitorio, temblando, aterrorizado por el increíble realismo del sueño vivido.

 

Los meses avanzaban al mismo ritmo frenético que mi desesperación, no podía acudir al trabajo, permanecía encerrado en mi casa por el pánico que me producía salir a la calle y revivir de nuevo las experiencias pasadas, pero en mi propia casa tampoco estaba a salvo. El rostro de Marcial me perseguía cada vez que me veía reflejado en un espejo, en la pantalla del móvil, o simplemente, desde cualquier tipo de superficie lo suficientemente pulida como para emitir un débil reflejo. 

 

Recuerdo que fue a finales de agosto cuando mi mujer me obligó a acompañarla a un mercadillo, era una mañana soleada y nada hacía presagiar los hechos que ocurrieron aquel día.

 

Caminábamos por las estrechas y concurridas calles donde cada sábado montan los puestos ambulantes, entre variados tenderetes de zapatos, ropa y pan artesano, mi mujer se detuvo a comprar unas botas y el responsable del puesto envolvió la caja en las viejas hojas de un diario local, luego metió todo en una bolsa verde, mi mujer me la dio para que yo me encargase de llevarla. Seguimos caminando y después de casi dos horas nos paramos en la terraza de un bar a tomar un café, mi mujer se disculpó un momento para ir al baño, mientras aguardaba, miré la bolsa verde que estaba sobre la mesa, a través de su apertura se podía leer parte de un titular del diario reutilizado como envoltorio “Un atropello en la calle Juan Car…” y en la línea de abajo “el peatón Marcial Ram…”. Inmediatamente saqué el paquete de la bolsa y lo desenvolví, estiré la hoja de periódico sobre la mesa y pasé mi mano sobre ella para sacar las arrugas y leer la noticia completa. “Un atropello en la calle Juan Carlos I se salda con dos heridos graves. El peatón Marcial Ramírez y el conductor del vehículo Vicente Gómez, que tras el atropello acabó estrellándose contra un edificio, fueron inmediatamente trasladados al hospital del Salnés por efectivos de Protección Civil. Por desgracia, el conductor sufrió una parada cardiorrespiratoria y nada pudieron hacer por salvar su vida, en el caso de Marcial Ramírez, tras ser estabilizado y comprobar el alcance de sus lesiones, los facultativos decidieron derivarlo de manera urgente al hospital Juan Canalejo de la Coruña donde finalmente quedó ingresado” fin, la noticia era así de escueta y no aclaraba nada más, sin embargo, mi mente empezó a encajar las piezas de un extraño rompecabezas.

 

Posiblemente, el hombre que veía en mis visiones era el mismo del que hablaba el diario, pero no conseguía entender la relación que podía guardar conmigo, ¿qué querían decir aquellos extraños sueños? ¿Por qué el hombre atropellado guardaba un extraordinario parecido conmigo? ¿Por qué el otro hombre de mis sueños insistía en llamarme Marcial? ¿Quién era ese hombre, y que papel jugaba en toda esta historia? Seguía pensando en todo aquello cuando mi esposa regresó del baño, la miré y la vi distinta, hasta ese momento no me había fijado en las oscuras ojeras que teñían la base de sus parpados, me pareció que estaba mucho más delgada. Mientras una brisa de aire arrastraba la vieja hoja del diario, ella, recogió la bolsa con las botas y se marchó, sin decirme nada, sin dirigirme ni una sola mirada. La llamé, pero siguió avanzando sin mirar atrás, la seguí por las transitadas calles, sorteando a la gente que una y otra vez se paraba ante los puestos del mercadillo, me resultaba imposible alcanzarla cuando de repente, la vi parada a unos metros de distancia, hablando con otra mujer. Cuando estuve suficientemente cerca, escuché que la mujer que hablaba con mi esposa, lo hacía con un tono sinceramente apenado, se despidió de ella dándole dos besos, ánimos, y deseándole una pronta recuperación para Marcial. Entonces, lo comprendí todo.

 

Me quedé allí inmóvil, la mujer y mi esposa siguieron sus respectivos caminos, la gente iba y venía, mientras yo, era totalmente incapaz de moverme del sitio donde me encontraba, poco a poco, el estrepitoso mormullo del mercadillo fue desapareciendo, al igual que las imágenes que lo componían, envolviéndome por completo en una oscuridad total, en un silencio y una soledad absoluta.

 

A lo lejos, vi la imagen de un hombre diminuto, a medida que avanzaba en medio de aquella oscuridad, su cuerpo se iba haciendo cada vez más grande, en seguida lo reconocí, cuando estuvo frente a mí, me miró y sonrió como siempre hacía.

 

“Hola, siento realmente lo sucedido, pero ya sabes cómo va esto, a veces tú, a veces yo, nos metemos tanto en nuestro papel que luego nos resulta imposible encontrar el camino de regreso, sobre todo, cuando nuestra labor se alarga en el tiempo como a ti te ha sucedido en este caso. Sin embargo, tenemos que devolver las vidas que no nos pertenecen, así lo hemos hecho siempre y así lo tenemos que seguir haciendo, ese es nuestro destino. Por cierto, te alegrará saber que en este mismo momento, en la habitación 322, una familia celebra que su familiar por fin ha encontrado el camino de regreso a casa. Sólo espero que ahora, Pelayo, sepas también encontrar tu propio camino.”

 

El hombre se alejó de nuevo y a medida que avanzaba, su cuerpo se iba encogiendo hasta convertirse en un pequeño punto en medio de la negra oscuridad, finalmente, desapareció por completo.

 

[-------]

 

Como te dije al principio, mi vida transcurre ahora rodeada de oscuridad, silencio y soledad, un aislamiento roto sólo por los sueños, sueños que siempre parecen reales. A veces, sueño que estoy en la habitación 322, que mi familia me visita a diario, que cada día, la rehabilitación me acerca un poco más a mi ansiado regreso a casa, luego me despierto aquí, en medio de la oscuridad y dolorosamente comprendo que realmente esa no es mi vida, nunca lo fue, esa es la vida de Marcial y para mí, solo es parte de un sueño imposible de alcanzar.

 

Si Marcial recuperó su consciencia, ¿por qué la mía no espiró en ese mismo momento? Añoro cada segundo de esa vida que viví prestada, aun sabiendo ahora que mientras yo existía, Marcial no podía despertarse, porque mi imaginaria vida, él la creía real y propia, y por ello, había decidido dejar de luchar por su recuperación.

 

[-------]

 

Aquí, en medio de esta negra oscuridad, sigo todavía buscando mi propia identidad. Quizás mi destino sólo sea el de sustituir a las personas mientras duermen, mientras sueñan, mientras agonizan y sufren.

 

Quién sabe, quizás esta noche, si el destino así lo quiere, tú y yo nos podemos encontrar en una larga y solitaria calle, quizás nos podemos llegar a conocer, si es así, ya sabes cómo me llamo, mi nombre es Pelayo.

 

 

 

Género: Ficción

Autor: Jaime Ramos Lorenzo

Fecha: 25 de enero de 2013