María "a chanqueira"

María “a chanqueira”, era una mujer de claros ojos azules, pelo rubio, y baja estatura. Su atractivo poco común, pero sobre todo, su alegría y simpatía, le granjearon durante sus años de juventud un buen número de pretendientes deseosos de cortejarla y hacerla su esposa. No obstante, a diferencia de su hermana Manuela que sólo deseaba casarse y tener una familia,  María, lo que realmente deseaba desde niña, era poder salir de la aldea en la que había nacido. Quería ver las ciudades que aparecían en las fotos del único libro que poseía, un libro de hojas amarillentas y desgastadas por el uso y el paso de los años. Quería conocer a aquellas gentes que, al menos en apariencia, tan distintas le parecían de las que a diario veía en su aldea.

 

Tras unos poco serios y breves romances, su sueño, se vio interrumpido cuando conoció a Julián, un marinero recién llegado a Vilagarcía que al poco, conquistó el corazón de María contándole las fascinantes historias de sus viajes por medio mundo. Para María, aquel hombre, representaba sin duda alguna, la vida que ella siempre había deseado. Finalmente, y tras pocos meses de noviazgo, María sorprendió a todos aceptando la propuesta de matrimonio que Julián le había hecho.

 

A diferencia de María, su marido, era un hombre más alto que la media habitual en aquellos años. Moreno, fornido y elegantemente vestido, se podría decir sin miedo a equivocarse que Julián era un autentico gentleman de su época.

 

Pocos meses después de la boda, Julián falleció en el mismo hospital de Pontevedra donde estuvo ingresado los últimos veintidós días de su vida. Sinceramente, desconozco la causa de su muerte, primero porque por aquel entonces yo ni siquiera había nacido, y segundo, porque a diferencia de a lo que hoy en día estamos acostumbrados, lo más normal en aquella época era que las personas falleciesen sin llegar a conocerse con exactitud el motivo de su fallecimiento. De todos modos, y a falta de un informe médico-forense que dijese lo contrario, la versión de los aún hoy perdurables correveidile de aldea, era siempre la que más popularidad adquiría en estas situaciones. Contando en este caso en particular, y a todos los que quisiesen escuchar, que el fallecimiento había sido causado por una extraña y fatal enfermedad que el marido de María había adquirido en un lejano puerto de África.

 

Como ya os imaginareis, el fallecimiento de Julián y el hecho de que María quedase viuda siendo tan joven, era un verdadero filón para los mencionados correveidile. A los pocos días del entierro, de nuevo subían y bajaban por la aldea como portadores de las últimas novedades. Novedades casi siempre poco fiables y maliciosamente adulteradas, pero siempre, contadas con susurros para darle mayor dramatismo a la historia y para hacer creer al casual oyente, que lo estaban haciendo partícipe de un gran secreto. Todos coincidían en que ahora, aprovechándose del dinero de la herencia, María abandonaría la aldea y se trasladaría a vivir a la capital. Por su puesto, la realidad resultó ser bien distinta. El fallecimiento de Julián había dejado a María totalmente desconsolada, y como única herencia, su marido, le había dejado y sin llegar a saberlo antes de morir, un diminuto embrión en sus entrañas.

 

A pesar de lo difícil que era criar a un hijo estando sola, sobre todo, durante los duros tiempos de la posguerra, María, no sólo sacó a su hijo adelante, sino que incluso, le procuró una educación muy por encima de las posibilidades de las gentes de aquella pobre tierra gallega.

 

Cuando Julio, su hijo, cumplió dieciocho años y se marchó a Zaragoza a cumplir con el servicio militar, María, decidió que entonces sí, que por fin era la hora de cumplir su sueño. Hizo la maleta y su primer destino fue Madrid.

 

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Lola, amiga de la infancia de María, había sido la única mujer que junto con Manuela, la hermana de María, le había ayudado a criar al pequeño Julio. El día que María se marchó, Lola lloró desconsoladamente en el andén de la estación, sus sentimientos, eran una amalgama de tristeza y alegría. Tristeza por ver partir a su mejor amiga y alegría, porque al fin, María vería sus sueños cumplidos.

 

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Durante más de veinte años, María dedicó su vida a recorrer toda la geografía española. A veces sólo se quedaba en una ciudad unas semanas, en otras ocasiones, llegaba a permanecer en la misma ciudad durante algunos meses, pero fue en su querida Madrid, en la que más tiempo estuvo y a la única que regresó en varias ocasiones, siendo esta ciudad, la única capaz de cautivarla durante más de dos años seguidos.

 

Por lo general, María regresaba a la aldea cada uno o dos años. Pasaba un tiempo con su hermana, su cuñado y sus sobrinos, siempre visitaba a su vieja amiga Lola, y siempre, se marchaba de nuevo.

 

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Recuerdo perfectamente, el día que en el barrio se supo que María había fallecido. Murió sola, en su querido Madrid. Su cuerpo, fue hallado en una transitada calle del centro, como se supo más tarde, víctima de un fallo cardíaco. Al no llevar ninguna documentación en el momento de su fallecimiento, a las autoridades les resultó imposible identificar el cadáver, por lo que finalmente, una foto suya realizada por el forense, fue publicada en varios diarios nacionales. Fueron unos vecinos de la aldea los que la reconocieron en la imagen del periódico, los mismos que dieron la voz de alarma a sus familiares. Dos días después, y tras resultar imposible localizar a su hijo, sus sobrinos partieron rumbo a Madrid para reconocer el cadáver y darle cristiana sepultura.

 

Recuerdo perfectamente el día en que Lola, la vieja amiga de María, cruzó el barrio como alma que lleva el diablo, con el rostro totalmente pálido a pesar del evidente esfuerzo que estaba haciendo para correr. Gritando a los vecinos que cerrasen puertas y ventanas, pues supuestamente, el alma en pena de su amiga María, venia hacia la aldea seguramente, en busca de algo o de alguien.

 

También recuerdo la cara de María cuando nos contó, como venía caminando desde la estación, y como de frente, se encontró a su amiga Lola que caminaba con un gran fajo de hierba sobre la cabeza. Esta, al verla, arrojó la hierba al suelo, se santiguó, y salió corriendo en dirección a la aldea.

 

Tardamos un poco en explicar a María lo sucedido, pero mucho más nos costó convencer a su amiga Lola, que todo se había debido a un error, un increíble y terrible error que llevó a vecinos y familiares a enterrar en su cementerio a una desconocida, y a María, a convertirse al menos por unos minutos, en una autentica y real alma en pena que casi da un susto de muerte a Lola, su mejor amiga.

 

 

Basado en un hecho real

Autor: Jaime Ramos Lorenzo

Fecha: 1 de febrero de 2013