El último día

“A veces llega un momento en que te haces viejo de repente, sin arrugas en la frente, pero con ganas de morir...” Eso es lo que reza una famosa canción del grupo castellano-leonés “Celtas Cortos”. Muchas veces, la música y la letra de las canciones nos llegan al alma porque son capaces de reflejar perfectamente nuestro estado de ánimo, por muy bajo o por muy excitado que este se encuentre en un momento determinado de nuestras vidas.

 

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Jose se había hecho viejo de repente, a sus recién cumplidos 31 años no tenía arrugas en la frente, pero aun así, durante los últimos meses, las ganas de morir lo fueron invadiendo poco a poco, hasta tal punto, que un día de febrero, decidió que sin duda alguna aquel día sería el último día de su vida.

 

Es muy difícil sino imposible, imaginarse que puede estar pasando por la cabeza de un joven para llegar a una decisión tan desesperada, pero la dura verdad, es que cada día que pasa, me pregunto con más frecuencia como hechos como este no suceden incluso más a menudo.

 

Todos deseamos y aspiramos a ser buenas personas, buenos con nuestra familia, con nuestros amigos, con nuestros vecinos. Ser buenos padres y trabajar para dar a nuestros hijos la vida que cualquier ser humano merece. Pero llega un tiempo de crisis, de paro, de no ser capaz de cumplir con las expectativas que la sociedad y tú mismo te has marcado para el futuro inmediato.

 

Por más que lo intentas, la presión económica te aferra con su fuerte puño de acero. El paro se agota y no encuentras ninguna salida digna, ni siquiera indigna, que te haga sentir valioso para ti y los tuyos, que te haga sentir realmente necesario en esta sociedad, a pesar de que en realidad, y aunque tú no eres capaz de verlo así en ese momento, si lo eres y mucho para las personas que te quieren y te aprecian. Con cada nueva decepción, con cada nueva puerta que se cierra ante ti, tu autoestima se desmorona y se hunde en un precipicio del que cada día te resulta más difícil salir.

 

Muchas veces me pregunto hasta donde llega nuestra responsabilidad en situaciones como esta. Vivimos en un mundo en el que tanto vales como tanto tienes, y en el fondo, nosotros, las personas que una a una formamos parte de ese global llamado “sociedad”, somos los verdaderos responsables de nuestra voraz y consumista forma de vida, de esta situación que creamos, alimentamos y sin embargo, detestamos hipócritamente en público. Y cuando esa confortable forma de vida se rompe en mil pedazos, levantamos los ojos en busca de ayuda, una ayuda que nunca llegará porque la banca, la política e incluso la Iglesia, está dirigida por personas como nosotros, por personas que se han vuelto avariciosas y muchas veces inútiles, incapaces de ver más allá de su propio ombligo, incapaces de ver la desesperación en los ojos de sus hermanos.

 

Jose utilizó las redes sociales para anunciar que ese día, el martes 19 de febrero de 2013, sería el último día de su vida. Recibió, como no, varios mensajes de apoyo y ánimo, fríos mensajes que nada valen si no están acompañados del imprescindible calor humano que los hace realmente valiosos, sin el verdadero apoyo que sólo en primera persona se puede transmitir a alguien que anuncia de una manera igualmente fría, el fin de sus días.

 

Sentado en la soledad de su automóvil, Jose contempló por última vez la ciudad que a esas horas yacía sumergida en la oscuridad de la noche. Pasaban los minutos y el reloj se acercaba cada vez más rápido a las doce, a partir de ese momento, sería un nuevo día el que comenzase, con nuevas decepciones y contratiempos,  pero también, con nuevas esperanzas de futuro.

 

Superado el último minuto, su mente se sintió liberada de la presión que su mortal decisión ejercía sobre ella, y todos aquellos pensamientos negativos que lo habían llevado a aquella situación, a aquel apartado lugar, poco a poco, fueron dando paso a nuevos y esperanzadores pensamientos.

 

Encendió el motor de su automóvil, y de manera pausada salió del estacionamiento para dirigirse de nuevo a su casa.

 

Circulaba por la N-120 con la cabeza todavía llena de sentimientos encontrados, la imagen de su esposa y de sus dos pequeños hijos, la imagen que al final le había dado la valentía necesaria para seguir adelante, para seguir intentándolo, le hizo llorar como nunca había hecho hasta entonces. La luz de dos potentes focos, distorsionada por las lágrimas que inundaban sus ojos, fue lo último que Jose vio en esta corta y difícil vida que le tocó vivir.

 

A veces, por muy negativos que estos sean, nuestros deseos se ven cumplidos por un destino que carece de corazón y de sentimientos, y que no obstante, amparado por nuestra pasividad, es el encargado de guiar casi siempre nuestras vidas.

 

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“He buscado en los desiertos, de la tierra del dolor, y no he hallado más respuesta, que espejismos de ilusión. He hablado con las montañas de la desesperación, y su respuesta era solo, el eco sordo de mi voz…”  (La senda del tiempo - Celtas Cortos)

 

 

  

 

Nota del autor: 

Dedicado a mi esposa, porque "La senda del tiempo" marcó nuestra vidas a partir de un 21 de febrero, del cual ayer mismo, se cumplieron veinte cortos años.

 

Basado en una noticia de prensa

Autor: Jaime Ramos Lorenzo

Fecha: 22 de febrero de 2013