La sombra

Hola, mi nombre es Carlos, antes de comenzar a contarte mi historia, quiero darte las gracias por dedicar unos minutos de tu tiempo a leer este desesperado grito de socorro. Al principio podrás creer que este es uno de tantos relatos extraños que circulan por la red, pero te aseguro amigo mío, y perdona por la confianza que me tomo al tratarte como amigo, que al final de esta breve lectura, estarás totalmente convencido de que todo lo que te cuento es real, tan real como que el sol brilla en el firmamento.

 

Vivo en un pequeño piso del centro de la ciudad, con las persianas totalmente cerradas los 365 días del año. Como iluminación, utilizó siempre pequeñas bombillas instaladas en cantidades que no bajan de ocho por habitación, ocultas siempre tras plafones opacos que consiguen que la luz sea suave y difusa. Nunca, nunca nunca, bajo ningún concepto, salgo a la calle, toda mi relación con el exterior se reduce al virtual contacto que me ofrece Internet. Desde aquí realizo las compras necesarias para poder subsistir, no necesito más. Me las dejan en la entrada y las recojo después de comprobar por la mirilla de la puerta que la luz del pasillo está apagada. Mi vida se ha convertido en una auténtica pesadilla, en una paranoia, pero de momento, ni he encontrado a nadie que me crea de verdad, ni he encontrado tampoco una solución a mi problema.

 

Desde el día que colgué este relato por vez primera, muchos han sido los que se han ofrecido a ayudarme. Algunos médicos, médiums de dudosa credibilidad, brujas y exorcistas que son un verdadero mundo aparte, un mundo que no conoces de verdad hasta que no has tratado con ellos. Y al final, diagnósticos errados, remedios que parecían competir entre ellos en repugnancia, y toda clase de proposiciones para que pasara a formar parte de las sectas más absurdas que os podáis imaginar. ¿Y todo esto por qué? te preguntarás, pues porque aunque pueda parecer una tontería, soy un hombre que no se fía de su propia sombra, literalmente.

 

Todo comenzó hace ya cinco largos años, cuando por culpa de la aleatoriedad me tocó el siempre desagradable cargo de presidente de la comunidad. Sólo llevaba unos meses en el cargo cuando falleció un vecino del sexto piso. El hombre, al que sólo conocía de cruzármelo ocasionalmente en el portal, no tenía familia, y como por supuesto ningún otro vecino se ofreció para hacerse cargo de los trámites del entierro, me tocó a mí como presidente esa inesperada y poco grata responsabilidad.

 

El entierro se celebró un martes a las seis de la tarde y a pesar de encontrarnos a seis de marzo, el día transcurrió soleado e incluso bastante caluroso para esa época del año. Al Campo Santo acudimos el cura, un extraño personaje al que no pude ver su rostro y un servidor. Mientras el cura y yo permanecimos al pie de los nichos mientras el enterrador realizaba su tarea, el otro hombre permanecía bastante más alejado, a la sombra de una pequeña capilla particular construida totalmente en mármol blanco. El hombre vestía totalmente de negro, con un amplio sombrero sobre su cabeza y unas oscuras gafas, ese fue el motivo de que no consiguiese verle la cara. El entierro fue rápido, algo que agradecí porque el sol que se encontraba a nuestra espalda, empezaba a escocerme desagradablemente la pequeña pero imparable calva, que desde hace ya unos años, se ha adueñado hostilmente de mi cocorota.

 

Cuando regresaba a casa, antes incluso de llegar a abandonar el cementerio, me di cuenta de que algo no iba bien, en ese momento no me di cuenta de que se trataba exactamente, pero no tardé mucho en horrorizarme al saber el verdadero motivo de mi repentino malestar.

 

Caminaba tranquilamente en dirección a mi casa y por casualidad, me fijé en la imagen que reflejaba la ventanilla trasera de un taxi que estaba parado en un semáforo, en la imagen se me veía claramente aguardando en la acera a que el semáforo me concediese el paso con su habitual color verde, tras de mí, mi sombra se movía de manera extraña. Me fije bien y vi como a pesar de que mi cuerpo estaba totalmente quieto en el reflejo, mi sombra, mi propia sombra, parecía tener vida propia, moviéndose de manera irregular, como si sufriera un terrible espasmo, moviéndose a cámara rápida adelante y atrás. En uno de esos tirones, mi sombra logró segregarse de mi cuerpo y mientras yo me encontraba en estado de shock ante aquella visión, el taxi arrancó a toda velocidad, seguramente, a la búsqueda de un nuevo cliente antes de que el día tocara a su fin.

 

Cuando entré en casa encendí las luces del pasillo, nervioso, que digo nervioso; terriblemente acojonado, miré por el rabillo del ojo a mi costado derecho, algo que no me había atrevido a hacer hasta ese momento, y ahí estaba, mi sombra, unida como un siamés a mis pies.

 

Las horas que pasaron hasta que por fin me quedé dormido, fueron realmente angustiosas, no era capaz de concentrarme en nada, quería leer pero no podía, encendí la televisión y las parpadeantes imágenes de la pantalla hacían que mi sombra se multiplicase y se moviese al ritmo frenético de un anuncio que ya no recuerdo que anunciaba, inmediatamente apagué el televisor y me fui a la cama, me costó horrores conciliar el sueño y para cuando lo logré, este dio paso a inquietantes pesadillas que me persiguieron durante toda la noche.

 

A la mañana siguiente, me estaba afeitando y la luz del mueble del cuarto de baño, provocaba debido a su altura, una sombra de mi cuerpo mucho más pequeña que este, me centré en el afeitado y de repente, la sombra pareció cobrar vida propia, creciendo en tamaño como si alguien estuviese bajando la altura de la lámpara que me iluminaba, algo que por supuesto no estaba sucediendo. Me miré en el espejo, completamente inmóvil, sin separar la maquinilla de mi cara, la sombra era ahora mucho más alta que yo, algo totalmente imposible, pero no menos que cuando pareció cansarse de la postura estática y se movió libremente, provocándome un verdadero ataque de pánico. Salí disparado del baño, cerré la puerta como si con ello pudiese lograr atraparla allí dentro. Todavía no había abierto las persianas, algo que ya nunca más volví a hacer, por lo que mi sombra era provocada por la luz de mi dormitorio, la observé y mientras yo estaba quieto pegado a la pared, ella avanzó unos pasos, se volvió como si me mirase y de pronto, cogió la lámpara que tenía sobre la mesilla, la levanto como si ella fuese algo material y justo en el momento en que me pareció que me iba a atizar con la lámpara, apagué la luz y me encogí esperando el inevitable golpe. Pasaron varios segundos hasta que me di cuenta de que el golpe no llegaría jamás. Encendí de nuevo la luz y la lámpara estaba como siempre en su sitio, mi sombra no obstante, había abandonado la habitación y la unión permanente con mi cuerpo.

 

Acontecimientos como este se repitieron y se siguen repitiendo constantemente desde ese día, por ese motivo, mi casa carece de sombras gracias a la nueva disposición de la luz artificial, como mucho, proyecta una sombra muy débil que parece no tener fuerza suficiente para atacarme. Incluso la pantalla del ordenador desde el que estoy escribiendo, tiene el brillo al mínimo y una lámina protectora que evita que emita una luz capaz de generar sombras, aun así, suelo escribir sin que la pantalla este totalmente de frente a mi posición.

 

Como te conté hace un rato, a través de Internet contacté con todo tipo de personas y personajes que me prometieron ayudarme, algunos marcharon realmente acojonados de mi casa, otros pensaron que yo estaba chalado y los que más, simplemente querían quitarme dinero, pero un día, recibí un e-mail de un hombre que vivía en una pequeña aldea de Pontevedra, en Galicia. En el correo que me envió me llamaron poderosamente la atención tres cosas que me dijo. Que me creía, que sabía exactamente qué era lo que me estaba pasando, y la más importante de todas, que realmente me podía ayudar.

 

Ese mismo día lo llamé al teléfono que me facilitó en el e-mail, y tres días después, Juan, que así se llamaba el hombre, estaba llamando al timbre de mi piso.

 

Cuando entró, lo primero que me sorprendió fue su avanzada edad, por teléfono me había parecido mucho más joven e incluso el hecho de que contactase conmigo a través de Internet, hizo que me reafirmase en esa idea. Este último punto quedó aclarado cuando Juan, con una amplia sonrisa, me contó que había sido su nieto el que realmente había leído mi historia y luego se la había contado a él, los e-mails, por supuesto, los había enviado el nieto transcribiendo exactamente lo que él le decía.

 

Tomamos un café y charlamos largo rato, el hombre me pareció francamente sincero y además, que coño, se había desplazado más de seiscientos kilómetros en tren sin que yo le hubiese tenido que pagar ni un solo euro, ni siquiera pensé por un minuto que su intento de ayuda tuviese nada que ver con el dinero, cosa que desgraciadamente no podía decir de otras visitas anteriores.

 

El hombre me convenció totalmente, sin duda sabía de lo que hablaba y creí sus palabras cuando me aseguró que sabía lo que había que hacer para solucionarlo, por desgracia, tendríamos que esperar hasta esa misma noche para poner el remedio en práctica, no podíamos arriesgarnos a que nos viesen y mucho menos, a que yo me expusiese a la luz directa del sol provocando una constante y fuerte sombra.

 

Juan y yo quedamos en vernos a las puertas del edificio a la una de la madrugada, lo acompañé hasta la puerta y antes de abrir, como siempre, me aseguré de que la luz del pasillo estuviese apagada. Abrí la puerta y cuando Juan ya estaba en el umbral, se volvió y me dio la mano a la vez que me dijo que no preocupase de nada, que todo saldría bien. Avanzó lentamente hacia el ascensor, se metió dentro y en ese momento la luz del pasillo se encendió, justo antes de yo cerrase la puerta de golpe, pude comprobar como si sombra salía rápidamente de mi piso y se metía en el ascensor antes de se cerrasen las puertas, del pobre Juan, nunca más volví a saber nada.

 

Hace unos meses, recibí un nuevo e-mail del nieto de Juan, el chico que ahora tiene ya diecisiete años, me dijo que muy pronto me visitaría, que el vendría a terminar lo que su abuelo había empezado, pero que todavía tenía que conseguir algunas cosas que le hacían falta para conseguir mi liberación.

 

Vivo con la esperanza de que el nieto de Juan me pueda ayudar, pero por si acaso, sigo pidiendo ayuda a través de la red, porque cada día que pasa, creo que mi sombra es más fuerte y que pronto será imposible acabar con ella.

 

 

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Galicia, año 1936

 

Los padres de Juan estaban trabajando en la siembra cuando una vecina llamó a la puerta de su casa, su abuela abrió y comprobó que era una vecina pidiendo ayuda. La abuela dijo al niño que saliese a jugar al patio y mandó entrar a la mujer, Juan, lleno de curiosidad por la evidente desesperación que mostraba la vecina, entró de nuevo por la puerta trasera de la casa y se ocultó tras un viejo sillón a escuchar la conversación entre las dos mujeres.

La vecina le pedía ayuda a su abuela porque al parecer, la sombra de su hija había sido robada por un muerto y en su lugar, el muerto le había colocado su propia sombra a la joven.

La abuela de Juan la tranquilizó, le dijo que esa noche la acompañaría al Campo Santo para liberarla, que a las dos de la madrugada la recogería en su casa y que no se preocupara por nada, que todo saldría bien.

Cuando la señora marchó, la abuela cerró la puerta y llamó por Juan con total tranquilidad, el muchacho se asustó al darse cuenta que su abuela lo había descubierto. Salió de su escondrijo y juntos, se sentaron al lado de la lareira, donde su abuela le contó el primero de lo que serían cientos de relatos:

 

 

 

   - Mira mi niño, en esta vida hay cosas que vemos y que tememos, pero hay otras cosas que no vemos, que son mucho más peligrosas que cualquiera otra cosa que nuestros ojos puedan mostrarnos.

 

Escucha bien lo que te voy a contar porque poco a poco, estos remedios, se van perdiendo con el paso de los años y tú, aun puedes ayudar a mucha gente.

 

La hija de Carmiña tiene la sombra cambiada, ayer fue a un entierro y se puso enfrente de los nichos. Col el sol del atardecer a sus espaldas, su sombra estaba justo dentro del nicho cuando el enterrador puso la lápida, por eso quedó allí atrapada mientras el difunto, queriéndose aferrar a una vida que ya no tenía, cambió su sombra por la de la chica, ahora quiere recuperarla para pasar al otro lado, y sólo puede hacerlo si la chica muere. Por eso debemos ayudarla

 

A las tres de la mañana, ni un minuto antes ni un minuto después, tenemos que meter dentro del nicho unas ramas de roble, la lana de una oveja joven, el diente de una vaca y las púas de tres erizos. Cuando todo esté colocado dentro, debemos prender fuego a la lana y cuando todo vaya prendiendo, colocar de nuevo la lápida para que el fuego se consuma lentamente. Así liberaremos a la sombra de la hija de Carmiña y el difunto, podrá seguir el camino con su propia sombra  

 

 

 

Género: ficción

Autor: Jaime Ramos Lorenzo

 Fecha: 1 de marzo de 2013