El libro de los pecados

Toda mi vida la dediqué a la compra-venta de libros antiguos, sobre todo ejemplares raros y únicos que me reportaban el dinero suficiente para llevar una vida tranquila. Era un trabajo monótono y aburrido, pero me permitía disfrutar de un codiciado tiempo libre que dedicaba sobre todo a la lectura y a intentar escribir mi gran obra maestra. Una obra que me reportase la riqueza y el reconocimiento mundial que nunca llegó y que de alguna manera, acabó convirtiéndose en la mayor frustración de mi vida, al menos, hasta el día de hoy.

 

Mi esposa, fallecida ya hace cinco largos años, murió sin que la naturaleza nos concediese el don de la procreación, desde entonces, yo me fui convirtiendo paulatinamente en el hombre solitario que ahora soy. Sin descendencia, sin familia y sin amigos, mi vida entera la dediqué siempre a mi negocio y a mis libros, nunca me preocuparon las relaciones sociales y ahora, en cierta medida, no hay día en que no me arrepienta por ello, pues creo que todo lo sucedido se debe en buena parte, a esa insana soledad que yo mismo me procuré.

 

No recuerdo con exactitud la fecha, mi memoria ya no es lo que un día fue, pero creo  que debía de ser el año mil novecientos cuarenta y cinco o cuarenta y seis. Lo que si recuerdo es que era invierno, en la calle hacía un frío atroz y las primera gotas de aguanieve hicieron su aparecieron desde primera hora de la mañana, por eso, apenas se veía gente caminando por la avenida en la que se encontraba mi pequeña librería. Estaba completamente ensimismado en la lectura de un viejo ejemplar que hacía sólo unos días había llegado a mis manos, cuando el tintineo de la campanilla de la puerta me devolvió inmediatamente a la monótona realidad. Levanté la cabeza y mirando por encima del vidrio de mis gafas de lectura, observé al cliente que acababa de entrar y que se hallaba de pié observándome desde la puerta. Vestía un pantalón gris oscuro, un gran abrigo del idéntico color y un sombrero que llevaba calado sobre su cabeza y que apenas permitía adivinar parte de su rostro.

 

 

-  Buenos días- dije sin entusiasmo y sin quitarle el ojo de encima.

 

 

El hombre, un tanto indeciso y sin responder a mi saludo, se acercó lentamente al mostrador, a medida que avanzaba vi que de reojo observaba cuidadosamente todas las estanterías. Fue entonces cuando advertí que en su mano derecha portaba un voluminoso paquete del cual no me había percatado hasta ese momento.

 

Cuando llegó a donde yo me encontraba, puso el paquete sobre el mostrador, del bolsillo de su abrigo extrajo una pequeña navaja que abrió con rapidez y, sin apenas darme tiempo a valorar la situación, el hombre cortó con ella el cordel que sujetaba el envoltorio del paquete, retiró el papel y extrajo un libro, lo giró, y lo acercó lo suficiente para que quedase justo ante mis ojos.

 

 

-  Deseo vender este libro –dijo- y me pregunto si estaría usted interesado en su adquisición.

 

 

Levante la cabeza, lo miré, miré de nuevo el libro e hice ademán de cogerlo

 

 

-  ¿Puedo? –pregunté-

-  Por supuesto -contesto él-

 

 

El libro era grande, con tapas oscuras de piel curtida y envejecida por el paso de los años, no tenía título ni descripción alguna en su portada, en la página dos, aparecía un título en hebreo escrito a mano, bajo este y con distinta caligrafía, una columna de títulos se repetía en varios idiomas y por supuesto, también en el idioma de Cervantes, “El libro de los pecados” decía la traducción escrita al final de aquella columna. Pasé las dos siguientes hojas que estaban en blanco, y en la quinta, aparecían por fin las primeras palabras escritas igualmente a mano y en hebreo. Al no tratarse de una lengua que yo dominase con facilidad, pasé varias hojas sólo por curiosidad. Entonces me di cuenta que el libro constaba de varios capítulos, todos ellos escritos con distinta caligrafía y en diversos idiomas. Evidentemente los autores del manuscrito habían sido varias personas distintas, algo no muy común, e incluso pude comprobar que el libro no estaba escrito en su totalidad, sino  aproximadamente sólo un tercio de su capacidad real. Descubrí que el último capítulo estaba escrito en castellano, con una caligrafía apretada y dulce que facilitaba y hacía realmente agradable su lectura.

 

Leí unas líneas, aunque me resultaron del todo insuficientes para adivinar sobre qué podía tratar el libro. El hombre, me miraba atentamente y me interrumpió preguntándome de nuevo si estaba interesado en el libro.

 

 

-  ¿Conoce usted la procedencia de este libro y sobre que versa su contenido? –pregunté-

-  Bueno, digamos que eso lo tendrá que averiguar usted mismo- me contestó su propietario- Usted es el experto, no yo.

 

 

Con cuidado revisé todos los detalles del libro, fijándome especialmente en aquellos que podían arrojarme alguna luz sobre su antigüedad y procedencia, buscando alguna pista oculta al ojo inexperto, y así fue como en el interior de la tapa trasera, encontré un minúsculo símbolo que en el siglo XIII aplicaban a los manuscritos cuyo contenido debía de mantenerse oculto, o bien por la trascendencia de su contenido, o bien por tratarse de un ejemplar prohibido por los poderes religiosos y/o políticos de la época. No obstante, era evidente que el símbolo se había añadido a posteriori y no cuando el libro fue encuadernado, algo que evidenciaba que su antigüedad era incluso mucho mayor.

 

Intenté disimular mi sorpresa y emoción ante aquel hallazgo, e intentando que mi voz sonara lo más tranquila y natural posible, dije al cliente.

 

 

-  Bueno, la verdad es que necesitaría un poco más de tiempo para estudiarlo, me resulta difícil hacer una valoración así, sin más información.

 -  No deseo hacerle perder el tiempo- me contestó el hombre con un cierto tono de brusquedad- ni que usted me lo haga perder a mí, pero estoy seguro de que podremos llegar a un acuerdo cuando le diga el valor que para mí tiene este libro.

Yo pagué por su adquisición treinta monedas de plata, por lo tanto, me parece un precio más que justo esa misma cantidad.

 -  ¿Treinta monedas de plata?

 -  Ni una más ni una menos. Pueden ser pesetas, dólares, francos o escudos, me da lo mismo siempre y cuando sean de plata, si está de acuerdo cerramos el trato y si no, como ya le he dicho, no deseo que pierda más tiempo del necesario con esta transacción.

 

 

Tuve la sensación de que aquel hombre no sabía muy bien lo que estaba vendiendo, ¿sino porque querría vendérmelo por un precio tan irrisorio? aquel libro se podía vender en una subasta por una cantidad realmente escandalosa. A pesar de no entender sus motivos ni porque para venderlo lo traía a mi pequeña tienda, sabía que aquella era sin duda una oportunidad que no podía dejar escapar, una auténtica ganga que me podría reportar pingües beneficios a pesar de que a mi edad, no era el beneficio económico lo que buscaba, sino el simple placer de poseer y leer un manuscrito único en el mundo.

 

Decidí no pensar más en sus motivos y centrarme en la compra, casualmente en la caja fuerte que tenía en la trastienda guardaba una excelente colección de monedas antiguas, sin duda podía conseguir otras de un valor mucho menor, pero sabía que esa oportunidad sólo se me presentaría una vez en la vida y además, que demonios, incluso dándole todo el dinero que tenía en la caja fuerte, aquel seguía siendo un magnífico negocio.

 

Cogí el dinero y le mostré treinta monedas al vendedor del libro, las miró sin mostrar el más mínimo interés y me dijo que estaba de acuerdo. Guardé de nuevo las monedas en una pequeña bolsa de terciopelo azul y ambos firmamos un contrato de compra venta para legalizar la transacción, fue entonces cuando supe el nombre de aquel hombre, Francisco José Ignacio de Sousa

 

 

-  Buenos días, espero que disfrute con la lectura y… le deseo toda la suerte del mundo- Dijo el hombre dispuesto sin duda a marcharse.

-  Igualmente deseo lo mismo para usted –respondí yo-

 

 

El hombre salió de la tienda tan discretamente como había entrado. Yo por mi parte abrí de nuevo y de manera inmediata el libro, la curiosidad por saber un poco más sobre aquel manuscrito me embargaba.

 

A los pocos minutos escuché un alboroto en la calle, una calle que hasta ese momento debía de ser probablemente la calle más vacía del mundo. Me asomé a la puerta y miré a través de la cristalera para ver si acertaba con lo que estaba sucediendo. Vi que al otro lado de la calle, el tranvía estaba detenido y que un grupo de personas se encontraban delante de él.

 

Abrí la puerta y pregunté a un señor que en ese momento cruzaba en dirección a mi tienda, me aclaró que el tranvía había atropellado a un caballero y que todo hacía pensar que probablemente había fallecido.

 

Sin necesidad de cerrar con llave debido a la cercanía y a que nadie entraría en mi humilde librería con intención de robar, crucé la calle atraído por la curiosidad y si por algún infortunio no deseado, conocía la identidad de la persona accidentada. Mi sorpresa fue mayúscula cuando vi tendido en el suelo al hombre que minutos antes había abandonado mi tienda. Su sombrero estaba bajo el tranvía, de su mano ahora extendida había caído la pequeña bolsa de terciopelo azul, y en su cara, una extraña mueca que más me pareció una sonrisa que una expresión de miedo o dolor.

 

Al día siguiente estuve pendiente de las noticias que hablaban sobre accidente. Los únicos testigos, pasajeros todos ellos del tranvía, habían asegurado que el hombre estaba en la acera, como si esperase para cruzar, y en el mismo momento en que el vagón del transporte público llegaba a donde él se encontraba detenido, dio un paso bajándose de la acera e interponiéndose en el camino del tranvía, sin dar a su conductor la más mínima oportunidad de accionar los frenos. Otra noticia que me sorprendió, es que al parecer todavía no habían identificado el cadáver. Nadie lo había dado por desaparecido ni había reclamado su cuerpo. A pesar de que me puse en contacto con las autoridades para contarles lo sucedido y facilitarles el nombre de aquel hombre, pasaron las semanas, los meses, y nunca nadie llegó a saber quién era en realidad. Mientras eso sucedía, yo, descubría con asombro y pesar el contenido del extraño manuscrito.

 

A medida que iba leyendo las páginas de aquel libro, la sorpresa por su contenido me embargaba con una mezcla de curiosidad y terror, pues de ser cierto lo que estaba leyendo, mi alma estaba condenada por los siglos de los siglos. Para que mi sucesor sepa realmente de lo que estoy hablando, no relataré de nuevo la maldición que pesa sobre este libro y sobre sus eventuales propietarios, pues de manera más detallada y correcta que yo, lo hicieron ya sus anteriores dueños, simplemente, escribo esto para contar como este libro llegó a mis manos y sin un día encuentro a la persona que me suceda en su propiedad, así mismo lo haré constar en el capítulo veintiuno, que es el que a mí me ha correspondido escribir.

 

 

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El libro de los pecados.

Capítulo veinte.

 

Mi nombre es Francisco José Ignacio de Sousa y Heredia. En el año 1721 viajé a las Indias con intención de abrir una nueva vía de negocio para mi empresa de textiles. Coincidió con ese viaje la celebración de mi trigésimo quinto aniversario de matrimonio, por tal motivo, adquirí a un anciano el libro que tú, mi sucesor, ahora tras mi ansiada muerte estarás leyendo. La adquisición del libro fue con motivo de llevar a mi esposa un regalo con el cual, estaba seguro de que la haría muy feliz, pues su pasión por los libros y sobre todos por los antiguos manuscritos, superaba con creces cualquier otra afición que ella pudiese tener.

 

Aún sin finalizar mi estancia en la India, esta tuvo que ser suspendida al recibir un telegrama en el cual se me informaba que mi esposa estaba gravemente enferma. De manera inmediata organicé todo para regresar a casa lo antes posible, pero fue insuficiente, para cuando llegué, ella ya había fallecido.

 

Seis meses más tarde, mi hijo mayor falleció igualmente, en este caso, debido a un inexplicable accidente ocurrido con una de las máquinas de nuestra empresa. Desolado, seguí adelante apoyándome para ello en mi pequeña Marieta, con sólo trece años, había perdido a su madre y a su hermano y ahora más que nunca, ambos necesitamos del consuelo mutuo para poder seguir adelante. A los cuatro meses, mi Marieta enfermó gravemente, los médicos no sabían explicarme que mal la aquejaba, pero su vida se apagaba y a pesar de que mi fortuna me permitió pagar los mejores especialistas del mundo, nada pudieron hacer por salvar su todavía joven vida.

 

Desolado, me encerré en mi casa de las afueras. Mi única relación con el mundo era a través de los empleados que cuidaban la casa, ellos se encargaban de realizar las compras necesarias para que yo no tuviese que salir de mi encierro voluntario, esto también hizo que mi floreciente empresa, fuese a la quiebra en muy poco tiempo debido a mi ausencia.

 

Esos largos años de soledad, los dediqué casi en exclusiva a leer los libros que mi amada esposa guardaba celosamente en su biblioteca particular. La echaba de menos, y aquellos libros que todavía guardaban atrapado en su interior el aroma de mi amada, me hacían sentirme un poco más cercano a ella. Un día, cuando ya casi había terminado de leer aquella cuidada colección de libros, decidí empezar a leer el ejemplar que había comprado en las Indias como regalo de aniversario, el libro que ella, jamás llegó a leer.

 

Este libro, a cuyo anterior propietario tuve que pagar treinta monedas de plata para que me lo vendiese, me ha revelado el motivo de todas mis desgracias. La maldición que pesa sobre este libro, fue la causante de todos los infortunios que he vivido a lo largo de los últimos años, y que al parecer, seguiré viviendo hasta el día en que me muera, un destino que me ha sido igualmente arrebatado por culpa de este manuscrito.

 

Como sus anteriores propietarios, escribiré en él mis pecados más ocultos, los más terribles secretos que jamás confesé a nadie, luego, buscaré a quién me suceda en su posesión. El libro indica de manera clara que el precio de su venta será siempre el mismo, a pesar de los años que transcurran, su precio será de treinta monedas de plata, lo que el libro no revela, es a quién se le debe vender, por ello, buscaré a una persona solitaria, sin familia, para que su posesión no le resulte tan traumática como a muchos de sus anteriores propietarios…

 

…He descubierto que el libro, fue creado por un encuadernador hebreo para escribir en él los terribles crímenes que llevaba cometiendo desde hacía años, violaciones, canibalismo, atroces asesinatos y mutilaciones de niños, componían lo que ahora se conoce como el Capítulo uno del Libro de los pecados. La necesidad de dinero para huir de su país, hizo que el encuadernador lo vendiese por treinta monedas de plata a un mercader egipcio, esa misma noche, cuando intentaba huir, el encuadernador fue apresado y ejecutado por lapidación en la ciudad en la que vivía, su cuerpo, fue luego abandonado en las afueras para servir como alimento de las bestias carroñeras.

 

Pocos días después de que el mercader regresase a su casa cerca del Nilo, su hijo de cinco años murió devorado por un caimán mientras jugaba a orillas del río. Su esposa, encontró el libro y tras leer sólo una parte del único capítulo escrito en él, sufrió una terrible convulsión y dijo mientras entró en un estado de trance, que aquel libro estaba escrito por el mismísimo hijo de satanás y que los crímenes en el descritos, lo habían convertido en un libro maldito para todo aquel que lo poseyese.

 

        … Por fin hoy, doscientos veinticuatro años después de haberlo comprado, llevaré el libro a la pequeña librería de la avenida Diagonal. Si el viejo librero acepta mi oferta y compra el manuscrito, sabré que he dado con la persona correcta y que su vida, al igual que la mía y la de los anteriores propietarios, oculta muchas más mentira y secretos de los que nunca admitirá. Si es así, por fin podré abandonar este largo y doloroso purgatorio en el que se ha convertido mi vida. Sólo me duele saber que mi deseo de reunirme con mi amada no sucederá jamás, el cielo no está esperándome. Mis pecados escritos en el libro y el hecho de que este llegase a mis manos, son la sentencia firme y verdadera de que mi eterno destino será sin lugar a dudas, otro bien distinto y mucho más cruel.

  

 

Género: ficción

Autor: Jaime Ramos Lorenzo

Fecha: 29 de marzo de 2013