Testimonio de un microgramo

Si la gente supiese los motivos, quizás sus vidas fuesen menos hipócritas, pero es parte de nuestra idiosincrasia y no lo podemos evitar. Nos regocijamos en las penurias ajenas como los cerdos lo hacen en el barro, nos reímos de las desgracias de los demás como se ríen los poderosos de sus lacayos. El mal que sufren los demás, es la adictiva medicina que utilizamos para aliviar nuestros propios males, para hacernos creer a nosotros mismos, que somos mejores que los demás, que nuestros pecados, son siempre menos perjudiciales que los de nuestros hermanos.

 

A lo largo de mi vida he sufrido al menos por dos. Dicen, que por cada persona que es feliz hay una que no lo es, por cada persona que tiene mala salud, hay una que siempre está sana, que por cada persona que sufre, hay una que goza plenamente de la vida. Es el ying y el yang, el equilibrio del universo. Todo lo negro tiene un blanco opuesto, es la balanza que siempre marca con su vertical aguja el equilibrio entre lo bueno y lo malo, entre lo justo y lo injusto, y sobre mis hombros, recae el peso de al menos dos personas, yo, y mi opuesto positivo.

 

Sinceramente, en estos últimos momentos, no me molesta el papel que me ha tocado vivir, ya no. Si gracias a mi sacrificio y a mi vida otra persona ha vivido bien, sé que he contribuido a ese necesario pero injusto equilibrio. Cierto es que siempre me ha tocado el lado negativo de la balanza, pero por desgracia, nadie puede elegir en qué lado nacerá, ni en qué lado transcurrirá su vida.

 

Miro la soga que cuelga del techo y me pregunto si será lo suficientemente fuerte, si será capaz de soportar el peso de tanto sufrimiento y tanto dolor. Aun así, reconozco que no necesito comprobar su resistencia, pues sé que hoy, mi suerte tampoco cambiará.

 

Las crisis, las guerras, la religión e incluso el hambre en el mundo, sirven sólo para enriquecer a unos a costa de otros, para restaurar el equilibrio cuando el peso de uno de los lados comienza a hacer peligrar la estabilidad impuesta por nuestra propia naturaleza, la estabilidad con la que nos subyuga el poder establecido en el que delegamos nuestro destino y nuestro futuro.

 

Sé que algún día naceremos de nuevo, que algún día seremos conscientes de que nosotros somos los que debemos tomar las riendas de nuestra propia vida, entonces ese equilibrio se romperá, y ese día, conoceremos de verdad el significado de la democracia y de la igualdad, romperemos el equilibrio y las ataduras morales, religiosas y políticas que durante siglos nos han convertido en esclavos de nuestros propios hermanos, pero ese día, sin duda, no será hoy.

 

Me subo a la mesa, desde lo alto todo se ve de manera diferente, tengo la sensación de que todo lo que me rodea se ha vuelto mucho más pequeño, mucho más insignificante, pero sé que si bajo de aquí, de nuevo todo volverá a su justa medida, los problemas serán igual de grandes que ayer, y probablemente, mucho más pequeños de lo que lo serán mañana.

 

Paso mi cabeza por la soga y tiro de ella para que el nudo corredizo se ajuste a mi cuello, doy un paso y me pongo al borde de la mesa, ¡Ya falta poco! un pequeño paso más para el hombre, y un gran paso para que la mezquina balanza de la humanidad se equilibre de nuevo. Mañana, el banco se podrá quedar con mi casa, mi salud ya no causará gastos a la sanidad de mi país, mi pensión servirá para llenar sobres de dudoso destino. Ya nadie tendrá que lamentarse por mí, ya nadie tendrá que cambiar de acera para no encontrarse conmigo y fingir una inexistente compasión, ya no, pero tampoco nunca lo he querido así.

 

Aquí, colgado de la soga que me asfixia lentamente, la vista se me nubla y poco a poco todo lo que me rodea desaparece, incluso el dolor. La tranquilidad se adueña ahora de mi cuerpo inerte, la paz embriaga mi alma por fin liberada.

 

Mañana, los noticieros hablaran de mí, me presentarán como una nueva víctima de esta despiadada crisis y del fanático consumismo de nuestra sociedad. Unos, se aprovecharán para usarme a modo de ariete con el que intentar derribar a los que ahora tienen el poder. Los otros, desde sus altivas atalayas, se justificarán diciendo que ellos no fueron los que me llevaron a esta situación. Pero lo único realmente cierto, es que por fin, esa será ya mi última aportación al engañoso y cruel equilibrio de la balanza. Después otros seguirán mis pasos, al igual que otros muchos lo hicieron antes, pero tampoco importará ¡nunca lo ha hecho! Por cada nuevo rico, por cada nuevo poderoso nacido o creado, se necesitan cientos o miles de pobres y humildes con los que alimentar su insaciable deseo de grandeza. Sólo alterando la balanza, se puede garantizar que su aguja seguirá marcando el centro de la justicia y de la igualdad. La balanza universal que rige nuestro destino está alterada por el poder y la corrupción. Nosotros, tan sólo somos pequeñas e insignificantes piezas de un microgramo que día a día, se amontonan a uno u otro lado de su despiadada aguja, hábilmente trucada para que, a pesar de la desproporción entre los volúmenes cargados en sus platillos, siempre permanezca inamovible de su cómoda posición vertical.

 

 

Género: Ficción, o no.

Autor: Jaime Ramos Lorenzo

Fecha: 5 de abril de 2013