La aldea maldita

Julián vivía en la montaña, en una de las tantas aldeas que aun a día de hoy, forman parte del disperso rural gallego. La historia aconteció en los tiempos en que se comían castañas en lugar de patatas y los maestros, mal vivían con un mísero sueldo que difícilmente les permitía comer caliente todos los días.

 

En la pequeña aldea, hoy deshabitada, vivían por entonces unos sesenta vecinos. Todos ellos se conocían entre si y todos, convivían día a día gracias a una sociedad en la que la dependencia entre vecinos, era tan necesaria para sobrevivir como lo era el propio oxigeno que respiraban.

 

Los inviernos eran realmente duros, raro el año en que al menos en un par de ocasiones, no se quedaran completamente aislados por la abundante nieve que cubría toda la montaña. Esos eran sin duda los peores días del año. Sin electricidad, sin ninguna vía de comunicación con las otras aldeas o con el pueblo más cercano, y sobreviviendo gracias a los víveres que los vecinos intercambiaban entre si.

 

Aquel año, recién nacido el mes de enero, murió Raimundo, el marido de María la cesta. La llamaban así porque su difunta madre se dedicaba a hacer cestos de mimbre y cuando llegó al pueblo por primera vez, traía a la pequeña María, que no tendría más de cuatro o cinco meses, en el interior de uno de los cestos que ella misma había fabricado.

 

Julián pasó aquella jornada trabajando en el alpendre, reparando algunos de los útiles de labranza que se habían roto o deteriorado durante la siembra del año anterior. Supo de la muerte de Raimundo por Evaristo el campanero, que era el encargado de tocar la campana cuando había difunto en la aldea.

 

Cuando la luz comenzó a escasear, Julián recogió las herramientas para que no se extraviasen y volvió a la casa. Con la única compañía de su perro Lucero, cenó sin prisa una taza de caldo a la que añadió unos buenos trozos de pan duro, nada más terminar, se calzó los zuecos de madera que había comprado en la feria del pueblo cuando las fiestas del Apostol. Ya en la puerta, acomodó sobre su cabeza una raída boina y salió al frío invernal para dirigirse al velatorio de su vecino.

 

Caminaba por el oscuro y pedregoso camino que llevaba hasta la casa de Raimundo. Su paso era firme y decidido, pero sin llegar a ser tan apurado que no le permitiese corregir su rumbo si se encontraba oculta por la nieve, alguna piedra suelta o alguna de las muchas charcas heladas que salpicaban aquí y allá, los cuatro caminos que unían la casi totalidad de las casas de formaban la aldea.

 

Cuando llegó a la casa, notó que el olor a café fuerte y a aguardiente, se percibía incluso antes de cruzar el umbral de la puerta. Entró en la casa y avanzó por su estrecho pasillo. A su derecha se encontró la cocina, donde los hombres, casi ocultos por el humo del tabaco y el que salía de la pota de café que reposaba sobre la cocina de hierro, charlaban de manera alborotada. Al ver a Julián, la conversación se interrumpió un solo segundo, el tiempo suficiente para que intercambiasen con el recién llegado una especie de saludo, algo mucho más parecido a un sonido gutural que a alguna frase comprensible. La conversación continuó entonces con el mismo entusiasmo que discurría antes de la interrupción y Julián, siguió avanzando hasta llegar a la habitación donde estaba instalada la capilla ardiente.

 

Las mujeres, sentadas en semicírculo alrededor del féretro, vestían de riguroso negro y cubrían sus cabezas con pañoletas del mismo color. En sus manos sostenían rosarios de diferentes tamaños, mientras con un bien acompasado y repetitivo murmullo, rezaban plegarias por el alma del difunto de cuerpo presente. Julián, boina en mano, presentó sus condolencias a la viuda y a su hija antes de volver de regreso a la cocina, donde sin duda, estaría mucho más cómodo que en aquella habitación que lo estremecía y entristecía a partes iguales.

 

Entró en la cocina y antes de sentarse, se sirvió una buena taza de café a la que añadió una más que generosa dosis de aguardiente. Sobre la mesa también había licor café, caña de hierbas, coñac y otras bebidas de amplio contenido alcohólico. Tocino, chorizo, jamón, queso, raxo y pan de maíz. Las bebidas y comidas típicas en aquellas veladas mortuorias, sobre todo, cuando están acontecían en las frías noches de invierno.

 

Los hombres discutían sobre un tema que sorprendió a Julián, pues aun siendo conocedor de que las últimas nieves los habían dejado totalmente aislados desde hacía varias horas, hasta ese mismo momento, desconocía el hecho de que Don José, el cura de la aldea, había bajado el día anterior al pueblo de Monteros y que allí, seguía al resultarle imposible regresar a la aldea.

 

Con esto, unos hombres decían que había que enterrar a Raimundo con o sin cura, otros, en cambio, proponían guardar el féretro en el cobertizo que había detrás de la casa, asegurando que con el frío que hacía, no le pasaría nada al cadáver si lo guardaban allí  durante unos días, a la espera de que Don José regresase en cuanto los caminos estuviesen de nuevo transitables.

 

Unos a favor, otros en contra, licor y café, café y licor, no había manera de ponerse de acuerdo y el amanecer estaba ya a las puertas, aun siendo difícil de saber porque las nubes que de nuevo presagiaban abundancia de nieve, cubrían la montaña hasta tal punto, que parecía que la aldea vivía en una noche casi eterna.

 

Al final, el yerno de Raimundo, hizo valer el deseo de su mujer y su suegra, hija y esposa del fallecido, y este no era otro que Raimundo debía de ser enterrado tal y como reza la iglesia católica, con misa de entrada y acompañamiento hasta el cementerio oficiados por el cura. Además Don José, aparte de cura y vecino, era un buen amigo de la familia. –Y no se hable más- sentenció la hija de Raimundo a su marido, cuando este la hizo conocedora del debate que tenía lugar en la cocina.

 

Durante la mañana del segundo día, cuatro hombres transportaron el ataúd hasta el cobertizo, las mujeres y el resto de hombres acompañaron el traslado en silencio y rezaron juntos un padre nuestro mientras el féretro, era depositado sobre el “chedeiro” de un viejo carro que llevaba allí varios años parado. Luego lo cubrieron con una resistente lona que en alguna ocasión, había servido para cubrir el tradicional palco de la fiesta que los propios vecinos construían cada año con los troncos que ellos mismos talaban en el monte. Antes de salir, rezaron de nuevo para que la tormenta de nieve amainase y que las pistas que conducían a la aldea, pudiesen ser transitadas lo antes posible.

 

Nada más amanecer el tercer día, Julián escuchó de nuevo las campanas mientras daba de comer a las gallinas. Cuando Evaristo volvía de la iglesia, encontró a Julián que lo aguardaba a la puerta de su casa con intención de saber lo sucedido. Evaristo le contó que hacía menos de una hora, la hija de Raimundo se había acercado a casa de su madre para hacerla compañía. Esta se sorprendió cuando encontró la puerta de la casa abierta tan temprano y cuando accedió al interior, encontró el cadáver de su madre tendido en el suelo de la cocina, en medio de un gran charco de sangre.

 

La conmoción sacudió a todos los vecinos que nada más escuchar la campana, se acercaron hasta la casa de la fallecida. Al parecer, María la cesta, había sido atacada por los lobos. Los ataques de estos animales eran habituales en la aldea durante los inviernos especialmente duros, pero nunca habían atacado a las personas y mucho menos, en el interior de su propia casa. El cadáver tenía la cara completamente destrozada a mordiscos, así como buena parte de sus intestinos y de un brazo.

 

De nuevo los vecinos, se reunieron por cuarta vez en sólo cuatro días, en casa de Raimundo, en esta ocasión, para velar el cuerpo de su mujer, e igual que la vez anterior, se acordó que el cuerpo, descansaría de manera provisional en el alpendre, al lado del de su esposo, hasta que el cura regresase y pudiesen darles por fin un entierro digno.

 

Al segundo día, trasladaron el cuerpo de María al alpendre, y a punto estuvo de caerles el féretro al suelo cuando descubrieron que allí, también la puerta estaba totalmente abierta, y lo peor de todo, el cuerpo de Raimundo había desaparecido sin dejar rastro.

 

Los vecinos especularon sobre la posibilidad de que los lobos se hubiesen llevado el cadáver, pero Julián, les hizo ver que esa posibilidad era bastante descabellada. - Ni los lobos saben abrir puertas, ni hay señales en la nieve de que arrastrasen el cadáver y lo más importante, de haberse tratado de lobos, comenzarían a comer el cuerpo aquí mismo, por lo que el alpendre estaría lleno de pequeños trozos de carne y piel -explicó a sus vecinos-. Estas últimas palabras hicieron que Herminia, la hija de los fallecidos, sufriese un repentino y, por otra parte lógico, ataque de ansiedad. La mujer tuvo que ser conducida a su casa en donde su marido y dos vecinas, la acostaron y dieron a beber una infusión de hierbas para ayudarla a descansar en aquellos trágicos y tan difíciles momentos.

 

Esa misma noche, varios hombres se reunieron en la casa de Julián. En el hogar ardían unos troncos de carballo que hacían que toda la estancia estuviese a buena temperatura. De la viga colgaba una cadena y en su extremo, la pota de café humeaba mientras los hombres deliberaban sobre lo ocurrido. Una vez más, no había acuerdo entre las variadas hipótesis barajadas, mientras unos seguían culpando de lo ocurrido a una manada de lobos, que como en tantas ocasiones anteriores habían acudido a la aldea en busca de comida, Julián, seguía afirmando que esa posibilidad era totalmente imposible, argumentando de nuevo lo que ya había dicho cuando se hallaban en el alpendre de Raimundo. - Además -les dijo- siempre que hay lobos cerca de las casas, mi Lucero los delata con sus ladridos y esta noche, al igual que todas las anteriores desde el invierno pasado, el perro no ladró en toda la noche.

 

Algunos se convencieron con las palabras de Julián, otros sin embargo, como Pepe el carpintero, dudaban de que el perro de Julián fuese capaz de alertar sobre la presencia de lobos viviendo tan lejos como vivían de la casa de Raimundo. Era cierto que los lobos solían bajar de la parte más alta de la montaña cruzando la finca de Julián, pero Pepe explicaba a sus vecinos que los cánidos, podían haber variado su ruta de descenso precisamente por culpa de los perros. - La puerta del alpendre, pudo quedar mal cerrada por culpa de los nervios del momento, o quién sabe -dijo- incluso puede que María fuese a rezar a su marido y luego, se olvidase de cerrar la puerta de nuevo.

 

En esas estaban cuando en la casa entró Marcial. Los allí reunidos supieron de inmediato que algo iba mal. Su cara desencajada, su extrema palidez y su aliento acelerado formando rápidas y efímeras nubecillas de vaho, hacían presagiar que algo terrible había sucedido, tan terrible como para que un hombre del temple de Marcial, hubiese entrado de esa manera y en esas condiciones en la casa de su vecino.

 

Lo ayudaron a sentarse al lado del fuego y antes de decir una sola palabra, bebió de un sólo trago un buen vaso de orujo de hierbas. Tras esto, miró a sus vecinos y les dijo que Evaristo el campanas y su mujer Lola, habían muerto devorados al igual que María la cesta. Atropelladamente, fue contando lo poco que sabía mientras uno a uno, miraba los rostros de sus vecinos que ahora empezaban ya a creer más en la versión de Pepe el carpintero, sin duda, tenían que ser lobos, ¿que otro animal de aquella zona se atrevería sino a atacar, ya no sólo a una, sino incluso a varias personas a la vez?

 

En esta ocasión, el ataque no había tenido lugar en el interior de la casa, sino en el alpendre, mientras intentaban resguardar de la nieve el pequeño tractor que habían utilizado esa misma tarde para cargar un poco leña y acercarla hasta la bodega que tenían en la planta baja de la casa. - Ahora que han atacado ya a tres personas, han perdido el miedo a la gente y seguirán atacándonos hasta que acabemos con ellos -dijo Pepe con rotundidad.

 

Los hombres, nerviosos y alentados más por el orujo que por las palabras de Pepe, salieron decididos a coger sus escopetas y a dar caza a aquellos lobos asesinos. Si no lo conseguían esa misma noche, organizarían una batida a primera hora de la mañana.

 

Cuando Julián dijo que él no los acompañaría, los vecinos lo acusaron de tener miedo, de no ser capaz de enfrentarse a los lobos a pesar del peligro que corrían todos los vecinos de la aldea, sobre todos los niños pequeños. El aseguró que no se trataba de eso, sino de que estaba totalmente seguro de que no había lobos y lo más probable, es que por accidente, alguno acabase disparando su arma contra algún vecino.

 

Mientras estaba solo en casa, Julián pensó que igual era él el equivocado y que quizá los lobos, podían ser en realidad los culpables de aquellas muertes, no le cuadraba nada y no estaba del todo convencido pero ¿qué otra cosa podía ser si no?

 

Todavía sin saber bien si se sumaría a la batida del día siguiente, bajó la escopeta que tenía guardada sobre un armario y la depositó sobre la mesa de la cocina, junto con dos cajas de cartuchos de doce milímetros. Luego, se fue a la cama y en sólo unos minutos, se quedó profundamente dormido.

 

La nieve caía incesantemente, Julián corría por las desiertas calles de la aldea sin apenas ver hacía donde se dirigía. Una inquietante figura de más de dos metros lo perseguía y a pesar de su cercanía, no conseguía verle el rostro con claridad, sin saber a dónde ir o donde esconderse, llegó en su huida hasta la puerta de la casa de Raimundo, vio que la puerta del alpendre estaba entreabierta y corrió a su interior para cobijarse. Al fondo había un carro, llevaba allí parado varios años, se acercó y vio que sobre el carro, decenas de vecinos yacían desfigurados, con sus caras devoradas y sus cuerpos ensangrentados. Escuchó de nuevo el sonido de pisadas a su espalda, su perseguidor entró en el mismo momento en el que Julián, conseguía ocultarse bajo el carro de los cadáveres. Lentamente aquel ser se fue acercando al carro, desde su escondite, Julián pudo ver los pies de su perseguidor, pero aquello no eran pies, sino dos grandes y oscuras pezuñas. Avanzaba lentamente, pum, pum, sus pezuñas retumban en el suelo e incluso, parecía que lo hacía vibrar, pum, pum, la bestia lo tenía acorralado, ya no tenía a donde huir.

 

Pum, pum, Julián despertó sobresaltado por el extraño sueño que había tenido. Pum, pum. Ahora reconoció aquel ruido que lo había despertado, eran disparos de escopeta.

 

Rápidamente se sentó en la cama y tanteando, encontró y apretó la pera que encendía la bombilla que colgaba del techo, pero la bombilla no emitió su acostumbradamente débil y amarillenta luz, tal y como llevaban temiendo desde hacía días, estaban sin electricidad a causa de la nevada. Encendió entonces una vieja lámpara de aceite que tenía sobre la mesilla, siempre útil en estas habituales situaciones. Se vistió de manera apresurada y bajó a la cocina, cogió la escopeta e inmediatamente cargo sus dos cañones. Se acercó a la ventana y la abrió un poco, con la punta de la escopeta y con cuidado de no hacer ruido, empujó las contraventanas de madera que abrían hacia el exterior. Cerró de nuevo la ventana y con la lámpara casi al mínimo, escudriño a través de los cristales el exterior de la casa. Pum, pum, de nuevo dos tiros, la lejanía del sonido y el pequeño fogonazo de los cartuchos, le indicó que estos se habían producido cerca de la fuente que había en la pequeña plaza.

 

Pum, un nuevo y único disparo, un grito desgarrador, y el silencio.

 

Julián estaba realmente asustado por primera vez en su vida. La vida en la montaña era dura, se había enfrentado a los lobos otras muchas veces, incluso siendo aún un joven, y cuando todavía había osos por aquella zona, se había tenido que enfrentar a ellos en un par de ocasiones. Pero aquello, era algo distinto, un lobo no atacaría a un hombre que le dispara en el centro de la plaza.

 

Estuvo algo más de cuarenta y cinco minutos vigilando desde la ventana, el sol pronto saldría por detrás de aquellas, más que nunca inoportunas nubes. Evidentemente no brillaría sobre el pueblo, pero al menos, daría la luz suficiente para poder salir de casa con cierta tranquilidad.

 

Con la escopeta baja, pero cargada y con el dedo sobre los gatillos, Julián avanzó lentamente sobre la nieve. Llegó a la plaza y vio una gran mancha roja que teñía la inmaculada nieve caída durante la noche. Se acercó un poco más, y las arcadas lo sorprendieron cuando en el suelo vio la cabeza de su vecino Pepe. Uno de sus ojos estaba fuera de la órbita, su cuello había sido arrancado a mordiscos y su cuerpo, no se veía por ninguna parte, ni tampoco sangre que desvelase a donde, o hacia donde, lo habían llevado.

 

Siguió caminando, intentando descubrir alguna pista de lo sucedido, o por lo menos, intentando encontrarse con alguno de sus vecinos. Pero ni una cosa ni la otra sucedían y los nervios estaban apoderándose de él. A regañadientes, decidió romper el silencio y descubrir abiertamente su posición. Gritó llamando a sus vecinos, pero no obtuvo respuesta, realmente esto sí que ya no tenía sentido alguno, era imposible que nadie lo escuchase, en esos momentos el silencio en la aldea era absoluto, alguien lo tenía que oír aunque todos estuviesen en el interior de sus casas. De nuevo gritó de manera tan fuerte, que notó una punzada de dolor en su garganta. Siguió caminado, girándose de cuando en vez y caminando de espaldas, esto causó que tropezase con algo que le hizo perder el equilibrio, cayó rodando unos metros por la nieve y se detuvo bruscamente contra un cuerpo que yacía en el suelo. Era el cuerpo de una mujer, pero por su estado, no supo adivinar de quién se trataba. Su propio cuerpo, estaba ahora cubierto por la sangre que aquella mujer había derramado sobre la nieve.

 

Se incorporó y vio que su escopeta había quedado a medio camino entre el punto donde había tropezado y donde ahora se encontraba. En el momento en que iba a caminar para recogerla, vio que alguien lo observaba desde lo alto del camino, eran dos personas. –Ehhh -grito-. A la vez que avanzó hacia la escopeta.

 

Las dos personas también comenzaron a caminar hacia él, no los podía ver bien, pero parecía que caminaban con dificultad, seguramente, estarían heridas o habían sufrido algún percance como le había sucedido a él. Recogió el arma de la nieve y trató de limpiarla bien, cuando volvió a mirar hacia el camino por dónde venían sus vecinos, observó que a los dos primeros se habían sumado otros tres, pero que demonios, pensó, ¿es que en esta aldea está todo el mundo herido?

 

Caminó con la escopeta sobre el hombro y no había avanzado más de cuatro o cinco metros, cuando vio que las personas que avanzaban hacia él no eran sus vecinos, bueno si lo eran, pero ya no. Aquellas personas estaban destrozadas, sus intestinos colgaban de sus estómagos ahora abiertos, les faltaban partes de la cara, de las piernas, de los brazos, incluso a uno le faltaba un brazo entero y sin embargo, seguían avanzando hacia él. Lentamente bajó la escopeta y los apuntó, aguardó a que se acercasen un poco más. No creía lo que estaba viendo, el hombre que caminaba al frente de aquel extraño grupo era Raimundo, pero era imposible, el mismo había visto su cadáver la noche que acudió a su casa para acompañar a su familia durante el velatorio, el mismo ayudó a meter su frío cuerpo en el alpendre, y sin embargo, ahora, avanzaba hacia él con su carne putrefacta hecha girones.

 

Casi sin pensarlo, abrió fuego y disparó los dos cartuchos a la vez. Los perdigones alcanzaron claramente al grupo, pero este, siguió avanzando como si Julián hubiese errado su disparo. Se giró para escapar de aquel lugar y casi se muere de un infarto cuando a menos de un metro detrás de él, avanzaba otro cadáver viviente. Marcial, el hombre que la noche anterior había estado en su casa, caminaba hacia él a pesar de que le faltaba la parte de debajo de su mandíbula, a Julián la imagen le resultó dantesca, por inercia apretó de nuevo el gatillo, pero la escopeta estaba descargada. En un último acto reflejo, golpeó lo que quedaba de la cara de Marcial con la culata de la escopeta y comenzó a correr pendiente abajo.

 

No se detuvo, no se preocupó de volver a cargar el arma. Simplemente corrió montaña abajo en dirección al pueblo de Monteros. Era casi imposible llegar a él con aquella nevada, pero no lo pensó ni un solo segundo, no valoró sus posibilidades ni una sola vez, simplemente, corrió hasta que ya no pudo más.

 

A la mañana siguiente, una pareja de la Guardia Civil, encontró el cadáver congelado de Julián. La oscuridad de la noche y la falta de luz en el cuartel de Monteros, hicieron que el hombre, creyéndose mucho más lejos, se detuviese a descansar cuando sólo estaba a escasos metros de su salvación.

 

Cuando la carretera de la aldea pudo abrirse de nuevo, el cura, a lomos de su caballo, se encontró con una aldea totalmente desierta, en algunas casas y en algunos caminos, aparecieron los cadáveres salvajemente mutilados de varios vecinos. Cuando se hizo un recuento oficial, incluyendo en él al propio Julián, se concluyó que habían desaparecido siete vecinos de la aldea, de los cuales, nunca más se supo.

 

La Guardia Civil, sin muchas posibilidades de investigar a fondo lo sucedido, realizó un informe en el que, según las investigaciones llevadas a cabo, Julián Treviño, había matado uno a uno a los vecinos de la aldea y luego, en un momento de arrepentimiento y desesperación por los crímenes cometidos, había intentado entregarse en el cuartel de Monteros, no consiguiéndolo al morir de frío intentando llegar hasta el cuartel.

 

Desde entonces, la aldea está deshabitada, abandonada. Sus casas derruidas y las ruinas de su vieja Iglesia, son el único reclamo que hace que de cuando en vez, estudiosos y aficionados a lo paranormal, excursionistas, o simplemente fotógrafos aficionados a captar imágenes de lugares abandonados, se arriesguen a visitar la vieja aldea.

 

Actualmente, los noticieros siguen hablando de “la aldea maldita de Montemorto”, que es como se la conoce hoy en día, debido a que a lo largo de las últimas décadas, cientos de personas han desaparecido cuando visitaban la aldea o sus alrededores, esto, lejos de amedrentar a posibles visitantes, provoca que cada año aumente su número, y con ello, el número de desaparecidos.

 

  

Género: ficción.

Autor: Jaime Ramos Lorenzo.

Fecha: 12 de abril de 2013