Destino

Lorenzo Guzmán, nació el miércoles de ceniza de una lluviosa tarde de febrero. Vino al mundo en la majestuosa casa que sus padres poseían en las afueras de la ciudad, en el seno de una familia adinerada gracias en gran parte, a que su padre, visionario como pocos, había invertido todos sus ahorros en la construcción de la red ferroviaria de su país.

 

Durante quince años, Lorenzo vivió una vida tranquila, rodeado de todos los lujos que el dinero podía comprar, con varios sirvientes en la casa, profesores particulares, caballos de pura raza y un sinfín de comodidades, que al niño,  no parecían hacerlo tan feliz como a sus padres.

 

Con todo, Lorenzo siempre fue un niño de semblante triste, a pesar de que sus padres le proporcionaban todos los caprichos que un crio de su edad podía desear, él, pasaba todo el tiempo que podía leyendo relatos e historias que lo hacían vivir mil y una aventuras, siempre en un mundo de fantasía que nacía y moría en su propia mente.

 

La víspera de su dieciséis cumpleaños, fue la fecha que marcó para siempre la vida de Lorenzo. Ese día, sus padres fallecieron en un trágico accidente de automóvil mientras regresaban a casa tras realizar unas compras en la ciudad.

 

Días más tarde, Lorenzo sabría que cuando el coche de sus padres cayó por el acantilado, escondía en su maletero la razón por la que ese día ambos habían ido a la ciudad, su regalo de cumpleaños. Fue la propia policía la que se lo entregó al muchacho entre otros efectos personales, pero él, jamás llegó a abrirlo, de hecho, todavía lo conserva, envuelto en el papel rasgado y descolorido por la fría agua de febrero, que en segundos, inundó todo el coche y acabó con la vida de sus padres.

 

Con el paso de los años, Lorenzo se convirtió en un venerado escritor que publicaba todas sus novelas bajo el pseudónimo de “Edgar Fénix”. Este pseudónimo le ayudaba a mantener su vida con total discreción, alejada de los periodistas y de los fans que a millares, deseaban conocer la verdadera identidad que se ocultaba tras aquel nombre ficticio. Sólo su editora, Elena Varsco, conocía la verdadera identidad del escritor, y además, era su única amiga y la persona que se ocupaba de que a Lorenzo, no le faltase de nada en la enorme casa que el joven había recibido de sus padres.

 

La inmensa fortuna heredada y los grandes ingresos obtenidos por sus novelas, hacían que Lorenzo fuese una persona con grandes recursos económicos, pero a pesar de que en multitud de ocasiones Elena le había recomendado la necesidad de que contratase a algún sirviente, Lorenzo siempre declinó esta posibilidad, para él, la soledad y el anonimato eran sus bienes más preciados, el opio que precisaba para que su vida fuese tan tranquila como precisaba.

 

Todo cambió cuando Lorenzo publicó su novela “Confesiones secretas de un corazón roto” Una novela que sin conocimiento de sus lectores, reflejaba perfectamente la propia vida del escritor, una novela que de manera muy sutil y narrada desde un punto de vista femenino para no levantar sospechas, era la autobiografía del propio Lorenzo Guzmán.

 

La novela se convirtió en muy poco tiempo en un auténtico Bestseller, y con ella, ganó el premio de literatura más importante de su país, pero esto conllevaba un problema, el premio, debía de ser recogido de manera obligatoria y en persona, por el propio autor de la novela.

 

Por más que su editora intentó convencerlo de la importancia de que acudiese a la entrega de premios, Lorenzo declinó la oferta, días más tarde, envió una carta manuscrita a la Real Academia agradeciendo el premio, pero rechazándolo por resultarle completamente imposible acudir a la ceremonia de entrega. Esto hizo que las especulaciones y el interés por conocer a aquel escritor, aumentasen de manera exponencial a medida que pasaba el tiempo.

 

Algunos diarios, comenzaron a publicar infundadas sospechas sobre la verdadera identidad de escritor desconocido, incluso se atrevieron a afirmar por aquel entonces,  que el escritor era una persona enferma que estaba recluida en un hospital siquiátrico, que sólo había que leer sus historias de terror para saber que todo aquello, no podía ser fruto de una mente sana.

 

La preocupación de su editora aumentó cuando varias librerías, alentadas por la propia Academia, amenazaron con boicotear todas sus publicaciones. A menos que, fuese revelada la verdadera identidad de Edgar Fénix.

 

 

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María Hernández era una joven universitaria que desde hacía muchos años, seguía todas las noticias relacionadas con su escritor favorito. En su casa tenía la colección completa de las novelas publicadas por Edgar Fénix y por eso, se alegró por él y por ella misma cuando le fue concedido el premio. Esa sin duda, era la oportunidad que estaba esperando desde hacía tanto tiempo, la oportunidad de poder conocerlo en persona y conseguir por fin, que le firmase de su puño y letra alguna de sus novelas.

 

Su ilusión se desvaneció cuando se hizo público que Edgar Fénix había rechazado el premio, pero esto no hizo más que aumentar su deseo de conocerlo. Para ella, el escritor que se ocultaba tras el nombre de Edgar, era mucho más que un simple escritor de novelas de suspense, era una persona que sabía plasmar como nadie sus propios sentimientos, sus miedos y angustias. Incluso en los peores momentos de sus frecuentes depresiones, la lectura de los relatos de Edgar se habían convertido en la única vía de escape de sus angustiosos pensamientos que tarde o temprano, la llevarían a cometer de nuevo una tontería, no en vano, recordaba perfectamente la primera vez que había leído una novela de Edgar Fénix, cuando con sólo quince años, descansaba en su casa de vuelta del hospital, tras haber ingerido una intencionada sobredosis de somníferos.

 

Cada semana durante los dos últimos años, María enviaba una carta a la editora del escritor para que esta, se las hiciese llegar personalmente a Edgar, cartas que nunca tuvieron una respuesta directa del escritor, sino que siempre, la negativa, llegaba firmada por la propia editora. Siempre excusando al escritor y siempre diciendo que él, leía sus cartas atentamente, pero que carecía del tiempo suficiente para responder a las miles de cartas que recibía de manera habitual.

 

En una de las cartas que la editora escribió a María, cometió un pequeño error que desencadenaría en los acontecimientos que siguieron a continuación. En ella, Elena, respondía a María que como cada jueves, le había entregado personalmente su carta a Edgar, y que una vez más y como siempre hacía, él la había leído atentamente.

 

Al jueves siguiente,  María sólo tuvo que seguir a Elena para que esta, inconsciente de haber dado a la joven una importante pista, la condujese hasta la propia casa del escritor.

 

Cuando Elena abandonó su oficina, se dirigió a una casa de las afueras. María la siguió y aguardó oculta tras unos setos. Una hora más tarde, vio a un joven que amablemente acompañó a la editora hasta la verja de la entrada. Se despidieron con un beso en la mejilla y cuando Elena hubo marchado, María aprovechó la ocasión para entrar en la finca al asegurarse de que la verja no había sido cerrada con llave.

 

A medida que avanzaba hacia la casa, se sorprendió de lo grande que era. Una autentica mansión rodeada de una amplia finca llena de árboles de distintas especies. Por su aspecto exterior, la casa parecía casi abandonada, y tampoco se veía ningún movimiento en su interior. Sigilosamente, se acercó y vio que había luz en uno de los ventanales de la planta baja. Necesitó subirse a un pequeño tronco de madera para alcanzar la ventana, desde ella, observó que el joven que hacía unos momentos había visto junto a la verja, estaba ahora sentado al lado de una gran chimenea que permanecía apagada. Leía un libro de gran tamaño mientras en su mano, sujetaba un cigarro que lentamente formaba estilizadas y serpenteantes columnas de humo azulado.

 

En la dependencia, había grandes muebles de maderas nobles que soportaban una gran cantidad de libros de distintos tamaños, lo único que parecía relacionarlos entre sí, era su aparente antigüedad. En una estantería que se hallaba a la derecha del joven, descansaba una colección de libros que desentonaban con el resto al ser estos de una factura mucho más reciente. Se puso de puntillas sobre el tronco con intención de ver mejor estos libros y tomando una arriesgada postura, perdió el equilibrio y cayó al suelo a la vez que profirió un pequeño y delatador quejido.

 

Cuando se incorporó, se asustó al ver que el joven estaba ahora observándola desde el gran ventanal. Ella mostró una amplia sonrisa, pero no obtuvo respuesta alguna del rostro que la observaba con curiosidad tras el vidrio de la ventana. Entonces, pensó que era el momento de abandonar aquel lugar.

 

Caminaba a buen paso por el camino de tierra lleno de hojarascas, que conducía de vuelta hasta el portal de la entrada. De pronto el joven, de manera inexplicable, salió a su encuentro unos metros delante de ella, sin duda, conocedor de la propiedad, la adelantó por algún camino que resultaba desconocido para los extraños en el lugar.

 

Ella apenas pudo balbucear unas palabras –Hola, me llamo María, soy una gran admiradora suya– dijo intentando tranquilizar su propio ritmo cardiaco.

 

Así fue como Lorenzo y María se conocieron, como se hicieron amigos primero, y amantes, a lo largo de la siguiente primavera.

 

Elena, la editora, estaba realmente contenta con la idea de que por fin alguien compartiese la vida del joven Lorenzo. Sus visitas semanales eran ahora mucho más amenas, el propio Lorenzo parecía una persona totalmente nueva. Incluso se permitía hacer alguna que otra broma y mostrar una sonrisa que Elena, no había conocido jamás en aquel rostro.

 

Dieciséis meses después de aquel encuentro, Lorenzo y María se casaron en una discreta ceremonia llevada a cabo en la propiedad del joven.

 

A la boda sólo acudieron los padres de María, que estaban encantados con la idea de que su hija encontrase por fin la felicidad. Sus dos hermanos, Johan y Graciela, acompañados de sus respectivas parejas, y también acudieron tres amigas por parte de la novia. Por parte de Lorenzo, sólo acudió Elena acompañada por su esposo y sus pequeñas hijas mellizas. Nadie más, pero tampoco nadie más fue invitado a la ceremonia, con la muerte de sus padres y al ser estos hijos únicos, Lorenzo había perdido a toda su familia, pues no tenía hermanos, ni tíos, ni primos. Tampoco tenía amigos, algo normal pues nunca los buscó y nunca los quiso.

 

Los siguientes años fueron con gran diferencia los mejores años de la pareja. Hasta la fecha, los dos habían vivido una vida oscura, solitaria y casi agónica pero ahora, la felicidad que irradiaban se hacía contagiosa por toda la casa y por toda la finca que la rodeaba. Lorenzo había cedido a que unos obreros y unos jardineros adecentasen todo el conjunto, ahora la casa, volvía a recuperar el esplendor que había tenido antaño y que durante los últimos años, se había ido marchitando poco a poco.

 

En el mes de octubre, María hizo a su marido el regalo que sería la culminación de su amor y de su felicidad, al anunciarle que estaba en cinta y que en el mes de mayo, nacería el hijo fruto de su amor.

 

Pasaron cinco años en los cuales el éxito de Lorenzo, siguió creciendo a pasos agigantados, más aún al acceder este, a que fuesen publicadas algunas entrevistas que le fueron realizadas en su propia casa, acompañadas de fotos de él, de María y del pequeño Edgar, nombre que escogieron para el recién nacido en homenaje al pseudónimo que durante tantos años, había servido como coraza de la verdadera identidad de Lorenzo.

 

Con motivo del cuarenta y siete cumpleaños de Lorenzo, su esposa decidió organizar una gran fiesta de cumpleaños, algo que su esposo había dejado de hacer desde el día que había cumplido los dieciséis años. A pesar de que en un principio Lorenzo se mostró un tanto reacio, la idea de ver felices a su esposa y a su pequeño le hizo cambiar totalmente de opinión. Incluso, se mostró dispuesto a que ese mismo verano, por fin, limpiarían la piscina que desde niño no había vuelto a utilizar. En ese momento, Lorenzo no pudo evitar pensar en el día en que dejó de resultarle agradable bañarse en ella, el mismo día de la muerte de sus padres, cuando su coche se inundó tras caer al mar desde el acantilado. El día en el que que el regalo que todavía mostraba señales de su inmersión en la fría agua de febrero, había quedado abandonado en la misma mesa en la que aún hoy permanecía, en la misma mesa en la que lo dejó el agente que acudió a su casa para hacerle entrega de los efectos personales de sus padres.

 

La víspera de su cumpleaños, Lorenzo abrió la habitación que llevaba veintinueve años cerrada, la habitación donde dormía hasta el día en que sin previo aviso, tuvo que dejar de ser un niño, el día en que con sólo dieciséis años, se enfrentó cara a cara con la realidad de la muerte.

 

Se sentó en su vieja silla, miró el regalo que reposaba sobre la mesa pero no se atrevió a tocarlo. Pensó en sus padres y lloró. Lloró como siempre hacía al recordarlos. Lloró porque no pudiesen estar con él el día de su boda y lloró, porque no tuviesen la oportunidad de llegar a conocer a su nieto, al pequeño Edgar.

 

Lorenzo permanecía sentado en su vieja habitación, mientras su mente navegaba por un mar de recuerdos de su niñez, y desde el exterior, el desgarrador grito de María lo hizo volver de inmediato a la realidad.

 

Bajó las escaleras sin saber ni dónde posaba sus pies, salió a la entrada y no vio a su mujer, corrió tras la casa y la encontró allí de píe, inmóvil, con la mirada fija en la infesta piscina. Él frenó en seco, avanzó lentamente hacía ella, entonces vio el pequeño cuerpo de Edgar flotando boca abajo, rodeado de hojas secas y muertas, rodeado e inundado por la muerte fría del agua de febrero.

 

De inmediato se tiró al agua, recogió el pequeño e inerte cuerpo y lo acercó a su pecho, intentando darle calor a su angelical y fría cara. Caminó hacia la casa y se sentó en el sillón en el que solía leer todas las tardes, con el niño todavía en brazos, con el agua escurriéndose por su cuerpo y por la estancia. Con su mano, apartó el pelo mojado del niño que cubría parte de su rostro. María lloraba a su lado, tendida en el suelo, sin apenas aliento. Deseando que la muerte la sorprendiese de inmediato, para concederle la oportunidad de estar de nuevo con su pequeño.

 

El día de su cumpleaños, el mismo día en que años atrás había enterrado a sus padres, Lorenzo Guzmán enterró a su hijo, su razón de ser, su alegría. Ese día, enterró para siempre su propia vida y con ella, la vida de su esposa María.

 

 

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Con una rapidez imposible, la casa se tornó más oscura y solitaria que nunca. La familia de María intentaba en vano hablar con ella. Elena vivía una situación similar con Lorenzo. Cuando los visitaba, era ella la única que hablaba. Ellos, permanecían tan lejos de la realidad, que la veían mover los labios pero no eran capaces de oír lo que decía, de oír sus palabras de consuelo.

 

Lorenzo permanecía durante días, encerrado en su biblioteca de la torre este, donde escribía sin parar textos inacabados, relatos incompletos, novelas sin principio ni final. Seguro de su culpabilidad, seguro de su mortal influjo sobre las personas a las que quería y amaba.

 

María, deambulaba solitaria por la casa, como un fantasma que nunca debió estar allí, segura de su culpabilidad, segura de que su esposo, jamás le perdonaría lo sucedido.

 

A veces, María, hablaba largas horas con un Edgar ya inexistente. Lorenzo, sentado en lo alto de la escalera, oculto por la oscuridad que invadía toda la casa, la escuchaba y lloraba. Lloraba por el recuerdo de su hijo. Lloraba por no ser capaz de hablarle a su esposa, por no ser capaz de tener una palabra de consuelo que decirle, un gesto amable que ayudase a que su vida, no fuese tan insoportable. Lloraba, porque la echaba de menos, ¡Dios!, cuanto la extrañaba. Pero la amaba, la amaba y creía que debía de permanecer lejos de ella para protegerla del monstruo que llevaba en su interior, de la maldición con la que había venido a este mundo.

 

Cuando se encontraban frente a frente, ambos bajaban la mirada, como si ya no les quedase nada de lo que pudiesen hablar. Eran dos desconocidos encerrados de por vida en la prisión en la que se había convertido su propia casa. Cadena perpetua por una muerte de la que ambos eran inocentes, y de la que ambos, siempre se sintieron culpables.

 

En el primer aniversario de la muerte de su hijo, Lorenzo y María acudieron juntos a visitar la tumba de su hijo. De regreso y sin necesidad de decirse nada, descendieron lentamente y en silencio por las escaleras de la piscina, se besaron por última vez y juntos, de la mano, se sumergieron en la mortal y fría agua de febrero.

 

 

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Detrás de la vieja casa abandonada, existe un lago con un embarcadero y un pequeño parque. Algunas personas que de manera habitual acuden al lugar, cuentan que a veces, entre las ruinas, se escuchan voces y la risa alborotada de un niño pequeño. ¿Quién sabe? quizás Lorenzo, María y Edgar, han encontrado por fin la felicidad que de manera trágica y prematura, les fue arrebatada una mañana de febrero.

 

 

 

Género: Ficción

Autor: Jaime Ramos Lorenzo

Fecha: 19 de abril de 2013

 

Nota del autor:

La inspiración para este relato, me llegó mientras escuchaba una vez más esta impresionante versión de Bunbury, de la canción de Manuel Alejandro que en los años ochenta había hecho famosa Jeanette.