El día de la madre

Hoy, por vez primera en casi seis meses, he vuelto a la casa de mis padres. Seguramente mantenerme alejado de ellos no ha sido la mejor decisión de mi vida, ni tampoco la más fácil, pero tener que verlos de nuevo, tener que volver a casa después de lo sucedido aquel día, me hacía sentir un tremendo miedo y por ello fui posponiéndolo hasta que hoy, finalmente, he reconocido que mi ausencia no es suficiente para que las cosas se solucionen, más bien todo lo contrario, mi ausencia sólo sirve para aumentar el dolor ocasionado por lo ocurrido.

 

Hoy, a pesar de ser el día de la madre y como siempre, he encontrado a mi madre en la cocina, preparando la comida con todo su cariño, pero a diferencia de otras veces, hoy tiene la mirada pérdida, como si estuviese realizando la labor como una autómata. Cuando me he fijado mejor, he comprobado con dolor que sus ojos brillaban a causa de las saladas lágrimas que de manera inevitable, distorsionan su aun joven pero cansada mirada.

 

En realidad muchas veces, quizás demasiadas, no somos capaces de reconocer la realidad limpia y transparente que se muestra ante nuestros ojos, en gran parte, porque sólo somos capaces de ver una visión distorsionada de esa incuestionable realidad, uno de los tantos defectos humanos, que los millones de años de evolución no han sido capaces de corregir.

 

Me senté a su lado, y con la cabeza gacha y voz temblorosa, le dije lo mucho que la echaba de menos.

 

Es cierto que ella y yo hemos discutido en mil y una ocasiones, que muchas veces no entendía su actitud ni la sobreprotección que quería ejercer sobre mí. Pero ahora, desde este nuevo punto de vista que las circunstancias me han otorgado, reconozco que sus motivos, como los motivos de cualquiera otra madre, no siempre pueden ser rebatidos desde la lógica, pues estos, no nacen en su cabeza, sino en lo más profundo del enorme corazón que sólo una madre puede poseer.

 

Ella mira de nuevo el reloj que está en la pared, al lado del calendario. Pero creo que lo hace más por no mirar a donde yo estoy sentado, que por el interés en saber realmente la hora que es.

 

Desde la cocina escuchamos el ruido en la puerta principal, sin duda, es mi padre que ha llegado a casa. Mi madre se ha apresurado a limpiarse las lágrimas con el dobladillo del mandil, el mandil que hoy hace ya muchos años, le regalé por el día de la madre, un mandil demasiado húmedo como para evitar que mi padre, no se dé cuenta de que se ha pasado toda la mañana llorando.

 

Él ha entrado y sin decir nada, ha colocado un ramo de rosas en el jarrón que está sobre la mesa. Mi madre ya lo ha visto, pero una vez más, ha mirado en otra dirección para no tener que decir nada, para que al menos sus ojos, puedan permanecer secos el tiempo suficiente.

 

Mi padre se ha sentado a mi lado, le he dicho hola papá, él no ha contestado. Con lentitud ha cogido su vaso y lo ha llenado de vino, bebe un trago e igual que mi madre, guarda silencio mientras su mente parece hallarse muy lejos de la cocina, muy lejos de nosotros y de este momento. Seguramente, sus pensamientos han volado en el tiempo, cinco meses atrás, hasta el mismo día en que me fui de esta casa para no volver jamás.

 

Mi madre ha puesto los platos sobre la mesa, por un momento, tuve la impresión de que mi padre retiraría el mío, algo que nunca le reprocharía. Pero en lugar de eso, ha vuelto a beber un trago de vino y ha dado libertad a su mente para que de nuevo retome el vuelo.

 

A pesar de que hoy es su día, mi madre ha preparado la comida que a mí más me gusta, como si ya supiese que hoy volvería a casa, como si de alguna manera, adivinase que hoy no sería capaz de no estar a su lado.

 

Los veo comer sin ganas. Por el más que evidente peso que ambos han perdido, adivino que es la rutina de los últimos meses. Bajo de nuevo la cabeza, más por vergüenza que por cobardía y con la voz entrecortada, les doy las gracias.

 

Gracias por haber cuidado de mí durante tantos años. Por las miles de noches que estuvieron en vela cuando era un niño. Por los inmensos sacrificios que siempre hicieron por ayudarme. Por haberme dado siempre tanto, a pesar de lo poco que yo les devolví a cambio.

 

No espero que me perdonen, pero aun así, mientras comen, también les pido perdón. Perdón por todas las veces que acabaron discutiendo por mi culpa y perdón, por todo el sufrimiento que aún ahora, les hago padecer a pesar de mi ausencia.

 

Suena el teléfono, mi madre lo coge sabiendo que la llamada es para ella. Desde el otro lado de la línea, mi hermano la felicita por el día de la madre y ella, por vez primera desde que he llegado esta mañana, me mira directamente a los ojos. Luego, sin poder evitarlo, ha comenzado a llorar de nuevo, ha retirado su plato de la mesa y se ha sentado frente al televisor.

 

Mi padre también da por finalizada la comida, se levanta y retira su plato y el mío que todavía está intacto y los lleva al fregadero. Al volverse, él también me ha mirado, y antes de que pudiese ir a sentarse con mi madre, he tenido tiempo de ver igualmente en su mirada el delator brillo del sufrimiento.

 

Sentados frente al televisor y como siempre hacen, se cogen de la mano sin decir nada, sólo el intercambio de una fugaz mirada que es capaz de transmitir más amor que un millón de palabras.

 

Allí de pié, mirándolos, por vez primera me siento solo, distante, como si aquella familia ya no fuese la mía, como si yo, ya no tuviese nada que hacer en aquella casa.

 

Me pongo delante del televisor y ellos siguen mirando la pantalla como si yo no estuviese allí. Por última vez antes de irme, deseo de corazón que me perdonen, esta vez por no atreverme a contarles la verdad, por no decirles que en realidad y a pesar de lo que les dijeron, yo no me suicidé aquella fría mañana de enero, sino que fui la víctima involuntaria de un fortuito y fatal accidente ocasionado por la pesada broma de unas personas que consideraba mis amigos. No he venido para buscar culpables, lo ocurrido es ya pasado y el tiempo no puede volverse atrás. Quizás nuestra propia evolución, adiestrada por los reveses de la vida durante tantos millones de años, sabe que es mejor que muchas veces creamos en una realidad distorsionada, una realidad que pese a toda su dureza, es mucho más llevadera que saber la propia verdad de lo ocurrido, una verdad que sólo ayudaría a aumentar de manera innecesaria el dolor que mis padres sienten por mi muerte.

 

Me despido de ellos con un beso y noto como sus cuerpos, se estremecen en el momento en que mis labios rozan sus mejillas. Su aroma me acompaña mientras recorro los últimos metros hasta la salida. Desde la puerta, los miro por última vez. Ahora sé que ya nunca más volveré a esta casa, que este ya no es mi sitio. La próxima vez que estemos de nuevo juntos, será en otro lugar, en otra vida, hasta entonces, sólo espero que mis padres sean capaces de recuperar la felicidad y que algún día, si es posible, mi recuerdo consiga dibujar una sonrisa en sus rostros.

 

 

Género: Ficción

Autor: Jaime Ramos Lorenzo

Fecha: 3 de mayo de 2013