Historia de amor en Bangladesh

Rabindra levantó su cabeza a la vez que con su mano derecha, cerrada en forma de arco, cubrió sus ojos a modo de visera. No quería que el intenso sol de aquel precioso día de verano, le impidiese ver como su esposa Shankhya y su pequeña hija, disfrutaban jugando con las olas que se adentraban en la arena hasta acariciar con su cálida agua los pies de la pequeña. La niña reía cada vez que el efecto de las olas, arrastrando en su imparable regreso a mar abierto  la suave arena, hacía que perdiese el equilibrio que sólo la protectora mano de su madre, contrarrestaba sujetando eficaz y cariñosamente a la niña.

 

Cuando volvieron con él,  Shankhya y Rabindra se fusionaron en un intenso abrazo. Él cerró los ojos y dio gracias al dios Visnú por haberle concedido la suerte de llegar a conocer a la mujer que ahora era su esposa y también, por haberlos bendecido con el sagrado don de la descendencia.

 

Su camino hasta ese día no había sido fácil, y a pesar de que ahora su mente estaba centrada en el futuro, Rabindra no puedo evitar tener un momento de debilidad y pensar en el pasado. Tercer hijo de un adinerado y poderoso hombre de negocios de Bangladesh, había conocido a Shankhya tan sólo dos años atrás, cuando acompañando a su padre en una visita más publicitaria que rutinaria a una de las numerosas factorías que este poseía en la ciudad, la había visto trabajando tras una de las máquinas industriales con las cuales confeccionaban ropa para prestigiosas y reconocidas firmas de fama internacional. La producción se realizaba veinticuatro horas al día durante los trescientos sesenta y cinco días del año, este inhumano ritmo de trabajo reportaba evidentemente cuantiosos beneficios para las firmas, lo cual repercutía del mismo modo en la economía de su familia, más no en la de las familias que trabajaban para ellos, algunas de las cuales y sólo para obtener el dinero suficiente para sobrevivir, se veían muchas veces necesitadas a trabajar hasta miembros de tres generaciones de una misma familia al mismo tiempo.

 

Sin embargo Shankhya no vio a Rabindra el día que este visitó la fábrica por vez primera. Ningún empleado levantaba jamás la cabeza cuando los encargados estaban en la fábrica, y mucho menos, si la visita la hacía el mismísimo amo acompañado de un nutrido grupo de publicitarios, generosamente pagados, para velar por la buena imagen de la empresa de cara a la opinión -siempre pesada e injusta según el amo- del mundo exterior.

 

Cuando acabó finalizó aquel turno de trabajo, Rabindra aguardaba en la puerta trasera de la fábrica, la puerta por la que en cada turno entraban y salían miles de empleados. Cuando vio salir a Shankhya acompañada de otras jóvenes, decidió seguirlas un rato mientras pensaba en qué podía decirle. Las jovencitas, conscientes de que el muchacho las seguía por interés hacia una de ellas, miraron atrás y cubrieron sus rostros con la mano para reírse con malicia. Entonces él, decidido, la llamó por su nombre. La chica quedó de piedra, no esperaba que la siguiesen a ella y mucho menos, que su supuesto pretendiente supiese ya su nombre cuando ella, estaba segura de no haberlo visto jamás.  Sus amigas, aprovecharon la confusión para entre risas, adelantarse unos metros y dejarlos así solos.

 

Caminaron juntos hasta la puerta de la casa de la chica, una humilde casa en un barrio aún más humilde, el tipo de sitio que el joven Rabindra jamás había pisado. Sentados en un viejo banco de la acera, charlaron más de noventa minutos y cuando la joven quiso despedirse con la excusa de que en pocas horas tendría que volver a la fábrica, Rabindra dijo algo de lo que se arrepintió durante los días que siguieron a aquella inesperada cita. Cuando el joven, bromeando, le dijo que llamaría a su padre para que la disculpasen en el trabajo, ella palideció, y cuando le preguntó quién era su padre y él le contestó, la joven se levantó y sin mediar palabra entró corriendo en la casa.

 

Rabindra, no entendiendo su reacción, la aguardó de nuevo al día siguiente, pero la joven se negó a hablar con él, y lo que el día anterior había sido causa de risas y bromas entre las jovencitas, ahora se había convertido en una huida miedosa del joven que las seguía. A pesar de que él la llamó en varias ocasiones, ella no se detuvo hasta llegar a su casa en la que entró sin volver la vista atrás.

 

Tres días después, Rabindra cambió de estrategia y en lugar de seguir al grupo de chicas, esperó a Shankhya en la puerta de su casa, bloqueando la entrada para que a la joven no le quedase más remedio que hablar con él. A pesar de que ella buscó ayuda con la mirada entre su grupo de acompañantes, estas siguieron su camino sin detenerse y sin levantar la vista para evitar mirar al hijo del amo.

 

Por mucho que él intentó convencerla, ella le dijo que no podían verse nunca más, que aquel no era su sitio y que por favor no volviese nunca más a seguirla. Él, incrédulo ante lo que estaba escuchando, le dijo que estaba muy equivocada respecto a lo que ella pensaba sobre su padre, que su padre si la aceptaría, que su padre si permitiría aquella relación, que su padre, jamás le diría con quién podía o no podía relacionarse. Ella, con lágrimas en los ojos, lo miró y sin poder decir nada, negó con la cabeza y una vez más, entró en su casa dejándolo solo en la acera de aquel olvidado y pobre barrio.

 

Rabindra decidió entonces hablar con su padre, sabía que él lo escucharía y que haría todo lo posible para que su hijo fuese feliz. Que equivocado estaba. Lo que más le dolió, no fueron las palabras ofensivas con las que su padre se refirió a las empleadas, ni siquiera que lo amenazase con echarlo de casa si seguía adelante con aquel absurdo enamoramiento, lo que más le dolió, fue que mientras ellos discutían, su madre, con total y vergonzosa sumisión, bajó la mirada, incapaz de defender a su hijo, incapaz de defender a las mujeres e incapaz de defender incluso al amor.

 

Después de varios días de continuas discusiones, su padre le propuso lo que él llamaba un trato justo, Rabindra entraría a trabajar en la fábrica junto con la mujer que supuestamente le había robado el corazón, sin ningún privilegio, sin poder volver a su casa durante ese periodo de no menos de un año, si transcurrido ese tiempo él seguía con la misma idea, entonces, les pagaría a ambos un billete de avión al lugar del mundo que eligiesen, un billete de ida, sin regreso. Si después de un año el seguía deseando casarse con Shankhya, su padre les daría el visto bueno para la boda pero los expulsaría de su vida para siempre. Ese era el trato, o eso, o podía olvidar aquella “tontería pasajera” y disfrutar el resto de su vida de la vida lujosa y acomodada que su padre le podía permitir a él y a sus hermanos y hermanas.

 

Rabindra no lo dudó nunca, ni un solo segundo, esa misma noche, recogió las escasas pertenencias que su padre le permitió llevarse y se fue a vivir a una ruinosa pensión de las afueras.

 

Era el mes de abril, durante algo más de once meses, Rabindra trabajó en turnos de doce, trece e incluso quince horas, y durante ese tiempo, lejos -como su padre pensaba- de que la dura experiencia acabase con su relación, hizo que la unión entre los jóvenes se fuese haciendo cada vez más inquebrantable, entre ellos, nació un amor mucho más intenso de lo que los dos jóvenes jamás hubiesen ni siquiera soñado. Ahora, faltaban menos de quince días para que con la cabeza bien alta, fuese a casa de su padre a decirle que había cumplido su parte del trato, pero que no estaba allí para cobrar lo que él le había prometido un año atrás. Estaba allí para todo lo contario, para decirle que no necesitaban su dinero porque entre todos y cada uno de los humildes empleados de la fábrica, les habían comprado como regalo de bodas ese billete de avión que los llevaría bien lejos de allí, bien lejos de él, a pesar de que para ello, habían tenido que ahorrar durante todo ese año del mísero salario que él les pagaba.

 

En la playa, sin embargo, Rabindra no fue capaz de recordar cómo habían llegado allí, de recordar los últimos días en la fábrica, ni de recordar el día en que se despidió para siempre de sus padres, ni del día de su boda, ni del nacimiento de la niña que sólo unos segundos antes veía jugar con las olas de aquel cálido mar. Quiso abrir de nuevo los ojos y se sintió incapaz, con gran esfuerzo, logró abrirlos y ante él, vio de nuevo a Shankhya que seguía abrazada a él, tan hermosa como siempre. Entonces sus recuerdos olvidados volvieron a su mente como un torbellino, con un último esfuerzo, la besó mientras una larga y cálida lágrima roja recorria su mejilla. De nuevo cerró los ojos y de nuevo volvió a la playa, donde su esposa y su hija lo estaban esperando, la playa donde eternamente, vivirían su inolvidable y prohibida historia de amor.

 

 

Dedicado a Irene, mi esposa, en el día de nuestro aniversario ♥ 

 

Género: Ficción

Autor: Jaime Ramos Lorenzo

Fecha: 10 de mayo de 2013

 

Nota del autor: 

Este relato está inspirado en una noticia de prensa y en su imagen.