Hola vieja

Recuerdo que de niño, la Navidad era lo que más me gustaba del mundo, todos los años preguntaba a mi madre cuántas navidades viviría antes de morirme, mi madre me decía “ochenta, noventa, quién sabe” Mis ojos se abrían como platos, ochenta o noventa Navidades, una cantidad enorme, extraordinariamente lejana vista desde los seis años.

 

Luego, con el tiempo, me di cuenta de que todo era una ilusión, que en realidad los días los años e incluso las horas, cambian de duración de manera proporcional e inversa a nuestros deseos. Pero siempre nos damos cuenta demasiado tarde, cuando ya no quedan huellas que nos ayuden a encontrar el camino de regreso y cuando nuestra única salida consiste en seguir avanzando, a pesar muchas veces, del dolor y el sufrimiento que cada día encontramos en nuestro camino.

 

Esta mañana, como tantas otras, cogí el teléfono y llamé a aquellos que consideraba mis amigos, pero sus líneas estaban ocupadas. Siempre están ocupadas!

 

Salí a la calle y no encontré a nadie. Sentado en el frío banco de un solitario parque, los árboles desnudos y las hojas muertas a sus pies se convirtieron de manera improvisada en mis únicos acompañantes, sordos y mudos testigos de mi profundo sufrimiento.

 

Hice una hoguera juntando los pedazos rotos de mis peores recuerdos, aquellos que por el cruel dolor con el que atormentaban mi alma, decidí que ya nunca más quería retener. Con una pequeña y eficaz cerilla les prendí fuego, pero desde la lejanía nadie vio su débil y efímero resplandor, nadie acudió a calentarse conmigo junto a las nostálgicas llamas del pasado.

 

Metí cien mensajes en cien botellas y las arrojé al agua de los ríos y mares que encontré a lo largo de mi camino, pero quizás nunca fueron halladas, o al menos, eso me gusta creer, pues nunca nadie acudió en respuesta a mis mensajes de auxilio.

 

Ahora que mi cuerpo se encorva como una vara seca, mientras camino veo como mis pies avanzan lentamente sobre la tierra que me llama y me atrae demandando lo que un día fue suyo. Reclamando este viejo saco de huesos que camina solo hacia el inalcanzable horizonte donde incluso la luz, encuentra un lugar donde descansar.

 

Y tú, vieja, cuándo dejarás de jugar conmigo y vendrás a buscarme para mi último viaje.

  

 

Autor: Jaime Ramos Lorenzo

Fecha: 20 de diciembre de 2013