INFIERNO

A pesar de hallarse en una enorme habitación llena de gente, se sentía más solo de lo que jamás se había sentido en toda su vida. Inmóvil, fuertemente sujeto a su alto sillón por las invisibles y resistentes correas del miedo, contemplaba impotente como los médicos, con aquellos deformados y alargados rostros que le recordaban al inquietante personaje que Munch retrató en su inmortal obra “El Grito”, abrían sus enormes ojos y lo observaban mientras se reían mostrando inadvertidamente sus amarillos dientes y las mugrientas encías que los sujetaban. Sus socarronas carcajadas, resonaban en su cabeza como una voz que a pesar de ser ya chillona por su propia naturaleza, se vuelve más irritante aun, cuando es amplificada por el sonido estridente y metálico producido por un megáfono de dudosa calidad.

Las enfermeras iban y venían portando en sus manos los restos mutilados que otrora, estuvieron unidos a los cuerpos de los pacientes que de manera valerosa e irreflexiva, intentaron resistirse al tratamiento que ellos llamaban aniquilamiento. ¿Es así como queréis terminar? Gritaba amenazante una enfermera enana desde lo alto de una desordenada mesa. Mientras sus compañeras, acercaban a las horrorizadas caras de los enfermos los órganos putrefactos que previamente, habían seccionado a los pacientes que ensangrentados y descuartizados se encontraban esparcidos por todo el sucio suelo del hospital.

 

La muerte, como siempre, volaba bajo. Amenazadora y silenciosa recorría la amplia habitación de hospital, vigilando como sus futuras víctimas parecían descansar en los mullidos sillones de tratamiento, como un pastor que cuida de su rebaño para que las reses lleguen en perfectas condiciones al matadero, donde serán violentamente sacrificadas. Pinchando de cuando en vez, con la punta de su afilada guadaña, los adormecidos cuerpos para comprobar si todavía quedaba algo de vida en el interior de aquellos deseables sacos de huesos.

El paciente intentó levantarse de su silla, pero una vieja enfermera, hábil en su torturador trabajo diario, le inyectó una nueva dosis de aquel fármaco que mantenían oculto tras una fina capa de papel plateado. La reacción siempre era la misma. Primero y de manera casi inmediata, un suave sabor agridulce y metálico que llegaba inesperadamente a su garganta, luego, las llamas del infierno cobraban vida en sus venas, quemándolo todo en su destructivo e implacable avance. Su espalda se arqueaba y su boca, desencajada, intentaba expulsar un lamento que siempre moría antes de llegar a nacer. Una vez más, el fármaco había cumplido su cometido, anulando sus fuerzas y matando su voluntad.

 

Transcurridas las interminables horas que a él siempre se le antojaban días, una enfermera lo despertaba para indicarle que el tratamiento de quimioterapia había terminado, al menos por ese día. Entonces poco a poco, el hospital adquiría de nuevo una apariencia normal, sin cuerpos en el suelo ni amenazantes sombras sobrevolando la habitación.

 

La enfermera, diligentemente, llamó al familiar para que pasase a ayudarlo.

 

Ya desde la puerta, él volvió la vista atrás y la enfermera, siempre amable, se despidió haciéndole un gesto con la mano, al hacerlo, él vio como sonreía mostrando una dentadura rala y amarillenta, del bolsillo de su bata, la vio extraer un corazón todavía palpitante y como con ojos lascivos, lo acercaba a su boca para luego lamerlo con su larga y bífida lengua. Entonces, la puerta se cerró.

 

Los ojos del paciente se llenaron de lágrimas sabiendo que en sólo siete días, las puertas de su infierno particular se abrirían de nuevo. Al menos, hasta ese ansiado día en el que la guadaña de la muerte, no encontraría en su cuerpo ni un solo rastro de vida.

 

  

Autor: Jaime Ramos

Fecha: 7 de marzo de 2014