EL SECRETO

Llevaba mucho tiempo esquivándola y de ninguna manera deseaba someterme a aquella entrevista, pero según mi mánager, era algo obligatorio si quería que los periodistas me dejasen en paz. -Dale lo que ellos desean, cuéntales lo que tus fans desean saber de ti y así conseguirás que dejen de seguirte, al menos, durante un tiempo- Me decía tratando de convencerme.

 

Entré en el amplio salón del hotel y me senté en uno de los mullidos sillones dispuestos para la entrevista. El camarero, perfecto conocedor de mis gustos, me sirvió un Martini solo, bien frío y sin hielo. Luego se retiró ágilmente. Vi como el periodista movía los labios, pero yo no podía escuchar sus palabras, todavía no, todavía no sabía si su voz era grave y potente, o era una de esas personas con voz aflautada que tanto me mareaban. Saqué el Mp3 que guardaba en el bolsillo de mi americana y sin estar todavía convencido, pulsé el botón de “pause”. Allá vamos, pensé.

 

Las palabras del periodista llegaron rápidas a mis oídos, y a pesar de encontrarse mezcladas con las voces que emitían al unísono las personas que siempre me acompañaban, y que en estos momentos abarrotaban el salón, gracias a Dios, su voz era lo suficientemente grave y por ello conseguí entender perfectamente su pregunta -¿Cuándo y cómo comenzó su pasión por la música?-

 

Es cierto que prácticamente todos los niños se muestran atraídos por la música desde el mismo momento de su nacimiento, o incluso desde antes según algunos especialistas. La belleza de una perfecta y bien ejecutada composición musical, es capaz de estimular y relajar a los bebés de manera sorprendentemente efectiva. Pero ese no era mi caso, no al menos algo tan simple como eso.

 

Recordé como mis padres me cuentan, muchas más veces de lo que a mí me gustaría, que yo sólo era un bebé de días cuando se dieron cuenta de lo mucho que me atraía la música. Según ellos, no había día que no me durmiesen encendiendo la radio y dejando que la música me acompañase durante esos momentos, poco agradables para mí, que suponen el duermevela. Lo más llamativo, me cuentan siempre; es que a diferencia de otros muchos niños, la televisión no ejercía sobre mí el mismo efecto relajante, sino más bien todo lo contrario. Parecía que las voces de los presentadores y sus comentaristas habituales, sólo servían para que mi llanto aumentase en volumen e intensidad de manera exponencial al número de voces emitidas.

 

Otra cosa que les llamó siempre la atención, es que la música tenía que estar a un volumen bastante alto, demasiado según ellos, para que yo me relajase y dejase de llorar. Este hecho hizo pensar a mis padres que el bebé, o sea yo, podía tener algún tipo de problema auditivo. Sus miedos no quedaron descartados hasta que presos de la preocupación innata de los padres primerizos, me llevaron al médico y me realizaron una completa y exhaustiva revisión. También cuentan que lo que en principio era un modo agradable de relajación para mí y para ellos, con el tiempo, se acabó convirtiendo más en un problema que en una solución.

 

Necesitaba escuchar música a todas horas, ya no sólo para dormirme, si no durante la mayor parte del día, de no ser así, parece ser que mis berrinches eran de campeonato, y yo no lo pongo en duda. El trauma que supuso para mí los primeros días de colegio, donde evidentemente no me permitían escuchar música con la frecuencia que yo deseaba, obligó a mis padres a llevarme de nuevo al médico. Psiquiatra y psicólogo, psicólogo y psiquiatra, se convirtieron desde entonces en personas habituales en mi vida.

 

Con el paso de los años, me volví una persona muy solitaria. Siempre alejado del resto del mundo por la barrera que suponía para mí mi adicción. Siempre con los auriculares en mis orejas, como dos infranqueables barreras que me aíslan de todos y de todo lo que me rodea.

 

Ahora, con casi treinta años, convertido en uno de los compositores más famosos e influyentes del mundo, puedo decir por fin que mis padres están orgullosos de mí, y a pesar de que sigo siendo igual de solitario y lejano, incluso para ellos, con el tiempo se han acostumbrado a volcarse y preocuparse mucho más por mis hermanos y a mí, bueno, digamos que a mí me dejan hacer, y yo les correspondo aportándoles un nivel de vida que de no ser por mí jamás hubiesen alcanzado.

 

Un golpe de tos, voluntario y descaradamente requirente por parte del periodista, consiguió devolverme de nuevo a la entrevista. ¿Qué contestar ante aquella pregunta? ¿La verdad? la verdad siempre resulta demasiado dura para mí, demasiado inverosímil para el mundo, al menos, para el mundo real.

 

¿Qué cuándo comenzó mi pasión por la música? Pues evidentemente cuando sólo era un niño, como mis padres ya han contado en mil y una ocasiones. ¿Cómo comenzó? Como barrera para mantenerme aislado de todo lo que me rodea. Como sistema de defensa para evitar volverme loco cada día. Para poder descansar mínimamente las pocas noches que consigo dormirme. Para dejar de escuchar continuamente, las voces y los gritos lastimeros de los cientos de seres que me acompañan desde que tengo uso de razón. Los lamentos de los seres fantasmales que lloran, gritan y me suplican que les ayude. Bien sabe Dios que lo he intentado miles de veces, pero ellos son cada día más. Están por todas partes, mezclándose con los seres vivos hasta el punto en que hoy por hoy, ya no soy capaz de distinguir a unos de otros.

 

Eso es lo que me hubiese gustado contestar en aquel momento, en lugar de ello, esbocé de nuevo una sonrisa y mentí de nuevo, como siempre había hecho, manteniendo mi secreto a salvo. Deseando acabar de una vez aquella entrevista para poder permitir que mi nervioso dedo, pulsase de nuevo el “play”, liberando así la dosis necesaria de mi droga particular, para que, liberadora, fluya de nuevo a través de mis oídos.

 

 

Jaime Ramos Lorenzo

14 de marzo de 2014